La criba y la arena [1] Fahrenheit 451

Ambos leyeron durante toda la larga tarde, mientras la fría lluvia de noviembre caía sobre la silenciosa casa. Permanecieron sentados en el vestíbulo, porque la sala de estar aparecía vacía y poco acogedora en sus paredes iluminadas de confeti naranja y amarillo, y cohetes, y mujeres en trajes de lamé dorado, y hombres de frac sacando conejos de sombreros plateados. La sala de estar resultaba muerta, y Mildred le lanzaba continuas e inexpresivas miradas, en tanto que Montag andaba de un lado al otro del vestíbulo para agacharse y leer una página en voz alta.

No podemos determinar el momento concreto en que nace la amistad. Como al llenar un recipiente gota a gota, hay una gota final que lo hace desbordarse, del mismo modo, en una serie de gentilezas hay una final que acelera los latidos del corazón.
Montag se quedó escuchando el ruido de la lluvia.
—¿Era eso lo que había en esa muchacha de al lado? ¡He tratado de comprenderlo!
—Ella ha muerto. Por amor de Dios, hablemos de alguien que esté vivo.

Montag no miró a su esposa al atravesar el vestíbulo y dirigirse a la cocina, donde permaneció mucho rato, observando cómo la lluvia golpeaba los cristales. Después, regresó a la luz grisácea del vestíbulo y esperó a que se calmara el temblor que sentía en todo su cuerpo.
Abrió otro libro.
El tema favorito, yo.
Miró de reojo a la pared.
El tema favorito, yo.
—Eso sí que no lo entiendo —dijo Mildred.
—Pero el tema favorito de Clarisse no era ella. Era cualquier otro, y yo. Fue la primera persona que he llegado a apreciar en muchos años. Fue la primera persona que recuerde que me mirase cara a cara, como si fuese importante. —Montag cogió los dos libros—. Esos hombres llevan muertos mucho tiempo, pero yo sé que sus palabras señalan, de una u otra manera, a Clarisse.

Por el exterior de la puerta de la calle, en la lluvia, se oyó un leve arañar.
Montag se inmovilizó. Vio que Mildred se echaba hacia atrás, contra la pared, y lanzaba una exclamación ahogada.
—Está cerrada.
—Hay alguien… La puerta… ¿Por qué la voz no nos dice…?

Por debajo de la puerta, un olfateo lento, una exhalación de corriente eléctrica.
Mildred se echó a reír.
—¡No es más que un perro! ¿Quieres que lo ahuyente?
—¡Quédate donde estás!
Silencio. La fría lluvia caía. Y el olor a electricidad azul soplando por debajo de la puerta cerrada.
—Sigamos trabajando —dijo Montag.
Mildred pegó una patada a un libro.
—Los libros no son gente. Tú lees y yo estoy sin hacer nada, pero no hay nadie.

Montag contempló la sala de estar, totalmente apagada y gris como las aguas de un océano que podían estar llenas de vida si se conectaba el sol electrónico.
—En cambio —dijo Mildred—, mi «familia» sí es mi gente. Me cuentan cosas. ¡Me río y ellos se ríen! ¡Y los colores!
—Si, lo sé.
—Y, además, si el capitán Beatty se enterase de lo de esos libros… —Mildred recapacitó. Su rostro mostró sorpresa y, después, horror—. ¡Podría venir y quemar la casa y la «familia»! ¡Esto es horrible! Piensa en nuestra inversión. ¿Por qué he de leer yo? ¿Para qué?
—¡Para qué! ¡Por qué! —exclamó Montag—. La otra noche vi la serpiente más terrible del mundo. Estaba muerta y, al mismo tiempo, viva. Fue en el Hospital de Urgencia donde llenaron un informe sobre todo lo que la serpiente sacó de ti. ¿Quieres ir y comprobar su archivo? Quizás encontrases algo bajo Guy Montag o tal vez bajo Miedo o Guerra. ¿Te gustaría ir a esa casa que quemamos anoche? ¡Y remover las cenizas buscando los huesos de la mujer que prendió fuego a su propia casa! ¿Qué me dices de Clarisse McClellan? ¿Dónde hemos de buscarla? ¡En el depósito! ¡Escucha!

