Glafira Rocha | Mustios corazones

Glafira Rocha (Culiacán, Sinaloa, México). Es escritora, conferencista y psicoterapeuta. Desarrolla la narrativa, la dramaturgia y el guion cinematográfico, así como la práctica psicoterapéutica individual y grupal. Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas (UAS) y Guion Cinematográfico en el CCC (CNART). Realizó maestrías en Filosofía (UNAM), Psicoterapia Humanista (IUCR Puebla) y Análisis Existencial Fenomenológico (CIR-EX, CDMX); además de la especialidad en Diálogo Existencial (CIR-EX, CDMX).

Tiene publicados: Azul (2003), El rumor de los días que vendrán (2005), Tales cuentos (2005), Relato a mí (2012), Más allá del sol (2013, 2016 y 2018), En medio de la nada (2015, 2018), Minerva quiere volar (2016), El discreto encanto de narrar: 9 escritoras mexicanas de los 70 (seleccionadora) (2016), La caja de Schrödinger (2017) y La bella, la bestia y yo (2020). Ha recibido las menciones honoríficas en el IX Premio Nacional de Cuento Carmen Báez y en el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2002.

Ha obtenido las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas (2003 y 2004), del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) en el área de Creador con Trayectoria, (2005, 2009, 2012) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) (2006), así como el apoyo del Instituto Nacional de Cinematografía (IMCINE) en su Programa de Estímulo a Creadores (2005).

Está a cargo de la creación y conducción del canal de Youtube Glafira Rocha-Escribe tu vida y de las Charlas de Existencia y Escritura, Facebook e Instagram live. Glafira se dedica a difundir la escritura creativa a través de videos, audios, conferencias y talleres para niños, jóvenes y adultos que no tienen un acercamiento a este ejercicio, incentivándolos a desarrollar una producción escritural para obtener un pensamiento claro, crítico e inventivo.

Su búsqueda creativa se concentra en fusionar los diversos géneros literarios que desarrolla, a través de temáticas enfocadas dentro de una filosofía existencial y transpersonal. Actualmente, amalgama sus conocimientos de literatura, filosofía y psicoterapia, logrando que el ejercicio de la ficción funcione como herramienta para el autoconocimiento.

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Mustios corazones

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… no deseo verlo, no tengo ganas, prefiero tomar el libro pero mi concentración divaga, hace tanto tiempo que decidí leer cien páginas diarias; justo en la cincuenta, algo pasa e interrumpo la lectura. Leo esta misma frase y la repito, leo esta misma frase y la repito, leo esta misma frase, leo, entre líneas leo, ya no leo, no puedo, no quiero.

Estaban en la misma postura; los dos recargados en la pared, acostados en la cama con un libro en las manos. Sólo el muro los separaba. La espalda en el otro sin que ellos se dieran cuenta. Sus movimientos, idénticos. Cada voltear de la página, cada distracción insinuaba que no podían estar separados, ni siquiera por esa pared. Ella en la recámara principal, él en el cuarto de visitas, que funcionaba mejor como estudio, pero ella se había empeñado en meter una cama, tal vez, alguien podría visitarlos algún día.

Si voy a la sala tendré que pasar por la recámara y la veré. Esta vez no seré yo quien tenga que buscarla, mejor espero, quizás sea su momento de reflexión. Seguramente estará leyendo. Está acostada intentado cerrar los ojos, no puede dejar de pensar. Estará viendo por la ventanilla al perro del vecino de abajo, pero no le gustan los perros. Si voy a la recámara por el libro que necesito, creerá que lo hice porque no puedo estar sin ella, es cierto, no puedo estar sin ella.

Muy bien, empezaré de nuevo esta línea que ya he leído tantas veces. Si voy con él creerá que le doy la razón, tal vez deba hacerlo, siempre es él quien viene y se acerca a mí, me da un beso y después ya nada pasa, se nos ha olvidado lo que ocurrió. Mejor leo, mejor me levanto y observo al perro desde la ventana. Mejor camino, mejor voy a la sala, mejor voy con él.

