Era estupendo quemar [5] Fahrenheit 451

Estuvo a punto de volver atrás para rehacer el camino, para dar tiempo a que la muchacha apareciese. Estaba seguro de que si seguía la misma ruta todo saldría bien. Pero era tarde, y la llegada del convoy puso punto final a sus planes.
El revoloteo de los naipes, el movimiento de las manos, de los párpados, el zumbido de la voz que anunciaba la hora en el techo del cuartel de bomberos: «… una treinta y cinco. Jueves mañana, 4 noviembre… Una treinta y seis… Una treinta y siete de la mañana… » El rumor de los naipes en la grasienta mesa… Todos los sonidos llegaban a Montag tras sus ojos cerrados, tras la barrera que había erigido momentáneamente. Percibía el cuartel lleno de centelleos y de silencio, de colores de latón, de colores de las monedas, de oro, de plata. Los hombres, invisibles, al otro lado de la mesa, suspiraban ante sus naipes, esperando. «Una cuarenta y cinco…» El reloj oral pronunció lúgubremente la fría hora de una fría mañana de un año aún más frío.

—¿Qué te ocurre, Montag?
El aludido abrió los ojos.
Una radio susurraba en algún sitio: “la guerra puede ser declarada en cualquier momento. El país está listo para defender sus…”
El cuartel se estremeció cuando una numerosa escuadrilla de reactores lanzó su nota aguda en el oscuro cielo matutino.

Montag parpadeó. Beatty le miraba como si fuese una estatua en un museo. En cualquier momento, Beatty podía levantarse y acercársele, tocar, explorar su culpabilidad. ¿Culpabilidad? ¿Qué culpabilidad era aquélla?
—Tú juegas, Montag.

Miró a aquellos hombres, cuyos rostros estaban tostados por un millar de incendios auténticos y otros millones de imaginarios, cuyo trabajo les enrojecía las mejillas y ponía una mirada febril en sus ojos. Aquellos hombres que contemplaban con fijeza las llamas de encendedores de platino cuando encendían sus boquillas que ardían eternamente. Ellos y su cabello cubierto de carbón, sus cejas sucias de hollín y sus mejillas manchadas de ceniza cuando estaban recién afeitados; pero parecía su herencia. Montag dio un respingo y abrió la boca. ¿Había visto, alguna vez, a un bombero que no tuviese el cabello negro, las cejas negras, un rostro fiero y un aspecto hirsuto, incluso recién afeitado? ¡Aquellos hombres eran reflejos de sí mismo! Así, pues ¿se escogía a los bomberos tanto por su aspecto como por sus inclinaciones? El color de las brasas y la ceniza en ellos, y el ininterrumpido olor a quemado de sus pipas. Delante de él, el capitán Beatty lanzaba nubes de humo de tabaco. Beatty abría un nuevo paquete de picadura, produciendo al arrugar el celofán ruido de crepitar de llamas. Montag examinó los naipes que tenía en las manos.

—Es… estaba, pensando sobre el fuego de la semana pasada. Sobre el hombre cuya biblioteca liquidamos. ¿Qué le sucedió?
—Se lo llevaron, chillando, al manicomio.
—Pero no estaba loco.
Beatty arregló sus naipes en silencio.
—Cualquier hombre que crea que puede engañar al Gobierno y a nosotros está loco.
—Trataba de imaginar —dijo Montag— qué sensación producía ver que los bomberos quemaban nuestras casas y nuestros libros.
—Nosotros no tenemos libros.
—Si los tuviésemos…
—¿Tienes alguno?
Beatty parpadeó lentamente.
—No.

Montag miró hacia la pared, más allá de ellos, en la que había las listas mecanografiadas de un millón de libros prohibidos. Sus nombres se consumían en el fuego, destruyendo los años bajo su hacha y su manguera, que arrojaba petróleo en vez de agua.
—No.
Pero, procedente de las rejas de ventilación de su casa, un fresco viento empezó a soplar helándole suavemente el rostro. Y, una vez más, se vio en el parque hablando con un viejo, un hombre muy viejo, y también el viento del parque era frío.

Montag vaciló:
—¿Siempre…, siempre ha sido así? ¿El cuartel de bomberos, nuestro trabajo? Bueno, quiero decir que hubo una época…
—¡Hubo una época! —repitió Beatty—. ¿Qué manera de hablar es esa?
«Tonto —pensó Montag—, te has delatado.» En el último fuego, un libro de cuentos de hadas, del que casualmente leyó una línea…
—Quiero decir —aclaro—, que en los viejos días, antes de que las casas estuviesen totalmente a prueba de incendios… —De pronto, pareció que una voz mucho más joven hablaba por él. Montag abrió la boca y fue Clarisse McClellan la que preguntaba—: ¿No se dedicaban los bomberos a apagar incendios en lugar de provocarlos y atizarlos?
—¡Es el colmo!
Stoneman y Black sacaron su libro guía, que también contenía breves relatos sobre los bomberos de América y los dejaron de modo que Montag, aunque familiarizado con ellos desde hacía mucho tiempo, pudiese leer:

Establecidos en 1790 para quemar los libros de influencia inglesa de las colonias.
Primer bombero Benjamín Franklin.
REGLA 1. Responder rápidamente a la alarma.
2. Iniciar el fuego rápidamente.
3. Quemarlo todo.
4. Regresar inmediatamente al cuartel.
5. Permanecer alerta para otras alarmas.