Los bombarderos atravesaron el cielo, sobre la casa, silbando, murmurando, como un ventilador inmenso e invisible que girara en el vacío.
—¡Válgame Dios! —dijo Montag—. Siempre tantos chismes de ésos en el cielo. ¿Cómo diantres están esos bombarderos ahí arriba cada segundo de nuestras vidas? ¿Por qué nadie quiere hablar acerca de ello? Desde 1960, iniciamos y ganamos dos guerras atómicas. ¿Nos divertirnos tanto en casa que nos hemos olvidado del mundo? ¿Acaso somos tan ricos y el resto del mundo tan pobre que no nos preocupamos de ellos? He oído rumores. El mundo padece hambre, pero nosotros estamos bien alimentados. ¿Es cierto que el mundo trabaja duramente mientras nosotros jugamos? ¿Es por eso que se nos odia tanto? También he oído rumores sobre el odio, hace muchísimo tiempo. ¿Sabes tú por qué? ¡Yo no, desde luego! Quizá los libros puedan sacarnos a medias del agujero. Tal vez pudieran impedirnos que cometiéramos los mismos funestos errores. No esos estúpidos en tu sala de estar hablando de, Dios, Millie, ¿no te das cuenta? Una hora al día, horas con estos libros, y tal vez…

Sonó el teléfono. Mildred descolgó el aparato.
—¡Ann! —Se echó a reír.— ¡Sí, el Payaso Blanco actúa esta noche!
Montag se encaminó a la cocina y dejó el libro abajo.
«Montag —se dijo—, eres verdaderamente estúpido ¿Adónde vamos desde aquí? ¿Devolveremos los libros, los olvidamos?».
Abrió el libro, no obstante la risa de Mildred.
«¡Pobre Millie! —pensó—. ¡Pobre Montag! También para ti carece de sentido. Pero, ¿dónde puedes conseguir ayuda, dónde encontrar a un maestro a estas alturas?».
Aguardó. Montag cerró los ojos. Sí, desde luego. Volvió a encontrarse pensando en el verde parque un año atrás. Últimamente, aquel pensamiento había acudido muchas veces a su mente, pero, en aquel momento, recordó con claridad aquel día en el parque de la ciudad, cuando vio a aquel viejo vestido de negro que ocultaba algo, con rapidez, bajo su chaqueta.

El viejo se levantó de un salto, como si se dispusiese a echar a correr. Y Montag dijo:
—¡Espere!
—¡No he hecho nada! —gritó el viejo, tembloroso.
—Nadie ha dicho lo contrario.
Sin decir una palabra, permanecieron sentados un momento bajo la suave luz verdosa; y, luego, habló del tiempo, respondiendo el viejo con voz descolorida. Fue un extraño encuentro. El viejo admitió ser un profesor de Literatura retirado que, cuarenta años atrás, se quedó sin trabajo cuando la última universidad de Artes Liberales cerró por falta de estudiantes. Se llamaba Faber, y, cuando por fin dejó de temer a Montag, habló con voz llena de cadencia, contemplando el cielo, los árboles y el exuberante parque; y al cabo de una hora dijo algo a Montag, y éste se dio cuenta de que era un poema sin rima. Después, el viejo aún se mostró más audaz y dijo algo, y también se trataba de un poema. Faber apoyó una mano sobre el bolsillo izquierdo de su chaqueta y pronunció las palabras con suavidad, y Montag comprendió que, si alargaba la mano, sacaría del bolsillo del viejo un libro de poesías. Pero no lo hizo. Sus manos permanecieron sobre sus rodillas, entumecidas e inútiles.
—No hablo de cosas, señor —dijo Faber—. Hablo del significado de las cosas. Me siento aquí y sé que estoy vivo.

En realidad, eso fue todo. Una hora de monólogo, un poema, un comentario; y, luego, sin ni siquiera aludir al hecho de que Montag era bombero, Faber, con cierto temblor, escribió su dirección en un pedacito de papel.
—Para su archivo —dijo—, en el caso de que decida enojarse conmigo.
—No estoy enojado —dijo Montag sorprendido.
Mildred rió estridentemente en el vestíbulo.

