«El rey Vagamundo», de Diego José Zárate Montero

Diego José Zárate Montero (Barva de Heredia, Costa Rica, 1990). Licenciado en economía por la Universidad Nacional de Costa Rica y egresado de la maestría en economía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado cuentos en la revista literaria Centroamerica, Punto en Línea de la UNAM, revista literaria Pluma, Letralia y en la Antología Mis días en cuarentena, de la Editorial Sirena.

El rey Vagamundo

Para Valentina Ignacia Ortiz Flores

Solo el amor convierte en rey al vagabundo

Emma Goldman

Suspiró e inmediatamente se reprendió a sí mismo. Otra vez interrumpía al sabio metrónomo del silencio, otra vez agredía al mundo con sus inoportunos gestos de loco.

Lo rodeaba un firmamento brumoso y fresco. Mientras los colibríes revoloteaban sus cuerpecillos sobre los pistilos de geranios y margaritas, como entregándose al éxtasis del amor, las moscas bailoteaban dando saltitos sobre su rancio festín, como inquietos niños chapoteando en lodosos charcos al regresar de la escuela.

-Si lo verdadero es contradictorio- pensó para sí- que al final todo esté perdido significa que nada había por ganar desde el principio.

Sus ojos se humedecieron. A su cabeza volvieron los amedrentamientos y vituperios que debió asumir para despertar de las fantasías disneicas que le proyectaba el miedo a la soledad dentro de su cabeza.

– ¿Para qué quieres saber eso? -le repitieron innumerables veces.

Al principio fue un eficaz conocimiento que le había prodigado todos los honores y placeres que una falsa virtud es capaz de adquirir.

Había sido recibido en los salones más onerosos y despampanantes, disfrutado de los más exóticos manjares y sido adulado por las voces más prestigiosas y elocuentes. Había conducido los coches más potentes y cazado las bestias más fieras. Había sentido en su carne las extravagantes caricias que solo los cuerpos más voluptuosos eran capaces de ofrecerle.

Pero había sido necio y torpe toda su vida: ambicionaba comprehender, y ahora que lo embargaba la evidencia de que el dinero es el símbolo del poder en el que se funda la cultura de la violación… se había desvelado ante sus ojos una brutalidad que lo perseguía también en sueños.

No era esa plenitud el secreto que perseguía con todo ahinco, sino algo que estaba más allá de cualquier satisfacción hedonista, de todo disfrute banal o efímero… algo que tampoco era la eternidad: la desgarrada imagen de Gilgamesh lo había librado de semejante anhelo. 

Así que rechazó la complicidad de identificarse con esos privilegios y comodidades, no en vano había devorado como una fiera hambrienta todas las bibliotecas de Alejandría, y rumiado plácidamente todas sus enseñanzas, hasta descubrir que para someter cualquier voluntad basta con inculcarle un vicio, como a los gatos.

Y se apartó del mundo… del jardín de las delicias de quienes anteponen la moneda a cualquier decisión.

Entonces vino la carencia y el desprecio.

De las fábulas judías había aprendido que, si los dioses existen, son crueles y mezquinos incluso con sus más fieles fanáticos, así que poco lamentó que las zalamerías que antaño endulzaran sus oídos se convirtieran en insultos de un momento a otro, como guiados por la misma magia que convertía el agua en vino.

Para sus antiguos benefactores era suficiente castigo que habitara en una derruida casa, que luciera descoloridas ropas, que perdiera el privilegio de dar órdenes y poseer objetos codiciados… condenarlo al ostracismo de las miradas sensuales y la delicada atención de cortesanas y eruditos, siempre bajo la vigilancia estricta de la secta de los escorpiones. 

Su piel no se cubrió de llagas, sino de mustias marcas que le recordaban haber perdido el favor de los patriarcas, señales epidérmicas que pretendían inmovilizar el paso del tiempo en su desgracia y dolor.

Vacío, cual recipiente cuyo aroma se disipa ante el fulgor candente de un despiadado sol, ya nada dependía de su voluntad, ni siquiera que sus párpados se abrieran nuevamente finalizado el alba: nadie escucharía sus palabras bífidas, aunque fueran finitas como las de cualquier diccionario y las gritara como una harpía furibunda a través de las rejas de su ventana.

Amor – vino a su cabeza como un rayo- amar y ser amado…- El llanto y la risa se mezclaron en su rostro por un instante. Quizá había vuelto a ser un recién nacido, quizá solo era la cordura desbordándose, como el rocío, por la cavidad de los letales girasoles de sus ojos… – el castigo es el mismo por despreciar lo sagrado que lo profano.

Amanecía otra vez, y en la lejanía el mundo se entregaba de nuevo a su frenética rutina de comercio y sumisión.