Era estupendo quemar [4]

El Sabueso Mecánico dormía sin dormir, vivía sin vivir en el suave zumbido, en la suave vibración de la perrera débilmente iluminada, en un rincón oscuro de la parte trasera del cuartel de bomberos. La débil luz de la una de la madrugada, el claro de luna enmarcado en el gran ventanal tocaba algunos puntos del latón, el cobre y el acero de la bestia levemente temblorosa. La luz se reflejaba en porciones de vidrio color rubí y en sensibles pelos capilares, del hocico de la criatura, que temblaba suave, suavemente, con sus ocho patas de pezuñas de goma recogidas bajo el cuerpo.

Montag se deslizó por la barra de latón abajo. Se asomó a observar la ciudad, y las nubes habían desaparecido por completo; encendió un cigarrillo, retrocedió para inclinarse y mirar al Sabueso. Era como una gigantesca abeja que regresaba a la colmena desde algún campo donde la miel está llena de salvaje veneno, de insania o de pesadilla, con el cuerpo atiborrado de aquel néctar excesivamente rico, y, ahora, estaba durmiendo para eliminar de sí los humores malignos.

—Hola —susurró Montag, fascinado como siempre, por la bestia muerta, la bestia viviente.

De noche, cuando se aburrían, lo que ocurría a diario los hombres se dejaban resbalar por las barras de latón y ponían en marcha las combi-naciones del sistema olfativo del Sabueso, y soltaban ratas en el área del cuartel de bomberos; otras veces, pollos, y otras, gatos que, de todos modos, hubiesen tenido que ser ahogados, y se hacían apuestas acerca de qué presa el Sabueso cogería primero. Los animales eran soltados.

Tres segundos más tarde, el fuego había terminado, la rata, el gato o el pollo atrapado en mitad del patio, sujeto por las suaves pezuñas, mientras una aguja hueca de diez centímetros surgía del morro del Sabueso para inyectar una dosis masiva de morfina o de procaína. La presa era arrojada luego al incinerador. Empezaba otra partida.

Cuando ocurría esto, Montag solía quedarse arriba. Hubo una vez, dos años atrás, en que hizo una apuesta y perdió el salario de una semana, debiendo enfrentarse con la furia insana de Mildred, que aparecía en sus venas y sus manchas rojizas. Pero, ahora, durante la noche, permanecía tumbado en su litera, con el rostro vuelto hacia la pared, escuchando las carcajadas de abajo y el rumor de las patas de los roedores, seguidos del rápido y silencioso movimiento del Sabueso que saltaba bajo la cruda luz, encontrando, sujetando a su víctima, insertando la aguja y regresando a su perrera para morir como si se hubiese dado vueltas a un conmutador.

Montag tocó el hocico. El Sabueso gruñó.
Montag dio un salto hacia atrás.

El Sabueso se levantó a medias en su perrera miró con ojos verdeazulados de neón que parpadea, en sus globos repentinamente activados. Volvió a gruñir, una extraña combinación de siseo eléctrico, de pitar y de chirrido de metal, un girar de engranajes parecían oxidados y llenos de recelo.
—No, no, muchacho —dijo Montag—.
El corazón le latió fuertemente. Vio que la aguja plateada asomaba un par de centímetros, volvía a ocultarse, asomaba un par de centímetros, volvía a ocultarse, asomaba, se ocultaba. El gruñido se acentuó, la bestia miró a Montag.
Éste retrocedió. El Sabueso adelantó un paso en su perrera. Montag cogió la barra de metal con una mano. La barra, reaccionando, se deslizó hacia arriba y silenciosamente, le llevó más arriba del techo, débilmente iluminada. Estaba tembloroso y su rostro tenía un color blanco verdoso. Abajo, el Sabueso había vuelto a agazaparse sobre sus increíbles ocho patas de insecto y volvía a ronronear para sí mismo, con sus ojos de múltiples facetas en paz.

