Era estupendo quemar [6] Fahrenheit 451

Montag contempló, alterado, aquella mano blanca. La mantuvo a distancia, como si padeciese presbicia. La acercó al rostro, como si fuese miope.
—¡Montag!
El aludido se volvió con sobresalto.
—¡No te quedes ahí parado, estúpido!
Los libros yacían como grandes montones de peces puestos a secar. Los hombres bailaban, resbalaban y caían sobre ellos. Los títulos hacían brillar sus ojos dorados, caían, desaparecían.
—¡Petróleo!
Bombearon el frío fluido desde los tanques con el número 451 que llevaban sujetos a sus hombros. Cubrieron cada libro, inundaron las habitaciones.

Corrieron escaleras abajo; Montag avanzó en pos de ellos, entre los vapores del petróleo.
—¡Vamos, mujer!
Esta se arrodilló entre los libros, acarició la empapada piel, el impregnado cartón, leyó los títulos dorados con los dedos mientras su mirada acusaba a Montag.
—No pueden quedarse con mis libros —dijo.
—Ya conoce la ley —replicó Beatty—. ¿Dónde está su sentido común? Ninguno de esos libros está de acuerdo con el otro. Usted lleva aquí encerrada años con una condenada torre de Babel. ¡Olvídese de ellos! La gente de esos libros nunca ha existido. ¡Vamos!
Ella meneó la cabeza.
—Toda la casa va a arder —advirtió Beatty.

Con torpes movimientos, los hombres traspusieron la puerta. Volvieron la cabeza hacia Montag, quien permanecía cerca de la mujer.
—¡No iréis a dejarla aquí! —protestó él.
—No quiere salir.
—¡Entonces, obligadla!

Beatty levantó una mano, en la que llevaba oculto el deflagrador.
—Hemos de regresar al cuartel. Además, esos fanáticos siempre tratan de suicidarse. Es la reacción familiar.
Montag apoyó una de sus manos en el codo de la mujer.
—Puede venir conmigo.
—No —contestó ella—. Gracias, de todos modos.
—Vamos a contar hasta diez —dijo Beatty—. Uno, Dos.
—Por favor —dijo Montag.
—Márchese —replicó la mujer—. Tres. Cuatro.
—Vamos.
Montag tiró de la mujer.
—Quiero quedarme aquí —contestó ella con serenidad.
—Cinco. Seis.
—Puedes dejar de contar —dijo ella.

Abrió ligeramente los dedos de una mano; en la palma de la misma había un objeto delgado. Una vulgar cerilla de cocina.
Esta visión hizo que los hombres se precipitaran fuera y se alejaran de la casa a todo correr. Para mantener su dignidad, el capitán Beatty retrocedió lentamente a través de la puerta principal, con el rostro quemado, brillante gracias a un millar de incendios y de emociones nocturnas. “Dios —pensó Montag—, ¡cuán cierto es! La alarma siempre llega de noche. ¡Nunca durante el día” ¿Se debe a que el fuego es más bonito por la noche?
¿Más espectacular, más llamativo? El rostro sonrojado de Beatty mostraba, ahora, una leve expresión de pánico. Los dedos de la mujer se engarfiaron sobre la cerilla. Los vapores del petróleo la rodeaban. Montag sintió que el libro oculto latía como un corazón contra su pecho.

—Váyase —dijo la mujer.
Y Montag, mecánicamente, atravesó el vestíbulo, saltó por la puerta en pos de Beatty, descendió los escalones, cruzó el jardín, donde las huellas del petróleo formaban un rastro semejante al de un caracol maligno.

En el porche frontal, a donde ella se había asomado para calibrarlos silenciosamente con la mirada, y había una condena en aquel silencio, la mujer permaneció inmóvil.
Beatty agitó los dedos para encender el petróleo.
Era demasiado tarde. Montag se quedó boquiabierto.
La mujer, en el porche, con una mirada de desprecio hacia todos, alargó el brazo y encendió la cerilla, frotándola contra la barandilla.
La gente salió corriendo de las casas a todo lo largo de la calle.

No hablaron durante el camino de regreso al cuartel, Rehuían mirarse entre sí. Montag iba sentado en el banco delantero con Beatty y con Black. Ni siquiera fumaron sus pipas. Permanecían quietos, mirando por la parte frontal de la gran salamandra mientras doblaban una esquina y proseguían avanzando silenciosamente.

