Era estupendo quemar [3] Fahrenheit 451

Una tostada asomó por el tostador plateado, y fue recogida por una mano metálica que la embadurnó de mantequilla derretida.
Mildred contempló cómo la tostada pasaba a su plato. Tenía las orejas cubiertas con abejas electrónicas que, con su susurro, ayudaban a pasar el tiempo. De pronto, la mujer levantó la mirada, vio a Montag, le saludó con la cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó Montag.
Mildred era experta en leer el movimiento de los labios, a consecuencia de diez años de aprendizaje con las pequeñas radios auriculares. Volvió a asentir. Introdujo otro pedazo de pan en la tostadora.

Montag se sentó.
Su esposa dijo:
—No entiendo por qué estoy tan hambrienta.
—Es que…
—Estoy hambrienta.
—Anoche… —empezó a decir él.
—No he dormido bien. Me siento fatal. ¡Caramba! ¡Qué hambre tengo! No lo entiendo.
—Anoche —volvió a decir él.
Ella observó distraídamente sus labios.
—¿Qué ocurrió anoche?
—¿No lo recuerdas?
—¿Qué? ¿Celebramos una juerga o algo por el estilo? Siento como una especie de jaqueca. ¡Dios, qué hambre tengo! ¿Quién estuvo aquí?
—Varias personas.
—Es lo que me figuraba. —Mildred mordió su tostada— Me duele el estómago, pero tengo un hambre canina. Supongo que no cometí ninguna tontería durante la fiesta.
—No —respondió él con voz queda.
La tostadora le ofreció una rebanada untada con mantequilla. Montag alargó la mano, sintiéndose agradecido.
—Tampoco tú pareces estar demasiado en forma —dijo su esposa.

A última hora de la tarde llovió, y todo el mundo adquirió un color grisáceo oscuro. En el vestíbulo de casa, Montag se estaba poniendo la insignia con la salamandra anaranjada. Levantó la mirada hacia la rejilla del aire acondicionado que había en el vestíbulo. Su esposa, examinando un guion en la salita, apartó la mirada el tiempo suficiente para observarle.
—¡Eh! —dijo— ¡El hombre está pensando!
—Sí —dijo él—. Quería hablarte. —Hizo una pausa—. Anoche, te tomaste todas las píldoras de tu botellita de somníferos.
—¡Oh, jamás haría eso! —replicó ella, sorprendida.
—El frasquito estaba vacío.
—Yo no haría una cosa como esa, ¿Por qué tendría que haberlo hecho?
—Quizá te tomaste dos píldoras, lo olvidaste, volviste a tomar otras dos, y así sucesivamente hasta quedar tan aturdida que seguiste tomándolas mecánicamente hasta tragar treinta o cuarenta de ellas.
—Cuentos —dijo ella—. ¿Por qué podría haber querido hacer semejante tontería?
—No lo sé.
Era evidente que Mildred estaba esperando a que Montag se marchase.
—No lo he hecho —insistió la mujer—. No lo haría ni en un millón de años.
—Muy bien. Puesto que tú lo dices…
—Eso es lo que dice la señora.
Ella se concentró de nuevo en el guion.
—¿Qué dan esta tarde? —preguntó Montag con tono aburrido.
Mildred volvió a mirarle.
—Bueno, se trata de una obra que transmitirán en circuito moral dentro de diez minutos. Esta mañana me han enviado mi papel por correo. Yo les había enviado varias tapas de cajas. Ellos escriben el guion con un papel en blanco. Se trata de una nueva idea. La concursante, o sea yo, ha de recitar ese papel. Cuando llega el momento de decir las líneas que faltan, todos me miran desde las tres paredes, y yo las digo. Aquí, por ejemplo, el hombre dice: «¿Qué te parece esta idea, Helen?» Y me mira mientras yo estoy sentada aquí en el centro del escenario, ¿comprendes? Y yo replico, replico… –Hizo una pausa y, con el dedo, buscó una línea del guion.- «¡Creo que es estupenda!» Y así continúan con la obra hasta que él dice: «¿Está de acuerdo con esto, Helen?»,
y yo «¡Claro que sí!» ¿Verdad que es divertido, Guy?

El permaneció en el vestíbulo, mirándola.
—Desde luego, lo es —prosiguió ella.
—¿De qué trata la obra?
—Acabo de decírtelo. Están esas personas llamadas Bob, Ruth y Helen.
—¡Oh!
—Es muy distraída. Y aún lo será más cuando podamos instalar televisión en la cuarta pared. ¿Cuánto crees que tardaremos ahora para poder sustituir esa pared por otra con televisión? Sólo cuesta dos mil dólares.
—Eso es un tercio de mi sueldo anual.
—Sólo cuesta dos mil dólares —repitió ella—. Y creo que alguna vez deberías tenerme cierta consideración. Si tuviésemos la cuarta pared… ¡Oh! Sería como si esta sala ya no fuera nuestra en absoluto, sino que perteneciera a toda clase de gente exótica. Podríamos pasarnos de algunas cosas.
—Ya nos estamos pasando de algunas para pagar la tercera pared. Sólo hace dos meses que la instalamos. ¿Recuerdas?
—¿Tan poco tiempo hace? —se lo quedó mirando durante un buen rato—. Bueno, adiós.
—Adiós —dijo él. Se detuvo y se volvió hacia su mujer—. ¿Tiene un final feliz?
—Aún no he terminado de leerla.
Montag se acercó, leyó la última página, asintió, dobló el guion y se lo devolvió a Mildred. Salió de casa y se adentró en la lluvia.