Montag esperó junto al agujero a que se calmaran sus temores. Detrás de él, cuatro hombres jugaban a los naipes bajo una luz con pantalla verde, situada en una esquina. Los jugadores lanzaron una breve mirada a Montag, pero no dijeron nada. Sólo el hombre que llevaba el casco de capitán y el signo del cenit en el mismo, habló por último, con curiosidad, sosteniendo las cartas en una de sus manos, desde el otro lado de la larga habitación.
—Montag…
—No le gusto a ése —dijo Montag.
—¿Quién, al Sabueso? —El capitán estudió sus naipes—. Olvídate de ello. Ése no quiere ni odia. Simplemente, funciona. Es como una lección de balística. Tiene una trayectoria que nosotros determinamos. Él la sigue rigurosamente. Persigue el blanco, lo alcanza, y nada más. Sólo es alambre de cobre, baterías de carga y electricidad.
Montag tragó saliva.
—Sus calculadoras pueden ser dispuestas para cualquier combinación, tantos aminoácidos, tanto azufre, tanta grasa, tantos álcalis. ¿No es así?
—Todos sabemos que sí.
—Las combinaciones químicas y porcentajes de cada uno de nosotros están registrados en el archivo general del cuartel, abajo. Resultaría fácil para alguien introducir en la memoria del Sabueso una combinación parcial, quizá un toque de aminoácido. Eso explicaría lo que el animal acaba de hacer. Ha reaccionado contra mí.
—¡Diablos! —exclamó el capitán.
—Irritado, pero no completamente furioso. Sólo con la suficiente memoria para gruñirme al tocarlo.
—¿Quién podría haber hecho algo así? —preguntó el capitán—. Tú no tienes enemigos aquí, Guy.
—Que yo sepa, no.
—Mañana haremos que nuestros técnicos verifiquen el Sabueso.
—No es la primera vez que me ha amenazado —dijo Montag—. El mes pasado ocurrió dos veces.
—Arreglaremos esto, no te preocupes.
Pero Montag no se movió y siguió pensando en la reja del ventilador del vestíbulo de su casa, y en lo que había oculto detrás de la misma. Si alguien del cuartel de bomberos estuviese enterado de lo del ventilador, ¿no podría ser que se lo «contara» al Sabueso…?

El capitán se acercó al agujero de la sala y lanzó una inquisitiva mirada a Montag.
—Estaba pensando —dijo Montag— en qué está pensando el Sabueso Mecánico ahí abajo, toda la noche. ¿Está vivo de veras? Me produce escalofríos.
—Él no piensa nada que no deseemos que piense.
—Es una pena —dijo Montag con voz queda—, porque lo único que ponemos en su cerebro es cacería, búsqueda y matanza. ¡Qué vergüenza que solamente haya de conocer eso!
Beatty resopló amablemente.
—¡Diablos! Es una magnífica pieza de artesanía, un proyectil que busca su propio objetivo y garantiza el blanco cada vez.
—Por eso no quisiera ser su próxima víctima —replicó Montag.
—¿Por qué? ¿Te remuerde la conciencia acerca de algo?
Montag levantó la mirada con rapidez.
Beatty permanecía allí, mirándole fijamente a los ojos, en tanto que su boca se abría y empezaba a respirar con suavidad.


Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete días. Y cada vez que él salía de la casa. Clarisse estaba por allí, en algún lugar del mundo. Una vez, Montag la vio sacudiendo un nogal; otra, sentada en el césped, tejiendo un jersey azul; en tres o cuatro ocasiones, encontró un ramillete de flores tardías en el porche de su casa, o un puñado de nueces en un pequeño saquito, o varias hojas otoñales pulcramente clavadas en una cuartilla de papel blanco, sujeta en su puerta. Clarisse le acompañaba cada día hasta la esquina. Un día, llovía; el siguiente, estaba despejado; el otro, soplaba un fuerte viento, y el de más allá, todo estaba tranquilo y en calma; el día siguiente a ese día en calma fue semejante a un horno veraniego y Clarisse apareció con el rostro quemado por el sol.