—Joven Ridley —dijo Montag por último.
—¿Qué? —Preguntó Beatty.
—Ella ha dicho «joven Ridley». Cuando hemos llegado a la puerta, ha dicho algo absurdo. «Pórtate como un hombre, joven Ridley», dijo. Y no sé qué más.
—«Por la gracia de Dios, encenderemos hoy en Inglaterra tal hoguera que confío en que nunca se apagará» —dijo Beatty. Stoneman lanzó una mirada al capitán, lo mismo que Montag, atónitos ambos. Beatty se frotó la barbilla.
—Un hombre llamado Latimer dijo esto a otro, llamado Ridley mientras eran quemados vivos en Oxford por herejía, el 16 de octubre de 1555.
Montag y Stoneman volvieron a contemplar la que parecía moverse bajo las ruedas del vehículo.
—Conozco muchísimas sentencias —dijo Beatley—. Es algo necesario para la mayoría de los capitanes de bomberos. A veces, me sorprendo a mí mismo. ¡Cuidado, Stoneman!
Stoneman frenó el vehículo.
—¡Diantre! —exclamó Beatty—. Has dejado la esquina por la que doblamos para ir al cuartel.




—¿Quién es?
—¿Quién podría ser? —dijo Montag, apoyándose en la oscuridad contra la puerta cerrada.
Su mujer dijo, por fin:
—Bueno, enciende la luz.
—No quiero luz.
—Acuéstate.
Montag oyó cómo ella se movía impaciente; los resortes de la cama chirriaron.
—¿Estás borracho?

De modo que era la mano que lo había empezado todo. Sintió una mano y, luego, la otra que desabrochaba su chaqueta y la dejaba caer en el suelo. Sostuvo sus pantalones sobre un abismo y los dejó caer en la oscuridad. Sus manos estaban hambrientas. Y sus ojos empezaban a estarlo también, como si tuviera necesidad de ver algo, cualquier cosa, todas las cosas.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó su esposa.
Montag se balanceó en el espacio con el libro entre sus dedos sudorosos y fríos.
Al cabo de un minuto, ella insistió:
—Bueno, no te quedes plantado en medio de la habitación.
Él produjo un leve sonido.
—¿Qué? —preguntó Mildred.

Montag produjo más sonidos suaves. Avanzó dando traspiés hacia la cama y metió, torpemente, el libro bajo la fría almohada. Se dejó caer en la cama y su mujer lanzó una exclamación, asustada. Él yacía lejos de ella, al otro lado del dormitorio, en una isla invernal separada por un mar vacío. Ella le habló desde lo que parecía una gran distancia, y se refirió a esto y aquello, y no eran más que palabras, como las que había escuchado en el cuarto de los niños de un amigo, de boca de un pequeño de dos años que articulaba sonidos al aire. Pero Montag no contestó y, al cabo de mucho rato, cuando sólo él producía los leves sonidos, sintió que ella se movía en la habitación, se acercaba a su cama, se inclinaba sobre él y le tocaba una mejilla con la mano. Montag estaba seguro de que cuando ella retirara la mano de su rostro, la encontraría mojada.

Más avanzada la noche, Montag miró a Mildred. Estaba despierta. Una débil melodía flotaba en el aire, y su radio auricular volvía a estar enchufada en su oreja, mientras escuchaba a gente lejana de lugares remotos, con unos ojos muy abiertos que contemplaban las negras profundidades que había sobre ella, en el techo.

¿No había un viejo chiste acerca de la mujer que hablaba tanto por teléfono que su esposo, desesperado, tuvo que correr a la tienda más próxima para telefonearle y preguntar qué había para la cena? Bueno, entonces, ¿por qué no se compraba él una emisora para radio auricular y hablaba con su esposa ya avanzada la noche, murmurando, susurrando, gritando, vociferando? Pero, ¿qué le susurraría, qué le chillaría? ¿Qué hubiese podido decirle?

Y, de repente, le resultó tan extraña que Montag no pudo creer que la conociese. Estaba en otra casa, esos chistes que contaba la gente acerca del caballero embriagado que llegaba a casa ya entrada la noche, abría una puerta que no era la suya, se metía en la habitación que no era la suya, se acostaba con un desconocida, se levantaba temprano y se marchaba a trabajar sin que ninguno de los dos hubiese notado nada.

—Millie… —susurró.
—¿Qué?
—No me proponía asustarte. Lo que sí quiero saber es…
—Di.
—Cuándo nos encontramos. Y dónde.
—¿Cuándo nos encontramos para qué? —preguntó ella.
—Quiero decir… por primera vez.
Montag comprendió que ella estaría frunciendo el ceño en la oscuridad.
Aclaró conceptos:
—¿Dónde y cuándo nos conocimos?
—¡Oh! Pues fue en…
La mujer calló.
—No lo sé —reconoció al fin.

Montag sintió frío.
—¿No puedes recordarlo?
—Hace mucho tiempo.
—¡Sólo diez años, eso es todo, sólo diez!
—No te excites, estoy tratando de pensar.—Mildred emitió una extraña risita que fue haciéndose más y más aguda—. ¡Qué curioso! ¡Qué curioso no acordarse de dónde o cuándo se conoció al marido o a la mujer!

Montag se frotaba los ojos, las cejas y la nuca, con lentos movimientos. Apoyó ambas manos sobre sus ojos y apretó con firmeza, como para incrustar la memoria en su sitio. De pronto, resultaba más importante que cualquier otra cosa en su vida saber dónde había conocido a Mildred.
—No importa.