«Memorias de una niña lectora», de Casandra Cruz Vázquez

Casandra Cruz Vázquez (Guanajuato, 1998). Estudiante de Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato. Sus principales intereses giran en torno a temas como literatura y filosofía, lingüística, danza, y arte en general. Ha publicado en El Gallo Galante y Soflama, gabinete de ensayos.

Mi papá solía contar una historia acerca de mí cuando era pequeña. No sé cuándo dejó de contarla o si ya no me veía igual. Tenía unos ocho u diez años en ese entonces, hicimos un viaje largo a Europa. Tres ciudades: Londres, Berlín y Trieste. Fue mi primer encuentro consciente con el viejo mundo. A propósito del viaje, mi padre me había consignado leer tres novelas que ampliaran la vivencia de dejar el hogar. Antes de partir, me regaló tres libros que consideró me abrirían las puertas a la literatura. Oliver Twist, La vuelta al mundo en ochenta días y Moby Dick. Tres autores, tres libros muy distintos entre sí. Leí uno por ciudad. Para cuando llegamos al mar Adriático, había degustado algunas cuantas páginas y daría comienzo a la que sería mi novela favorita en el momento. Moby Dick o la ballena. El mar devora, a mí me devoró la novela de Melville. Padre salía del hotel al despuntar el alba y regresaba en la tarde. A lo largo de su ausencia, madre y yo, nos perdíamos en el bosque circundante del Castello di Miramare. Caminatas largas bajo el sol abrasador de la costa.

Una vez llegada la tarde, regresábamos a nuestra pequeña habitación y leía. Leía hasta que padre estaba de vuelta con nosotras. La habitación quedaba situada en uno de los tantos pisos del hotel, tenía un balcón con vistas al mar. Solía sentarme en el balcón a esperar a padre. Calladita, muy calladita. Veía a los transeúntes ir y venir a lo largo del malecón, cuando de pronto divisaba su alargada sombra y profería un grito eufórico. —Papá, aún no la ven. Y así, tarde con tarde. Aún no la ven. Supongo pasaron muchas tardes. Mientras tanto, me entretenía en recordar el vocabulario náutico. ¿Dónde queda la proa? ¿Y la popa? ¿A babor o a estribor? Ahab tardó tanto en mostrarme la blancura de la ballena que cuando lo hizo, quedé cegada, una luz apolínea encendió el mar. —Papá, al fin la vieron.

La ballena blanca volvió unos años más tarde. Estaba entre la encrucijada de quien alcanza la mayoría de edad y debe decidir qué estudiar. La inercia, siempre la inercia. ¿Qué joven está convencido de lo que va a hacer durante el resto de su vida? La vida es contingente. ¿Por qué abríamos de tener todo medido y calculado? Sin embargo, hay que decidir. Porque el no decidir también es decisión. Elegí estudiar Química. Cuál fue mi sorpresa, cuando al pasar por los laboratorios, me descubrí leyendo en las bancas cerca de los árboles. Quería leer, ir al cine club, al teatro si era posible. No, no quería ser una mujer de ciencias. A pesar de que me gustaba la parte teórica y experimental, algo le faltaba a este tipo de conocimiento, tal vez eran las voces que le hablaban como llamas a mi alma. Dimití. Entré a la facultad de Humanidades, con la creencia de que ahora sí, ahora sí encontraría a personas con quien compartir afinidades. Las letras eran mi camino de vuelta a casa.

Naúfraga del supuesto objetivismo, me hallé isla entre los pasillos de un exconvento valenciano, entre tantas sombras, buscaba mi voz en vano. Las voces eran viejas, las autoridades inapelables, Yo, ¿qué podía decir yo? Pobre literatura, a ti también te quieren objetiva. Mentira, te quieren estudiar de manera objetiva, revisionista. No te preocupes, pobre, yo no te quiero presa, vuela alto y sigue haciendo de las tuyas tras el campanario de la iglesia. ¿Por qué leer es equivalente a literatura? Nos preguntó una estimada profesora. Después de aquel cuestionamiento, mi perspectiva de los estudios literarios y de la literatura misma cambió. La universidad nos lleva a la súper especialización. Leer literatura es válido, como lo es a sí mismo, leer filosofía o ciencias o periódicos o revistas ¿No dicen que para comprender al mismo Proust se deberían leer las revistas de moda de la época? O recurrir, si la vida nos da a otros discursos y textos, al cine, a la pintura, a los textiles mismos.

