Era estupendo quemar [2] Fahrenheit 451

Montag meneó la cabeza. Miró una pared desnuda. El rostro de la muchacha estaba allí, verdaderamente hermoso por lo que podía recordar; o mejor dicho, sorprendente. Tenía un rostro muy delgado, como la esfera de un pequeño reloj entrevisto en una habitación oscura a medianoche, cuando uno se despierta para ver la hora y descubre el reloj que le dice la hora, el minuto y el segundo, con un silencio blanco y un resplandor, lleno de seguridad y sabiendo lo que debe decir de la noche que discurre velozmente hacia ulteriores tinieblas, pero que también se mueve hacia un nuevo sol.

—¿Qué? —preguntó Montag a su otra mitad, aquel imbécil subconsciente que a veces andaba balbuceando, completamente desligado de su voluntad, su costumbre y su conciencia.

Volvió a mirar la pared. El rostro de ella también se parecía mucho a un espejo. Imposible, ¿cuánta gente había que refractase hacia uno su propia luz? Por lo general, la gente era —Montag buscó un símil, lo encontró en su trabajo— como antorchas, que ardían hasta consumirse. ¡Cuán pocas veces los rostros de las otras personas captaban algo tuyo y te devolvían tu propia expresión, tus pensamientos más íntimos! ¡Aquella muchacha tenía un increíble poder de identificación; era como el ávido espectador de una función de marionetas, previendo cada parpadeo, cada movimiento de una mano, cada estremecimiento de un dedo, un momento antes de que sucediese. ¿Cuánto rato habían caminado juntos? ¿Tres minutos? ¿Cinco? Sin embargo, ahora le parecía un rato interminable. ¡Qué inmensa figura tenía ella en el escenario que se ex-tendía ante sus ojos! ¡Qué sombra producía en la pared con su esbelto cuerpo! Montag se dio cuenta de que, si le picasen los ojos, ella pestañearía. Y de que si los músculos de sus mandíbulas se tensaran imperceptiblemente, ella bostezaría mucho antes de que lo hiciera él.

«Pero —pensó Montag—, ahora que caigo en ello, la chica parecía estar esperándome allí, en la calle, tan avanzada hora de la noche…» Montag abrió la puerta del dormitorio. Era como entrar en la fría sala de un mausoleo después de haberse puesto la luna. Oscuridad completa, ni un atisbo del plateado mundo exterior; las ventanas herméticamente cerradas convertían la habitación en un mundo de ultratumba en el que no podía penetrar ningún ruido de la gran ciudad. La habitación no estaba vacía.
Montag escuchó.

El delicado zumbido en el aire, semejante al de un mosquito, el murmullo eléctrico de una avispa oculta en su cálido nido. La música era casi lo bastante fuerte para que él pudiese seguir la tonada.

Montag sintió que su sonrisa desaparecía, se fundía, era absorbida por su cuerpo como una corteza de sebo, como el material de una vela fantástica que hubiese ardido demasiado tiempo para acabar derrumbándose y apagándose. Oscuridad. No se sentía feliz. No era feliz. Pronunció las palabras para sí mismo. Reconocía que éste era el verdadero estado de sus asuntos. Llevaba su felicidad como una máscara, y la muchacha se había marchado con su careta y no había medio de ir hasta su puerta y pedir que se la devolviera.

Sin encender la luz, Montag imaginó qué aspecto tendría la habitación. Su esposa tendida en la cama, descubierta y fría, como un cuerpo expuesto en el borde de la tumba, su mirada fija en el techo mediante invisibles hilos de acero, inamovibles. Y en sus orejas las diminutas conchas, las radios como dedales fuertemente apretadas, y un océano electrónico de sonido, de música y palabras, afluyendo sin cesar a las playas de su cerebro despierto. Desde luego la habitación estaba vacía esa noche, las olas llegaban y se la llevaban con la gran marea de sonido, flotando, ojiabierta hacia la mañana en que Mildred no hubiese navega-do por aquel mar, no se hubiese adentrado espontáneamente por tercera vez.

La habitación era fresca; sin embargo, Montag sintió que no podía respirar. No quería correr las cortinas y abrir los ventanales, porque no deseaba que la luna penetrara en el cuarto.
Por lo tanto, con la sensación de un hombre que ha de morir en menos de una hora, por falta de aire que respirar, se dirigió a tientas hacia su cama abierta, separada y, en consecuencia, fría.

Un momento antes de que su pie tropezara con el objeto que había en el suelo, advirtió lo que iba a ocurrir. Se asemejaba a la sensación que había experimentado antes de doblar la esquina y atropellar casi a la muchacha. Su pie, al enviar vibraciones hacia delante, había recibido los ecos de la pequeña barrera que se cruzaba en su camino antes de que llegara a alcanzarlo. El objeto produjo un tintineo sordo y se deslizó en la oscuridad.

Montag permaneció muy erguido, atento a cualquier sonido de la persona que ocupaba la oscura cama en la oscuridad totalmente impenetrable. La respiración que surgía por la nariz era tan débil que sólo afectaba a las formas más superficiales de vida, una diminuta hoja, una pluma negra, una fibra de cabello.

