El cuerpo de Cristo, Melissa del Mar.

Estudia comunicación y medios digitales en el Tecnológico de Monterrey. Cuenta con un diplomado en Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas (2019), por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Es ganadora del Premio Mujer Tec (2021) en la categoría de Arte y Gestión Cultural ofrecido por el Centro de Reconocimiento de la Dignidad Humana del Tecnológico de Monterrey.

Ha sido publicada en Buenos Aires Poetry, MásCultura de Librerías Gandhi, Campos de Plumas, entre otros. Es titular de la Coordinación para el reconocimiento e impulso de los derechos de la mujer de la Fundación Internacional de Arte y Cultura. Es jefa de comunicación y difusión de Cardenal, Revista Literaria y directora de arte y cultura de PICO Informativo. Es columnista en Proyecto Ululayu y cofundadora del taller &Todos los nombres que soy& de escritura creativa feminista.

Ha dado conferencias en TEDx, Feria Internacional del Libro, Festival Mesoamericano de Poesía, Festival Universitario de Literatura y Artes, entre otros. Su trabajo poético se ha presentado en México, Argentina, Bélgica, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Italia, España, Estados Unidos y Perú.

_

_

_

El cuerpo de Cristo

_

_

_

Entre el trigal alguien en silencio espiaba.
Éramos
Jesús
y todas, volviéndonos a conocer.

Él sabía ya
de nuestros otros nombres y muerto cada herida.

Multiplicó los panes y con el agua del Mar
añejó un río que vino a saciar la sed que, en los eriales del mediodía de nuestras vidas,
se cosechaba.

El calor era suficiente para saberlo cerca.
Somos sus hijas,
sus hermanas
y aquí estamos siendo también ruta
de sus venas que nos enraízan al suelo
cuna fértil,
de nuestro estar-siendo una,
esta tarde, de todos los fuegos.

Contamos tus vidas,
fuiste yo y serás todas, cuando amanezca.

Tú,
Jesús,
ya nos conocías, te hemos invocado noches
y ofrendado desde la cosecha primera.
En los conventos de la memoria te llamamos orando,
en ti todo lo vemos.
Creemos en tu palabra,
que no se puede escuchar y con vehemencia
leemos los escritos que, como huellas,
dejaste mientras pasabas descalzo
sobre semillas de mostaza, tus senderos.
Hablarán de nosotras mañana,
somos las que habrán de ser.
Porque tu padre, que es también
el nuestro
compuso todos los alientos que perderías,
y en cada uno de ellos
estamos.

Escúchanos padre,
cuando te decimos:
en nosotras se originará la nueva vida y así,
el páramo termina.

Porque, no lo niegues,
somos la llama que vela a la noche seca,
y llenamos como árboles que por hojas la tarde,
de arreboles pájaros.

Cristo,
no tengas piedad de nosotras,
ten respeto y haz que tus hijos también lo tengan,
que cuando los tigres que nos acechan se acerquen,
y nos dejes acrisoladas
como a las vírgenes que en la cúpula te acompañan,
les digas que
no nos maten por haber nacido mujer.

Porque si la hoja caduca de tu álamo predica una palabra
y el envés otra,
¿cómo esperas,
Cristo,
que siga creyendo, que vivas nos quieres?

Voraz apetito,
siempre fuiste fruto miséricorde,

Jesús,

líbranos de todos los males de saber a las fauces cerca

Jesús,

que tus ojos vean en nosotras a la palma sedienta de vida,
que espera de la arena tu regreso
y que tu vigilia traiga consigo
a todas las que se llevaron,
porque ni el desierto
ni el Mar
son suficientes para sepultarnos a todas.
Pedimos a la muerte que nos lleve
al lado derecho desde donde no nos ves,
para recordarte cuando nos visitaste en la siega
despojándonos de todo hábito.

La resurrección de nuestro verso,
será la salvación de las almas
y así con nosotras, el reino no tendrá fin.

Despertamos,
la llama sigue prendida.

Volvemos a soñar
con el versículo sagrado de nuestra palabra,
con todos los fuegos,
que, en el celaje,
que solo nosotras podemos ver,
rojos se vivirán
hasta tenerlas
a todas
de vuelta.