Todo está en penumbra, él tiene los ojos cerrados y simula que no siente que ella está ahí. Se voltea para el lado contrario. Las manos de ella tocan el rostro mojado de él, parece que ha llorado. Nada podrá separarlos nunca, piensa y le da un beso. Él no quisiera besarla, ella insiste, lo mordisquea, le quita la ropa. Ya no existen los simulacros. Están juntos, tan juntos que ya olvidaron por qué no lo estaban. Ella piensa que todo eso podría pasar si decide levantarse, pero no, sigue leyendo. Las palabras entran sin tener significado, nada se dice. Podría leer dos libros enteros sin comprender, porque ella no está ahí, está con él sin estarlo.

Leo, leo, leo, volteo la página, tantas letras y ninguna palabra. Jamás me había puesto a pensar por qué hay tantos caracteres. Doy vuelta a la hoja, creo que por fin llegaré a la cincuenta. Algo va a pasar, en el momento que yo cierre el libro, él entrará por la puerta y ya, pero que lo haga él, yo no. Vamos, leo la cuarenta y nueve, doy vuelta, ya casi es la cincuenta, entra, entra. Cincuenta, nada, no vino.

Prefiero estar en la penumbra, deseo dormirme, estoy tan cansado para especular por qué no puedo estar con ella. Necesito un café, un cigarrillo, una maleta. Quiero olvidar cómo se piensa. No puedo inventarme historias, me lo han dicho. La maleta vacía, ahora tiene mi ropa, no quiero irme, pero debo hacerlo. Ella estará pensando por qué no he llegado justo en la página cincuenta. Mejor doblo la ropa. Este traje le gustaba mucho, negro a rayas blancas, te queda mejor con una camisa rosa, me dijo, y me puse una gris.

Terminó la maleta, era lo único que le faltaba, la ropa. Los muebles los había vendido. Después, una nueva vida.

No puede ser que él no entre, tiene que abrir la puerta en este momento, contaré hasta tres. Uno, dos… tres… por qué no entra, qué le pasa. De nuevo, uno, dos, tres.

Terminaré la maleta y ya, es lo último. No iré a su recámara, no voy a despedirme, no voy a llorar. A ella no le gustaría que yo estuviera llorando.

Todo había terminado, él quiso entrar a la recámara, pero caminó directo a la puerta principal, no se escuchaban ruidos. Tal vez el ladrido del perro del vecino hubiera estado perfecto como señal de adiós, pero el perro no quiso aullar. Después de cerrar la puerta todo empezaría de nuevo. Nada de vivir en el pasado, le había dicho el psicólogo, vender todo, sacar la ropa y no regresar jamás a ese sitio. Pasar el duelo.

Tengo que pasar el duelo, ¿duelo? Sí, esa es la palabra. Ella ya no está, se fue, no volverá. No puedo irme, todavía la escucho.

Tal vez se fue y me dejó aquí. Mejor leo, ahora que he pasado de la página cincuenta tengo que llegar a la cien. ¿Por qué no viene y me da un beso? Lo voy a perdonar, ya lo sabe. No puedo verlo a los ojos cuando sé que soy yo la que debería de pedirle perdón.

En cuanto cierre la puerta de entrada empieza una nueva vida para mí, una nueva vida sin ella. Tal vez deba regresar a la recámara.

Él dejó la maleta, entró de nuevo al departamento, fue directo a la recámara, estaba hueca. Creyó que sería como antes, verle su cara de pídeme perdón y ya. Le daría un beso, harían el amor y dormirían juntos, pero no había nada, no estaba la cama, no estaba su ropa, no estaba ella. Él lloró, se hincó, la recordó dormida, la recordó acostada, la recordó pálida, recordó el último beso en la frente, recordó las manos frías, recordó el ataúd, la recordó muerta. Escuchó su voz, pero supo que era sólo un eco, pretendió que nada había pasado, pero pasó.
De nuevo escuchó su voz, pero decidió salir y cerrar la puerta.