Era estupendo quemar [7] Fahrenheit 451

Ella estaba ahora en el cuarto de baño, y Montag oyó correr el agua y el ruido que hizo Mildred al beberla.
—No, supongo que no —dijo.
Trató de contar cuántas veces tragaba, y pensó en la visita de los dos operarios con los cigarrillos en sus bocas rectilíneas y la serpiente de ojo electrónico descendiendo a través de capas y capas de noche y de piedra y de agua remansada de primavera, y deseó gritar a su mujer: «¿Cuántas te has tomado esta noche? ¡Las cápsulas! ¿Cuántas te tomarás después sin saberlo? ¡Y seguir así hora tras hora! ¡Y quizá no esta noche, sino mañana! ¡Y yo sin dormir esta noche, ni mañana, ni ninguna otra duran-te mucho tiempo, ahora que esto ha empezado!» Y Montag se la imaginó tendida en la cama, con los dos operarios erguidos a su lado, no inclinados con preocupación, sino erguidos, con los brazos cruzados. Y recordó haber pensado entonces que si ella moría, estaba seguro que no había de llorar. Porque sería la muerte de una desconocida, un rostro visto en la calle, una imagen del periódico; y, de repente, le resultó todo tan triste que había empezado a llorar, no por la muerte, sino el pensar que no lloraría cuando Mildred muriera, un absurdo hombre vacío junto a una absurda mujer vacía, en tanto que la hambrienta serpiente la dejaba aún más vacía.

«¿Cómo se consigue quedar tan vacío? —se preguntó Montag—. ¿Quién te vacía? ¡Y aquella horrible flor del otro día, el diente de león! Lo había comprendido todo ¿verdad? «¡Qué vergüenza! ¡No está enamorado de nadie!» y ¿ por qué no? ».

Bueno, ¿no existía una muralla entre él y Mildred pensándolo bien? Literalmente, no sólo un muro; tres, en realidad. Y, además, muy caros. Y los tíos, las tías, los primos, las sobrinas, los sobrinos que vivían en aquellas paredes, la farfullante pandilla de simios que no decían nada, nada, y lo decían a voz en grito. Desde el principio, Montag se había acostumbrado a llamarlos parientes. «¿Cómo está hoy, tío Louis?» «¿Quién?» «¿tía Maude?» En realidad, el recuerdo más significativo que tenía de Mildred era el de una niñita en un bosque sin árboles (¡qué extraño) o, más bien, de una niñita perdida en una meseta donde solía haber árboles (podía percibirse el recuerdo de sus formas por doquier), sentada en el centro de la «sala de estar». La sala de estar ¡Qué nombre más bien escogido! Llegara cuando llegara, allí estaba Mildred, escuchando cómo las paredes le hablaban.

—¡Hay que hacer algo!
—Sí, hay que hacer algo.
—¡Bueno, no nos quedemos aquí hablando!
—¡Hagámoslo!
—¡Estoy tan furioso que sería capaz de escupir!

¿A qué venía aquello? Mildred no hubiese sabido decirlo. ¿Quién es-taba furioso contra quién? Mildred lo sabía bien. ¿Qué haría? «Bueno —se dijo Mildred esperemos y veamos.»
Él había esperado para ver.

Una gran tempestad de sonidos surgió de las paredes. La música le bombardeó con un volumen tan intenso, que sus huesos casi se desprendieron de los tendones; sintió que le vibraba la mandíbula, que los ojos retemblaban en su cabeza. Era víctima de una conmoción. Cuando todo hubo pasado, se sintió como un hombre que había sido arrojado desde un acantilado, sacudido en una centrifugadora y lanzado a una catarata que caía y caía hacia el. vacío sin llegar nunca a tocar el fondo, nunca, no del todo; y se caía tan aprisa que se tocaban los lados, nunca, nunca jamás se tocaba nada.

El estrépito fue apagándose. La música cesó.
—Ya está —dijo Mildred.
Y, desde luego, era notable. Algo había ocurrido. Aunque en las paredes de la habitación apenas nada se había movido y nada se había resuelto en realidad, se tenía la impresión de que alguien había puesto en marcha una lavadora o que uno había sido absorbido por un gigantesco aspirador. Uno se ahogaba en música, y en pura cacofonía. Montag salió de la habitación, sudando y al borde del colapso. A su espalda, Mildred estaba sentada en su butaca, y las voces volvían a sonar.