Todos observaban a Montag. Éste no se movía.
Sonó la alarma.
La campana del techo tocó doscientas veces. De pronto hubo cuatro sillas vacías. Los naipes cayeron como copos de nieve. La barra de latón se estremeció. Los hombres se habían marchado.

Montag estaba sentado en su silla. Abajo, el dragón anaranjado tosió y cobró vida.
Montag se deslizó por la barra, como un hombre que sueña.
El Sabueso Mecánico daba saltos en su perrera con los ojos convertidos en una llamarada verde.
—¡Montag, te olvidas del casco!
El aludido lo cogió de la pared que quedaba a su espalda, corrió, saltó, y se pusieron en marcha, con el viento nocturno martilleado por el alarido de su sirena y su poderoso retumbar metálico.

Era una casa de tres plantas, de aspecto ruinoso, en la parte antigua de la ciudad, que contaría, por lo menos, un siglo de edad; pero, al igual que todas las casas, había sido recubierta muchos años atrás por una delgada capa de plástico, ignífuga, y aquella concha protectora parecía ser lo que la mantuviera erguida en el aire.
—¡Aquí están!

El vehículo se detuvo. Beatty, Stoneman y Black atravesaron corriendo la acera, repentinamente odiosos y gigantescos en sus gruesos trajes a prueba de llamas.
Montag les siguió.

Destrozaron la puerta principal y aferraron a una mujer, aunque esta no corría, no intentaba escapar. Se limitaba a permanecer quieta, balanceándose de uno a otro pie, con la mirada fija en el vacío de la pared, como si hubiese recibido un terrible golpe en la cabeza. Movía la boca, y sus ojos parecían tratar de recordar algo. y, luego, lo recordaron y su lengua volvió a moverse:
—«Pórtate como un hombre, joven Ridley. Por la gracia de Dios, encenderemos hoy en Inglaterra tal hoguera que confío en que nunca se apagará».
—¡Basta de eso! —dijo Beatty—. ¿Dónde están?
Abofeteó a la mujer con sorprendente impasibilidad, y repitió la pregunta. La mirada de la vieja se fijó en Beatty.
—Usted ya sabe dónde están, o, de lo contrario, no habría venido —dijo.
Stoneman alargó la tarjeta de alarma telefónica, con la denuncia firmada por duplicado, en el dorso:
“Tengo motivos para sospechar del ático. Elm, número 11 ciudad.
E. B”.

—Debe de ser Mrs. Blake, mi vecina —dijo la mujer, leyendo las iniciales.
—¡Bueno, muchachos, a por ellos!

Al instante, iniciaron el ascenso en la oscuridad, golpeando con sus hachuelas plateadas puertas que, sin embargo, no estaban cerradas, tropezando los unos con los otros, como chiquillos, gritando y alborotando.
¡Eh!

Una catarata de libros cayó sobre Montag mientras este ascendía vacilantemente la empinada escalera. ¡Qué inconveniencia! Antes, siempre había sido tan sencillo como apagar una vela. La Policía llegaba primero, amordazaba y ataba a la víctima y se la llevaba en sus resplandecientes vehículos, de modo que cuando llegaban los bomberos encontraban la casa vacía. No se dañaba a nadie, únicamente a objetos. Y puesto que los objetos no podían sufrir, puesto que los objetos no sentían nada ni chillaban o gemían, como aquella mujer podía empezar a hacerlo en cualquier momento, no había razón para sentirse, después, una conciencia culpable. Era tan sólo una operación de limpieza. Cada cosa en su sitio. ¡Rápido con el petróleo! ¿Quién tiene una cerilla?

Pero aquella noche, alguien se había equivocado. Aquella mujer estropeaba el ritual. Los hombres armaban demasiado ruido, riendo, bromeando, para disimular el terrible silencio acusador de la mujer. Ella hacía que las habitaciones vacías clamaran acusadoras y desprendieran un fino polvillo de culpabilidad que era sorbido por ellos al moverse por la casa. Montag sintió una irritación tremenda. ¡Por encima de todo, ella no debería estar allí!

Los libros bombardearon sus hombros, sus brazos, su rostro levantado. Un libro aterrizó, casi obedientemente como una paloma blanca, en sus manos, agitando las alas. A la débil e incierta luz, una página desgajada asomó, y era como un copo de nieve, con las palabras delicadamente impresas en ella. Con toda su prisa y su celo, Montag sólo tuvo un instante para leer una línea, esta ardió en su cerebro durante el minuto siguiente como si se la hubiesen grabado con un acero. El tiempo se ha dormido a la luz del sol del atardecer. Montag dejó caer el libro. Inmediatamente cayó entre sus brazos.

—¡Montag, sube!
La mano de Montag se cerró como una boca, aplastó el libro con fiera devoción, con fiera inconsciencia, contra su pecho. Los hombres, desde arriba, arrojaban al aire polvoriento montones de revistas que caían como pájaros asesinados, y la mujer permanecía abajo, como una niña, entre los cadáveres.

Montag no hizo nada. Fue su mano la que actuó; su mano, con un cerebro propio, con una conciencia y una curiosidad en cada dedo tembloroso, se había convertido en ladrona. En aquel momento metió el libro bajo su brazo, lo apretó con fuerza contra la sudorosa axila; salió vacía, con agilidad de prestidigitador. ¡Mira aquí! ¡inocente! ¡Mira!