Montag seguía sin desear una luz exterior. Sacó su encendedor, oyó que la salamandra rascaba en el disco de plata, produjo un chasquido…
Dos pequeñas lunas le miraron a la luz de la llamita; dos lunas pálidas, hundidas en un arroyo de agua clara, sobre las que pasaba la vida del mundo, sin alcanzarlas.
—¡Mildred!
El rostro de ella era como una isla cubierta de nieve sobre la que podía caer la lluvia sin causar ningún efecto; sobre la que podían pasar las movibles sombras de las nubes, sin causarle ningún efecto. Sólo había el canto de las diminutas radios en sus orejas herméticamente taponadas, y su mirada vidriosa, y su respiración suave, débil, y su indiferencia hacia los movimientos de Montag.

El objeto que él había enviado a rodar con él resplandeció bajo el borde de su propia cama. La botellita de cristal previamente llena con treinta píldoras para dormir y que, ahora, aparecía destapada y vacía a la luz de su encendedor.

Mientras permanecía inmóvil, el cielo que se extendía sobre la casa empezó a aullar. Se produjo un sonido desgarrador, como si dos manos gigantes hubiesen desgarrado por la costura veinte mil kilómetros de tela negra. Montag se sintió partido en dos. Le pareció que su pecho se hundía y se desgarraba. Las bombas cohetes siguieron pasando, pasando, una, dos, una dos, seis de ellas, nueve de ellas, doce de ellas, una y una y otra y otra lanzaron sus aullidos por él. Montag abrió la boca y dejó que el chillido penetrara y volviera a salir entre sus dientes descubiertos. La casa se estremeció El encendedor se apagó en sus manos. Las dos pequeñas lunas desaparecieron. Montag sintió que su mano se precipitaba hacia el teléfono.

Los cohetes habían desaparecido. Montag sintió que sus labios se movían, rozaban el micrófono del aparato telefónico.
—Hospital de urgencia.
Un susurro terrible.

Montag sintió que las estrellas habían sido pulverizadas por el sonido de los negros reactores, y que, la mañana, la tierra estaría cubierta con su polvo, como si se tratara de una extraña nieve. Aquél fue el absurdo pensamiento que se le ocurrió mientras se estremecía en la oscuridad, mientras sus labios seguían moviéndose.

Tenían aquella máquina. En realidad, tenían dos. Una de ellas se deslizaba hasta el estómago como una cobra negra que bajara por un pozo en busca de agua antigua y del tiempo antiguo reunidos allí. Bebía la sustancia verduzca que subía a la superficie en un lento hervir. ¿Bebía de la oscuridad? ¿Absorbía todos los venenos acumulados por los años? Se alimentaba en silencio, con un ocasional sonido de asfixia interna y ciega búsqueda. Aquello tenía un Ojo. El impasible operario de la máquina podía, poniéndose un casco óptico especial, atisbar en el alma de la persona a quien estaba analizando. ¿Qué veía el Ojo? No lo decía.

Montag veía, aunque sin ver, lo que el Ojo estaba viendo. Toda la operación guardaba cierta semejanza con la excavación de una zanja en el patio de su propia casa. La mujer que yacía en la cama no era más que un duro estrato de mármol al que habían llegado. De todos modos, adelante, hundamos más el taladro, extraigamos el vacío, si es que podía sacarse el vacío mediante la succión de la serpiente.

El operario fumaba un cigarrillo. La otra máquina funcionaba también.
La manejaba un individuo igualmente impasible, vestido con un mono de color pardo rojizo. Esta máquina extraía toda la sangre del cuerpo y la sustituía por sangre nueva y suero.
—Hemos de limpiarnos de ambas maneras —dijo el operario, inclinándose sobre la silenciosa mujer—. Es inútil lavar el estómago si no se lava la sangre. Si se deja esa sustancia en la sangre, ésta golpea el cerebro con la fuerza de un mazo, mil, dos mil veces, hasta que el cerebro ya no puede más y se apaga.
—¡Deténganse! —exclamó Montag.
—Es lo que iba a decir —dijo el operario.
—¿Han terminado?
Los hombres empaquetaron las máquinas.
—Estamos listos…
La cólera de Montag ni siquiera les afectó. Permanecieron con el cigarrillo en los labios, sin que el humo que penetraba en su nariz y sus ojos les hiciera parpadear.
—Serán cincuenta dólares.
—Ante todo, ¿por qué no me dicen si sanará?
—¡Claro que se curará! Nos llevamos todo el veneno en esa maleta y, ahora, ya no puede afectarle. Como he dicho, se saca lo viejo, se pone lo nuevo y quedan mejor que nunca.
—Ninguno de ustedes es médico. ¿Por qué no han enviado uno?
—¡Diablo! —El cigarrillo del operario se movió, sus labios—. Tenemos nueve o diez casos como ése cada noche. Tantos que hace unos cuantos años tuvimos que construir estas máquinas especiales. Con lente óptica, claro está, resultan una novedad, el resto es viejo. En un caso así no hace falta doctor; lo único que se requiere son dos operarios hábiles y liquidar el problema en media hora. Bueno —se dirigió hacia la puerta—, hemos de irnos. Acabamos de recibir otra llamada en nuestra radio auricular. A diez manzanas de aquí. Alguien se ha zampado una caja de píldoras, si vuelve a necesitarnos, llámenos. Procure que su es-posa permanezca quieta. Le hemos inyectado un antisedante, se levantará bastante hambrienta. Hasta la vista.
Y los hombres cogieron la máquina y el tubo, caja de melancolía líquida y traspasaron la puerta.

