De la adversidad: Francis Bacon

las cosas buenas que pertenecen a la prosperidad han de desearse; pero las cosas buenas que pertenecen a la adversidad han de admirarse

Séneca

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Fue alto decir de Séneca (a la manera de los estoicos) que «las cosas buenas que pertenecen a la prosperidad han de desearse; pero las cosas buenas que pertenecen a la adversidad han de admirarse». «Bona rerum secundarum optabilia; adversarum mirabilia». Ciertamente, si los milagros son dominio sobre la naturaleza, aparecen sobre todo en la adversidad. Él, sin embargo, habla con más altura aun (demasiada para un pagano) cuando dice: «Es verdadera grandeza tener en uno la fragilidad de un hombre y la seguridad de un Dios». «Vere magnum habere fragilitatem hominis, securitatem Dei.» Esto hubiera sido mejor en poesía, donde se da más lugar a las trascendencias. Y por cierto que los poetas se han ocupado de ello; porque es, en sustancia, lo que figuraba en esa extraña invención de los antiguos poetas, que parece no carecer de misterio y hasta acercarse a la condición de un cristiano; «que Hércules cuando fue a desatar a Prometeo (que representa a la naturaleza humana) cruzó todo el gran océano en un cuenco o cántaro de barro»; describiendo vivamente la resolución cristiana, que navega en la frágil barca de la carne a través de las olas del mundo. Pero hablemos con moderación. La virtud de la prosperidad es la templanza; la virtud de la adversidad es la fortaleza, que en la moral es la virtud más heroica. La prosperidad es la bendición del Antiguo Testamento; si se escucha el arpa de David, se oirán tantos aires fúnebres como villancicos; y el lápiz del Espíritu Santo se ha tomado más trabajo para describir las aflicciones de Job que las felicidades de Salomón. A la prosperidad no le faltan temores y disgustos; y a la adversidad, consuelos y esperanzas. En trabajos de aguja y en bordados vemos que es más agradable un dibujo vivaz sobre fondo oscuro y solemne, que un dibujo oscuro y melancólico sobre fondo luminoso; juzgad, pues, el placer del corazón según el placer de los ojos. Ciertamente, la virtud es como los perfumes preciosos, más fragantes cuando son incensados o molidos; porque la prosperidad exhibe mejor el vicio, pero la adversidad exhibe mejor la virtud.