—¿Por qué será —dijo él una vez, en la entrada del «Metro»— que tengo la sensación de conocerte desde hace muchos años?
—Porque le aprecio a usted —replicó ella—, y no deseo nada suyo. Y porque nos conocemos mutuamente.
—Me haces sentir muy viejo y parecido a un padre.
—¿Puede explicarme por qué no tiene ninguna hija como yo, si le gustan tanto los niños?
—Lo ignoro.
—¡Bromea usted!
—Quiero decir… —Montag calló y meneó la cabeza— . Bueno, es que mi esposa… Ella nunca ha deseado tener niños.
La muchacha dejó de sonreír.
—Lo siento. Me había parecido que se estaba burlando de mí. Soy una tonta.
—No, no —replicó Montag—. Ha sido una buena pregunta. Hacía mucho tiempo que nadie se interesaba por mí para hacérmela. Una buena pregunta.
—Hablemos de otra cosa. ¿Ha olido alguna vez unas hojas viejas? ¿Verdad que huelen a cinamomo? Tome, huela.
—Caramba, sí, en cierto modo, parece cinamomo.
Clarisse le miró con sus transparentes ojos oscuros.
—Siempre parece ofendido.
—Es que no he tenido tiempo…
—¿Se fijó en los carteles alargados, tal como le dije?
—Creo que sí. Sí.
Montag tuvo que reírse.
—Su risa parece mucho más simpática que antes.
—¿De veras?
—Mucho más tranquila.
Montag se sintió a gusto y cómodo.
—¿Por qué no estás en la escuela? Cada día te encuentro vagabundeando por ahí.
—¡Oh, no me echan en falta! —contestó ella—. creen que soy insociable. No me adapto. Es muy extraño. En el fondo, soy muy sociable. Todo depende de lo que se entienda por ser sociable, ¿no? Para mí, representa hablar de cosas como éstas. —Hizo sonar unas nueces que habían caído del árbol del patio—. O comentar lo extraño que es el mundo. Estar con la gente es agradable. Pero no considero que sea sociable reunir a un grupo de gente y, después, no dejar que hable. Una hora de clase TV, una hora de baloncesto, de pelota base o de carreras, otra hora de transcripción o de reproducción de imágenes, y más deportes. Pero ha de saber que nunca hacemos preguntas, o por lo menos, la mayoría no las hace; no hacen más que lanzarte las respuestas izas!, izas!, y nosotros sentados allí durante otras cuatro horas de clase cinematográfica. Esto no tiene nada que ver con la sociabilidad. Hay muchas chimeneas y mucha agua que mana por ellas, y todos nos decimos es vino, cuando no lo es. Nos fatigan tanto que al terminar el día, sólo somos capaces de acostarnos, ir a un Parque de Atracciones para empujar a la gente, romper cristales en el Rompedor de Ventanas o triturar automóviles en el Aplastacoches; con la gran bola de acero. Al salir en automóvil y recorrer las calles, intentando comprobar cuán cerca de los faroles es posible detenerte, o quien es el último que salta del vehículo antes de que se estrelle. Supongo que soy todo lo que dicen de mí, desde luego. No tengo ningún amigo. Esto debe demostrar que soy anormal. Pero todos aquellos a quienes conozco andan gritando o bailando por ahí como locos, o golpeándose mutuamente. ¿Se ha dado cuenta de cómo, en la actualidad, la gente se zahiere entre sí?
—Hablas como una vieja.
—A veces, lo soy. Temo a los jóvenes de mi edad. Se matan mutuamente. ¿Siempre ha sido así? Mi tío dice que no. Sólo en el último año, seis de mis compañeros han muerto por disparo. Otros diez han muerto en accidente de automóvil. Les temo, y ellos no me quieren por este motivo. Mi tío dice que su abuelo recordaba cuando los niños no se mataban entre sí. Pero de eso hace mucho, cuando todo era distinto. Mi tío dice que creían en la responsabilidad. Ha de saber que yo soy responsable. Años atrás, cuando lo merecía, me azotaban. Y hago a mano todas las compras de la casa, y también la limpieza. Pero por encima de todo —prosiguió diciendo Clarisse—, me gusta observar a la gente. A veces, me paso el día entero en el «Metro», y los contemplo y los escucho. Sólo deseo saber qué son, qué desean y adónde van. A veces, incluso voy a los parques de atracciones y monto en los coches cohetes cuando recorren los arrabales de la ciudad a medianoche y la Policía no se mete con ellos con tal de que estén asegurados. Con tal de que todos tengan un seguro de diez mil, todos contentos. A veces, me deslizo a hurtadillas y escucho en el «Metro». O en las cafeterías. Y, ¿sabe qué?
—¿Qué?
—La gente no habla de nada.
—¡Oh, de algo hablarán!
—No, de nada. Citan una serie de automóviles, de ropa o de piscinas, y dicen que es estupendo. Pero todos dicen lo mismo y nadie tiene una idea original. En los cafés, la mayoría de las veces funcionan las máquinas de chistes, siempre los mismos, o la pared musical encendida y todas las combinaciones coloreadas y bajan, pero sólo se trata de colores y de dibujo abstracto. Y en los museos… ¿Ha estado en ellos? Todo es abstracto. Es lo único que hay ahora. Mi tío dice que antes era distinto. Mucho tiempo atrás, los cuadros algunas veces, decían algo o incluso representaban personas.
—Tu tío dice, tu tío dice… Tu tío debe de ser un hombre notable.
—Lo es. Sí que lo es. Bueno, he de marcharme. Adiós, Mr. Montag.
—Adiós.
—Adiós…

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete días: el cuartel de bomberos.
—Montag, estás puliendo esa barra como un pájaro encaramado en un árbol.
Tercer día.
—Montag, he visto que entrabas por la puerta posterior. ¿Te preocupa el Sabueso?
—No, no. Cuatro días.
—¡Qué curioso, Montag! Esta mañana lo he oído contar. Un bombero de Seattle sintonizó adrede un sabueso mecánico con su propio complejo químico y, después, lo soltó. ¿Qué clase de suicidio llamarías a eso?

Cinco, seis, siete días.
Y, luego, Clarisse desapareció. Montag advirtió lo que ocurría aquella tarde, peor era no verla por allí. El césped estaba vacío, los árboles vacíos, la calle también, y si bien al principio Montag ni siquiera comprendió que la echaba en falta o que la estaba buscando, la realidad era que cuando llegó al «Metro» sentía en su interior débiles impulsos de intranquilidad.

Algo ocurría, algo había alterado su rutina. Una rutina sencilla, es cierto, establecida en unos cuantos días, y, sin embargo…