El aguacero iba amainando, y la muchacha andaba por el centro de la acera, con la cabeza echada hacia atrás para que las gotas le cayeran en el rostro. Cuando vio a Montag, sonrió.
—¡Hola!
Él contestó al saludo y después, dijo:
—¿Qué haces ahora?
—Sigo loca. La lluvia es agradable. Me encanta caminar bajo la lluvia.
—No creo que a mí me gustase.
—Quizá sí, si lo probara.
—Nunca lo he hecho.
Ella se lamió los labios.
—La lluvia incluso tiene buen sabor.
—¿A qué te dedicas? ¿A andar por ahí probando todo una vez? —inquirió Montag.
—A veces, dos.
La muchacha contempló algo que tenía en una mano.
—¿Qué llevas ahí?
—Creo que es el último diente de león de este año. Me parecía imposible encontrar uno en el césped, avanzada la temporada. ¿No ha oído decir eso de frotárselo contra la barbilla? Mire. Clarisse se tocó la barbilla con la flor, riendo.
—¿Para qué?
—Si deja señal, significa que estoy enamorada, ¿ha ensuciado?
Él sólo fue capaz de mirar.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Te has manchado de amarillo.
—¡Estupendo! Probemos ahora con usted.
—Conmigo no dará resultado.
—Venga. —Antes de que Montag hubiese podido moverse la muchacha le puso el diente de león bajo la barbilla. Él se echó hacia atrás y ella rió—. ¡Estese quieto!
Atisbó bajo la barbilla de él y frunció el ceño.
—¿Qué? —dijo Montag.
—¡Qué vergüenza! No está enamorado de nadie.
—¡Sí que lo estoy!
—Pues no aparece ninguna señal.
—¡Estoy muy enamorado! —Montag trató de evocar un rostro que encajara con sus palabras, pero no lo encontró—. ¡Sí que lo estoy!
—¡Oh, por favor, no me mire de esta manera!
—Es el diente de león —replicó él—. Lo has gastado todo contigo. Por eso no ha dado resultado en mí.
—Claro, debe de ser eso. ¡Oh! Ahora, le he enojado. Ya lo veo. Lo siento, de verdad.
La muchacha le tocó en un codo.
—No, no —se apresuró a decir él—. No me ocurre absolutamente nada.
—He de marcharme. Diga que me perdona. No quiero que esté enojado conmigo.
—No estoy enojado. Alterado, sí.
—Ahora he de ir a ver a mi psiquiatra. Me obligan a ir. Invento cosas que decirle. Ignoro lo que pensará de mí ¡Dice que soy una cebolla muy original! Le tengo ocupado pelando capa tras capa.
—Me siento inclinado a creer que necesitas a ese psiquiatra —dijo Montag.
—No lo piensa en serio.
Él inspiró profundamente, soltó el aire y, por último dijo:
—No, no lo pienso en serio.
—El psiquiatra quiere saber por qué salgo a pasear por el bosque, a observar a los pájaros y a coleccionar mariposas. Un día, le enseñaré mi colección.
—Bueno.
—Quieren saber lo que hago a cada momento. Les digo que a veces me limito a estar sentada y a pensar. Pero no quiero decirles sobre qué. Echarían a correr. Y, a veces, les digo, me gusta echar la cabeza hacia atrás, así, y dejar que la lluvia caiga en mi boca. Sabe a vino. ¿Lo ha probado alguna vez?
—No, yo…
—Me ha perdonado usted, ¿verdad?
—Sí —Montag meditó sobre aquello—. Sí, te he perdonado. Dios sabrá por qué. Eres extraña, eres irritante y, sin embargo, es fácil perdonarte. ¿Dices que tienes diecisiete años?
—Bueno, los cumpliré el mes próximo.
—Es curioso. Mi esposa tiene treinta y, sin embargo, hay momentos en que pareces mucho mayor ella. No acabo de entenderlo.
—También usted es extraño, Mr. Montag. A veces, hasta olvido que es bombero. Ahora, ¿puedo encolerizarle de nuevo?
—Adelante.
—¿Cómo empezó eso? ¿Cómo intervino usted? ¿Cómo escogió su trabajo y cómo se le ocurrió buscar el empleo que tiene? Usted no es como los demás. He visto a unos cuantos. Lo sé. Cuando hablo, usted me mira. Anoche, cuando dije algo sobre la luna, usted la miró. Los otros nunca harían eso. Los otros se alejarían, dejándome con la palabra en la boca. O me amenazarían. Nadie tiene ya tiempo para nadie. Usted es uno de pocos que congenian conmigo. Por eso pienso que es tan extraño que sea usted bombero. Porque la verdad que no parece un trabajo indicado para usted.
Montag sintió que su cuerpo se dividía en calor y frialdad, en suavidad y dureza, en temblor y firmeza, ambas mitades se fundían la una contra la otra.
—Será mejor que acudas a tu cita —dijo, por fin.

Y ella se alejó corriendo y le dejó plantado allí, bajo la lluvia. Montag tardó un buen rato en moverse.
Y luego, muy lentamente, sin dejar de andar, levantó el rostro hacia la lluvia, sólo por un momento, y abrió la boca…