Montag fue al armario de su dormitorio y buscó en su pequeño archivo, en la carpeta titulada: FUTURAS INVESTIGACIONES (?). El nombre de Faber estaba allí. Montag no lo había entregado, ni borrado.
Marcó el número de un teléfono secundario. En el otro extremo de la línea, el altavoz repitió el nombre de Faber una docena de veces antes de que el profesor contestara con voz débil.

Montag se identificó y fue correspondido con un prolongado silencio.
—Dígame, Mr. Montag.
—Profesor Faber, quiero hacerle una pregunta bastante extraña, ¿Cuántos ejemplares de la Biblia quedan en este país?
—¡No sé de qué me está hablando!
—Quiero saber si queda algún ejemplar.
—¡Esto es una trampa! ¡No puedo hablar con el primero que me llama por teléfono!
—¿Cuántos ejemplares de Shakespeare y de Platón?
—¡Ninguno! Lo sabe tan bien como yo. ¡Ninguno!
Faber colgó.
Montag dejó el aparato. Ninguno. Ya lo sabía, de luego, por las listas del cuartel de bomberos. Pero, sin embargo, quiso oírlo de labios del propio Faber.

En el vestíbulo, el rostro de Mildred estaba lleno de excitación.
—¡Bueno, las señoras van a venir!
Montag le enseñó un libro.
—Éste es el Antiguo y el Nuevo Testamento, y…
—¡No empieces otra vez con eso!
—Podría ser el último ejemplar en esta parte del mundo.
—¡Tienes que devolverlo esta misma noche! El capitán Beatty sabe que lo tienes, ¿no es así? —No creo que sepa qué libro robé. Pero, ¿cómo escojo un sustituto? ¿Deberé entregar a Mr. Jefferson? ¿A Mr. Thoreau? ¿Cuál es menos valioso? Si escojo un sustituto y Beatty sabe qué libro robé supondrá que tengo toda una biblioteca aquí.
Mildred contrajo los labios.
—¿Ves lo que estás haciendo? ¡Nos arruinarás ¿Quién es mas importante, yo o esa Biblia? Empezaba a chillar, sentada como una muñeca de cera que se derritiese en su propio calor. Le parecía oír la voz de Beatty.

—Siéntate, Montag. Observa. Delicadamente, como pétalos de una flor. Cada una se convierte en una mariposa negra. Hermoso, ¿verdad? Enciende la tercera página con la segunda y así sucesivamente, queman-do en cadena, capítulo por capítulo, todas las cosas absurdas que significan las palabras, todas las falsas promesas, todas las ideas de segunda mano y las filosofías estropeadas por el tiempo.

Beatty estaba sentado allí levemente sudoroso, mientras el suelo aparecía cubierto de enjambres de polillas nuevas que habían muerto en una misma tormenta.
Mildred dejó de chillar tan bruscamente como había empezado. Montag no la escuchaba.
—Sólo hay una cosa que hacer —dijo—. Antes de que llegue la noche y deba entregar el libro a Beatty, tengo que conseguir un duplicado.
—¿Estarás aquí esta noche para ver al Payaso Blanco y a las señoras que vendrán? —preguntó Mildred.
Montag se detuvo junto a la puerta, de espaldas.
—Millie…
Un silencio.
—¿Qué?
—Millie, ¿te quiere el Payaso Blanco?
No hubo respuesta.
—Millie, te… —Montag se humedeció los labios— ¿Te quiere tu «familia»? ¿Te quiere muchísimo, con toda el alma y el corazón, Millie?
Montag sintió que ella parpadeaba lentamente.
—¿Por qué me haces una pregunta tan tonta?
Montag sintió deseos de llorar, pero nada ocurrió en sus ojos o en su boca.
—Si ves a ese perro ahí fuera —dijo Mildred—, Pégale un puntapié de parte mía.
Montag vaciló, escuchó junto a la puerta. La abrió y salió.
La lluvia había cesado y el sol aparecía en el claro cielo. La calle, el césped y el porche estaban vacíos. Montag exhaló un gran suspiro.
Cerró, dando un portazo.