Lo malo de estudiar literatura son dos cosas: debes obligarte a leer y a momentos le robas el misterio a la literatura. Supongo que eso pasa en todas las disciplinas humanísticas. Uno anda en busca de algo qué definir y aprehender, pero la naturaleza de las cosas, bien lo han dicho muchos filósofos, es la del encubrimiento. Me río entonces cuando los estudiosos confieren un sentido demasiado técnico y estructural a una obra. ¿Por qué analizamos una obra? O, más bien, ¿por qué nos afanamos en analizar una obra? Hay veces en que me gustaría desconocer qué significa analepsis o prolepsis y dejar de aplicarlo a un texto. Despertar y no saber más qué es un fonema o qué polisíndeton. Despertar, en cambio, y paladear los sonidos de una frase, de una oración, de un verso. Decía entonces, lo malo de estudiar literatura es que son tantos los autores por leer, los teóricos y críticos a revisar que, a veces uno olvida cuál es el primer camino hacia la literatura: el del asombro, la sorpresa del primer encuentro.

Porque eso sí, les doy el crédito merecido a los formalistas rusos; entre ellos Shklovski con su idea del extrañamiento y de la desautomatización. Y cómo no, si de pronto uno se halla dentro de un espacio donde los muertos le hablan. Ecos, susurros y murmullos nacen de las entrañas de la tierra y conjuran a un pueblo fantasma. Cómo no, si de pronto uno anda a ciegas sintiendo penas ajenas y recuerda amores que ni son suyos ni lo serán o emprende viajes al Infierno, de esos en los cuales no se sale cuerdo. Pero una vez que se cierra el libro, el silencio, la seguridad.

La relación entre el hombre y el libro es diversa y multiexperiencial. Algo he notado a lo largo de estos años siendo estudiante de literatura y es que, el ánimo del espíritu no es siempre el mismo, por esta razón, el imperativo a leer todo lo que dictan los programas de curso funciona de guía para valorar el desarrollo histórico-social de la literatura; pero aquellos libros que he disfrutado más coinciden con que llegué a ellos mediante la intuición. Le hasard. Intuición misma que seguir durante la hora del examen puntilloso de la obra. O, al menos, eso enfatizan algunos profesores. Intuición y sensibilidad. Tal vez es como cuando uno ha visto ya muchas películas y a la hora de seleccionar una nueva, se deja llevar por ese “no sé qué” que se presenta en la imagen. Con los libros no me pasa eso, bien reza el refrán que no debemos juzgar a un libro por su portada. No, a los libros pareciéramos tener que concederles unas cuantas palabras para decidir si nuestro gusto no nos engañó.

El temple también es un factor importante, porque de repente a uno la vida le parece absurda si se la piensa demasiado. El buen Aristóteles propuso una solución para los desequilibrios del alma: encontrar el justo medio. Este justo medio, resultado de una reflexión aguda y profunda, no necesariamente surgió del libro, sino más bien del propio trabajo interno. Y eso, teórico en el libro, también se encuentra en el trabajo físico de sembrar judías a la Thoreau o de hacer oración por las mañanas a la manera de un yogui. Es decir, existe mucha vida fuera del libro. Inexplorada, inexperimentada, inesperada. Y entonces me gustaría dejar de ser una persona tan libresca, ahíta de palabras y espectros que no son míos. Dejarlo todo e irme a vivir a los bosques. Pero sé, al mismo tiempo, que esos retazos de memoria han ido conformándome a lo largo de los años y no puedo escapar de ellos y no quiero escapar de ellos. La gran ola me devora. Nos devoramos juntos en un mar de olvido. Vuelvo una y otra vez, peregrina en búsqueda de la tierra prometida. Porque aquella ballena blanca aún acecha las aguas de mi pensamiento, porque es Caos y Cosmos a la vez.