—Bueno, ahora todo irá bien —decía una «tía».
—Oh, no estés demasiado segura —replicaba un «primo».
—Vamos, no te enfades.
—¿Quién se enfada?
—¡Tú!
—¿Yo?
—¡Tú estás furioso!
—¿Por qué habría de estarlo?
—¡Porque sí!
—¡Está muy bien! —gritó Montag—. Pero, ¿por qué están furiosos? ¿Quién es esa gente? ¿Quién es ese hombre Y quién es esa mujer? ¿Son marido y mujer, están divorciados, prometidos o qué? Válgame Dios, nada tiene relación.
—Ellos… —dijo Mildred—. Bueno, ellos…. ellos han tenido esta pelea, ya lo has visto. Desde luego, discuten Mucho. Tendrías que oírlos. Creo que están casados. Sí, están casados. ¿Por qué? Y si no se trataba de las tres paredes que pronto se convertirían en cuatro para completar el sueño, entonces, era el coche descubierto y Mildred conduciendo a ciento cincuenta kilómetros por hora a través de la ciudad, él gritándole y ella respondiendo a sus gritos, mientras ambos trataban de oír lo que decían, pero oyendo sólo el rugido del vehículo. —¡Por lo menos, llévalo al mínimo! —vociferaba Montag.
—¿Qué? —preguntaba ella.
—¡Llévalo al mínimo, a ochenta! —gritaba él.
—¿Qué? —chillaba ella.
—¡Velocidad! —berreaba él.
Y ella aceleró hasta ciento setenta kilómetros por hora y dejó a su marido sin aliento.

Cuando se apearon del vehículo, ella se había puesto la radio auricular. Silencio. Sólo el viento soplaba suavemente.
—Mildred.
Montag rebulló en la cama. Alargó una mano y quitó de la oreja de ella una de las diminutas piezas musicales.
—Mildred. ¡Mildred!
— Sí.

La voz de ella era débil.
Montag sintió que era una de las criaturas insertadas electrónicamente entre las ranuras de las paredes de fonocolor, que hablaba, pero que sus palabras no atravesaban la barrera de cristal. Sólo podía hacer una pantomima, con la esperanza de que ella se volviera y viese. A través del cristal, les era imposible establecer contacto.
—Mildred, ¿te acuerdas de esa chica de la que he hablado?
—No.
—Quería hablarte de ella. Es extraño.
—Oh, sé a quién te refieres.
—Estaba seguro de ello.
—Ella —dijo Mildred, en la oscuridad.
—¿Qué sucede? —preguntó Montag.
—Pensaba decírtelo. Me he olvidado. Olvidado.
—Dímelo ahora. ¿De qué se trata?
—Creo que ella se ha ido.
—¿Ido?
—Toda la familia se ha trasladado a otro sitio. Pero ella se ha ido para siempre, creo que ha muerto.
—No podemos hablar de la misma muchacha.
—No. La misma chica. McClellan. McClellan. Atropellada por un automóvil. Hace cuatro días. No estoy segura. Pero creo que ha muerto. De todos modos, la familia se ha trasladado. No lo sé. Pero creo que ella ha muerto.
—¡No estás segura de eso!
—No, segura, no. Pero creo que es así.
—¿Por qué no me lo has contado antes?
—Lo olvidé.
—¡Hace cuatro días!
—Lo olvidé por completo.
—Hace cuatro días —repitió él, quedamente, tendido en la cama. Permanecieron en la oscura habitación, sin moverse.
—Buenas noches —dijo ella.

Montag oyó un débil roce. Las manos de la mujer se movieron. El auricular se movió sobre la almohada como una mantis religiosa, tocado por la mano de ella. Después volvió a estar en su oído, zumbando ya. Montag escuchó y su mujer canturreaba entre dientes.

Fuera de la casa una sombra se movió, un viento otoñal sopló y amainó en seguida. Pero había algo más en el silencio que él oía. Era como un aliento exhalado contra la ventana. Era como el débil oscilar de un humo verdoso luminiscente, el movimiento de una gigantesca hoja de octubre empujada sobre el césped y alejada.

«El Sabueso —pensó Montag— esta noche, está, fuera. Ahora está ahí fuera. Si abriese la ventana…»