Era estupendo quemar [8] Fahrenheit 451

Pero no la abrió.
Por la mañana, tenía escalofríos y fiebre.
—No es posible que estés enfermo —dijo Mildred.
Él cerró los ojos.
—Sí.
—¡Anoche estabas perfectamente!
—No, no lo estaba.

Montag oyó cómo «los parientes» gritaban en la sala de estar.
Mildred se inclinó sobre su cama, llena de curiosidad. Él percibió su presencia, la vio sin abrir los ojos, Vio su cabello quemado por los productos químicos hasta adquirir un color de paja quebradiza, sus ojos con una especie de catarata invisible pero que se podía adivinar muy detrás de las pupilas, los rojos labios, el cuerpo tan delgado como el de una mantis religiosa, a causa de la dieta, y su carne como tocino blanco. No podía recordarla de otra manera.

—¿Querrás traerme aspirinas y agua?
—Tienes que levantarte —replicó ella—. Son las doce del mediodía. Has dormido cinco horas más de lo acostumbrado.
—¿Quieres desconectar la sala de estar? —solicitó Montag.
—Se trata de mi familia.
—¿Quieres desconectarla por un hombre enfermo?
—Bajaré el volumen del sonido.
Mildred salió de la habitación, no hizo nada en la sala de estar y regresó.
—¿Está mejor así?
—Gracias.
—Es mi programa favorito –explicó ella.
—¿Y la aspirina?
—Nunca habías estado enfermo.
Volvió a salir.
—Bueno, pues ahora lo estoy. Esta noche no iré a trabajar. Llama a Beatty de mi parte.
—Anoche te portaste de un modo muy extraño.
Mildred regresó canturreando.
—¿Dónde está la aspirina?
—¡Oh! —La mujer volvió al cuarto de baño—. ¿Ocurrió algo?
—Sólo un incendio.
—Yo pasé una velada agradable —dijo ella, desde el cuarto de baño.
—¿Haciendo qué?
—En la sala de estar.
—¿Qué había?
—Programas.
—¿Qué programas?
—Algunos de los mejores.
—¿Con quién?
—Oh, ya sabes, con todo el grupo.
—Sí, el grupo, el grupo, el grupo.

Él se oprimió el dolor que sentía en los ojos y, de repente, el olor a petróleo le hizo vomitar. Mildred regresó, canturreando. Quedó sorprendida.
—¿Por qué has hecho esto?
Montag miró, abatido el suelo.
—Quemamos a una vieja con sus libros.
—Es una suerte que la alfombra sea lavable. —Cogió una escoba de fregar y limpió la alfombra—. Anoche fui a casa de Helen.
—¿No podías ver las funciones en tu propia sala de estar?
—Desde luego, pero es agradable hacer visitas.
Mildred volvió a la sala. Él la oyó cantar.
—¡Mildred! —llamó.

Ella regresó, cantando, haciendo chasquear suavemente los dedos.
—¿No me preguntas nada sobre lo de anoche? —dijo.
—¿Sobre qué?
—Quemamos un millar de libros. Quemamos a una mujer.
—¿Y qué?

La sala de estar estallaba de sonidos.
—Quemamos ejemplares de Dante, de Swift y de Marco Aurelio.
—¿No era éste un europeo?
—Algo por el estilo.
—¿No era radical?
—Nunca llegué a leerlo.
—Era un radical—Mildred jugueteó con el teléfono—. ¿No esperarás que llame al capitán Beatty, verdad?
—¡Tienes que hacerlo!
—¡No grites!
—No gritaba. —Montag se había incorporado en la cama, repentina-mente enfurecido, congestionado, sudoroso. La sala de estar retumbaba en la atmósfera caliente—. No puedo decirle que estoy enfermo.
—¿Por qué?
«Porque tienes miedo», pensó él. Un niño que se finge enfermo, teme-roso de llamar porque, después de una breve discusión, la conversación tomaría este giro «Sí, capitán, ya me siento mejor. Estaré ahí esta noche a las diez.»
—No estás enfermo —insistió Mildred.

Montag se dejó caer en la cama. Metió la mano bajo la almohada. El libro oculto seguía allí.
—Mildred, ¿qué te parecería si, quizá, dejase mi trabajo por algún tiempo?
—¿Quieres dejarlo todo? Después de todos esos años de trabajar, porque, una noche, una mujer, y sus libros…
—¡Hubieses tenido que verla, Millie!
—Ella no es nada para mí. No hubiese debido tener libros. Ha sido culpa de ella, hubiese tenido que pensarlo antes. La odio. Te ha sacado de tus casillas y antes de que te des cuenta, estaremos en la calle, sin casa, sin empleo, sin nada.
—Tú no estabas allí, tú no la viste —insistió él—. Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar para hacer que una mujer permanezca en una casa que arde. Ahí tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada.
—Esa mujer era una tonta.
—Era tan sensata como tú y como yo, quizá más, y la quemamos.
—Agua pasada no mueve molino.
—No, agua no, fuego. ¿Has visto alguna casa quemada? Humea durante días. Bueno, no olvidaré ese incendio en toda mi vida. ¡Dios! Me he pasado la noche tratando de apartarlo de mi cerebro. Estoy loco de tanto intentarlo.
—Hubieses debido pensar en eso antes de hacerte bombero.
—¡Pensar! ¿Es que pude escoger? Mi abuelo y mi padre eran bomberos. En mi sueño, corrí tras ellos.

La sala de estar emitía una música bailable.
—Hoy es el día en que tienes el primer turno —dijo Mildred—. Hubieses debido marcharte hace dos horas. Acabo de recordarlo.
—No se trata sólo de la mujer que murió —dijo Montag—. Anoche, estuve meditando sobre todo el petróleo que he usado en los últimos diez años. Y también en los libros. Y, por primera vez, me di cuenta de que había un hombre detrás de cada uno de ellos. Un hombre tuvo que haberlo ideado. Un hombre tuvo que emplear mucho tiempo en trasladarlo al papel. Y ni siquiera se me había ocurrido esto hasta ahora.
Montag saltó de la cama.

—Quizás algún hombre necesitó toda una vida para reunir varios de sus pensamientos, mientras contemplaba el mundo y la existencia, y, entonces, me presenté yo y en dos minutos, izas!, todo liquidado.
—Déjame tranquila —dijo Mildred—. Yo no he hecho nada.
—¡Dejarte tranquila! Esto está muy bien, pero, ¿cómo puedo dejarme tranquilo a mí mismo? No necesitamos que nos dejen tranquilos. De cuando en cuando, precisamos estar seriamente preocupados. ¿Cuánto tiempo hace que no has tenido una verdadera preocupación? ¿Por algo importante, por algo real?

Y, luego calló, porque se acordó de la semana pasada, y las dos piedras blancas que miraban hacia el techo y la bomba con aspecto de serpiente, los dos hombres, de rostros impasibles, con los cigarrillos que se movían en su boca cuando hablaban. Pero aquélla era otra Mildred, una Mildred tan metida dentro de la otra, y tan preocupada, auténtica-mente preocupada, que ambas mujeres nunca habían llegado a encontrarse. Montag se volvió.
—Bueno, ya lo has conseguido —dijo Mildred. —Ahí, frente a la casa. Mira quién hay.
—No me interesa.
—Acaba de detenerse un automóvil «Fénix» y se acerca un hombre en camisa negra con una serpiente anaranjada dibujada en el brazo.
—¿El capitán Beatty?
—El capitán Beatty.

Montag no se movió, y siguió contemplando la fría blancura de la pared que quedaba delante de él.