Estaba en el «Metro».
«Me siento entumecido —pensó—. ¿Cuándo ha empezado ese entumecimiento en mi rostro, en mi cuerpo? La noche en que, en la oscuridad, di un puntapié a la botella de píldoras, y fue como si hubiera pisado una mina enterrada.
»El entumecimiento desaparecerá. Hará falta tiempo, pero lo conseguiré, o Faber lo hará por mi. Alguien, en algún sitio, me devolverá el viejo rostro y las viejas manos tal como habían sido. Incluso la sonrisa —pensó—, la vieja y profunda sonrisa que ha desaparecido. Sin ella estoy perdido».
El convoy pasó veloz frente a él, crema, negro, crema, negro, números y oscuridad, más oscuridad y el total sumándose a sí mismo.

En una ocasión, cuando niño, se había sentado en una duna amarillenta junto al mar, bajo el cielo azul y el calor de un día de verano, tratando de llenar de arena una criba, porque un primo cruel había dicho: «Llena esta criba, y ganarás un real.» Y cuanto más aprisa echaba arena, más velozmente se escapaba ésta produciendo un cálido susurro. Le dolían las manos, la arena ardía, la criba estaba vacía. Sentado allí, en pleno mes de julio, sin un sonido, sintió que las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Ahora, en tanto que el «Metro» neumático le llevaba velozmente por el subsuelo muerto de la ciudad, Montag recordó la lógica terrible de aquella criba bajó la mirada y vio que llevaba la Biblia abierta. Había gente en el «Metro», pero él continuó con el libro en la mano, y se le ocurrió una idea absurda: «Si lees aprisa y lo lees todo, quizá una parte de la arena permanezca en la criba». Pero Montag leía y las palabras le atravesaban y pensó: «Dentro de unas pocas horas estará Beatty y estaré yo entregándole esto, de modo que no debe escapárseme ninguna frase. Cada línea ha de ser recordada. Me obligaré a hacerlo».
Apretó el libro entre sus puños.

Tocaron las trompetas.
«Dentífrico Denham».
«Cállate —pensó Montag—. Considera los lirios en el campo».
«Dentífrico Denham»
«No mancha…»
«Dentífrico…»
«Considera los lirios en el campo, cállate, cállate»
«¡Denham!»

Montag abrió violentamente el libro, pasó las páginas y las palpó como si fuese ciego, fijándose en la forma de las letras individuales, sin parpadear.
«Denham. Deletreando: D—e—n…»
«No mancha, ni tampoco…»
Un fiero susurro de arena caliente a través de la criba vacía.
¡«Denham» ¡lo consigue!
«Considera los lirios, los lirios, los lirios…»
«Detergente Dental Denham»
—¡Calla, calla, calla!

Era una súplica, un grito tan terrible que Montag se encontró de pie, mientras los sorprendidos pasajeros del vagón le miraban, apartándose de aquel hombre que tenía expresión de demente, la boca contraída y reseca, el libro abierto en su puño. La gente que, un momento antes, había estado sentada, llevando con los pies el ritmo de «Dentífrico Denham», «Duradero Detergente Dental Denham», «Dentífrico Denham», Dentífrico, Dentífrico, uno, dos, uno, dos, uno dos tres, uno dos, uno dos tres. La gente cuyas bocas habían articulado apenas las palabras Dentífrico, Dentífrico, Dentífrico. La radio del «Metro» vomitó sobre Montag, como una represalia, una carga completa de música compuesta de hojalata, cobre, plata, cromo y latón. La gente era forzada a la sumisión; no huía, no había sitio donde huir; el gran convoy neumático se hundió en la tierra dentro de su tubo.

—Lirios del campo.
«Denham»
«¡He dicho lirios!»
La gente miraba.
—Llamen al guardián.
—Este hombre está ido…
«¡Knoll Wiew!»
El tren produjo un siseo al detenerse.
«¡Knoll Wiew!» Un grito.
«Denham» Un susurro.
Los labios de Montag apenas se movían.
—Lirios…