Montag se dejó caer en una silla y contempló a su mujer. Ahora tenía los ojos cerrados, apaciblemente él alargó una mano para sentir en la palma la tibieza de su respiración.
—Mildred —dijo por fin.
«Somos demasiados —pensó—. Somos miles de millones, es excesivo. Nadie conoce a nadie. Llegan unos desconocidos y te violan, llegan unos desconocidos y te desgarran el corazón. Llegan unos desconocidos y se llevan la sangre. ¡Válgame Dios! ¿Quiénes son esos hombres? ¡Jamás les había visto!»

Transcurrió media hora.
El torrente sanguíneo de aquella mujer era nuevo y parecía haberla cambiado. Sus mejillas estaban muy sonrojadas y sus labios aparecían frescos y llenos de color, suaves y tranquilos. Allí había la sangre de otra persona. Si hubiera también la carne, el cerebro y la memoria de otro… Si hubiesen podido llevarse su cerebro a la lavandería, para vaciarle los bolsillos y limpiarlo a fondo, devolviéndolo como nuevo a la mañana siguiente… Si…

Montag se levantó, descorrió las cortinas y abrió las ventanas de par en par para dejar entrar el aire nocturno. Eran las dos de la madrugada. ¿Era posible que sólo hubiera transcurrido una hora desde que encontró a Clarisse McClellan en la calle, que él había entrado para encontrar la habitación oscura, desde que su pie había golpeado la botellita de cris-tal? Sólo una hora, pero el mundo se había derrumbado y vuelto a constituirse con una forma nueva e incolora.

De la casa de Clarisse, por encima del césped iluminado por el claro de luna, llegó el eco de unas risas; la de Clarisse, la de sus padres y la del tío que sonreía tan sosegado y ávidamente. Por encima de todo, sus risas eran tranquilas y vehementes, jamás forzadas, y procedían de aquella casa tan brillantemente iluminada a avanzada hora de la noche, en tanto que todas las demás estaban cerradas en sí mismas, rodeadas de oscuridad. Montag oyó las voces que hablaban, hablaban, tejiendo y volviendo a tejer su hipnótica tela.

Montag salió por el ventanal y atravesó el césped, sin darse cuenta de lo que hacía. Permaneció en la sombra, frente a la casa iluminada, pensando que podía llamar a la puerta y susurrar:
«Dejadme pasar. No diré nada. Sólo deseo escuchar. ¿De qué estáis hablando?»

Pero, en vez de ello, permaneció inmóvil, muy frío con el rostro con-vertido en una máscara de hielo, escuchando una voz de hombre —¿la del tío?— que hablaba con tono sosegado:
—Bueno, al fin y al cabo, ésta es la era del tejido disponible. Dale un bufido a una persona, atácala, ahuyéntala, localiza otra, bufa, ataca, ahuyenta. Todo el mundo utiliza las faldas de todo el mundo. ¿Cómo puede esperarse que uno se encariñe por el equipo de casa cuando ni siquiera se tiene un programa o se conocen los nombres? Por cierto, ¿qué colores de camiseta llevan cuando salen al campo?

Montag regresó a su casa, dejó abierta la ventana, comprobó el estado de Mildred, la arropó cuidadosamente y, después, se tumbó bajo el claro de luna, que formaba una cascada de plata en cada uno de sus ojos.

Una gota de lluvia. Clarisse. Otra gota. Mildred. Una tercera. El tío. Una cuarta. El fuego esta noche. Una, Clarisse. Dos, Mildred. Tres, tío. Cuatro, fuego. Una, Mildred, dos Clarisse. Una, dos, tres, cuatro, cinco, Clarisse, Mildred, tío, fuego, tabletas soporíferas, hombres, tejido disponible, faldas, bufido, ataque, rechazo, Clarisse, Mildred, tío, fuego, tabletas, tejidos, bufido, ataques, rechace. ¡Una, dos, tres, una, dos, tres! Lluvia. La tormenta. El tío riendo. El trueno descendiendo desde lo alto. Todo el mundo cayendo convertido en lluvia. El fuego ascendiendo en el volcán. Todo mezclado en un estrépito ensordecedor y en un torrente, que se encaminaba hacia el amanecer.

—Ya no entiendo nada de nadie —dijo Montag.
Y dejó que una pastilla soporífera se disolviera en su lengua.
A las nueve de la mañana, la cama de Mildred estaba vacía.
Montag se levantó apresuradamente. Su corazón latía rápidamente, corrió vestíbulo abajo y se detuvo en la puerta de la cocina.