«La Chusica», de A. J. Samaniego

A. J. Samaniego (Ecuador 1994). Cuentista y analista político. Con formación en antropología y filosofía. Divide su producción literaria en análisis de coyunturas políticas en su columna del diario Hora32 y con cuentos en revistas independientes, en donde destaca su más reciente publicación Yo estuve ahí y sé lo que pasó (2020) en la revista mexicana Fantastique, cuento en honor al escritor de horror H.P. Lovecraft. Su estilo tiene tintes sombríos en donde mezcla los escenarios distópicos, rurales o detectivescos con conceptos filosóficos.

La Chusica

En algún lugar leí que la magia de este mundo se ha perdido. Que la tecnología y la ciencia ha revelado los más oscuros secretos del planeta y que ya no queda mucho por descubrir. A esas personas les recomendaría visitar la selvas amazónicas y montañas andinas. Las personas que se pierden en estos lugares, abandonan buena parte de su salud y nunca la recuperan. No hay que entender mal, estos lugares guardan muchísima magia, extraños seres han logrado sobrevivir en estos hábitats sin ser descubiertos por científicos para que los inserten en algún catálogo, seres absolutamente maravillosos. Después de todo, lo monstruoso también puede ser una maravilla.

Me encontraba cursando mi segundo año de universidad cuando tomé una clase de antropología. La clase me parecía muy interesante pues estudiábamos sociedades que yo solo había conocido en películas. Gente que en verdad vivía en la selva, cazando, moviéndose de un lugar para otro, sin la tecnología que yo utilizaba todos los días. Lo que me convenció de tomar la clase es que, como parte del examen final, debíamos visitar una de estas sociedades, introducirnos en una de las selvas más espesas del planeta, donde una comunidad indígena había vivido por más de 500 años. El examen consistía en llegar y convivir con la comunidad, ver cómo vivían, como preparan sus alimentos, conversar con ellos, conocer sobre sus rituales, costumbres y creencias.

Todo el semestre esperé ese momento con mucho entusiasmo. Subí al bus con mis compañeros y viajamos durante 10 horas. Aun así, el viaje no se había terminado, pues nos quedaban muchas horas de caminata, después de todo, visitábamos una comunidad que vivía en lo más profundo de la selva, donde ninguna carretera podía acortar el camino. Mientras más nos adentrábamos, nuestra tecnología se volvía más inútil. Pronto nuestros teléfonos no tenían señal alguna e incluso nuestros GPS no servían para nada. La selva se imponía sobre nosotros. Nos cubrían un sinfín de ramas que impedían que cualquier satélite nos pueda observar. Por suerte teníamos un guía pues mis ojos citadinos, solo se observaban una grandiosa masa verde. Pero en algún lugar y de alguna forma, el guía observaba un sendero.

La humedad y la densidad de la selva hacía muy difícil caminar, pero eventualmente llegamos al lugar pactado. Nos esperaba un hombre pequeño, pero de aspecto muy fuerte y áspero. El guía lo saludo afectuosamente, al igual que mi profesora. Comenzaron a habar en un idioma que no logré identificar. El rostro del hombre no cambiaba de expresión, parecía estar enojado. A su lado había una lanza muy grande. El tono de voz que utilizaba también se mostraba muy amenazante, pero mi profesora se mostraba muy calmada y eso me tranquilizaba.

Eventualmente la conversación se terminó y mi profesora se dirigió hacia nosotros. Al parecer habíamos llegado en mal momento. Un niño de la tribu se había perdido y hace poco habían cancelado los esfuerzos por encontrarlo; por lo cual la tribu estaba en medio de su ritual de despedida. El hombre que nos recibió nos llevó hasta la pequeña aldea donde todos estaban reunidos. Nos pidió que por lo que quedaba del día no nos acerquemos mucho donde el ritual se estaba dando. Fuimos muy respetuosos e hicimos nuestro campamento en un lugar cercano, pero que no interfería con sus prácticas. El ritual se terminó en unos minutos más y en algunas horas muchos niños y adolescentes curiosos se nos acercaron a conversar con nosotros. Algunos habían aprendido español y la conversación comenzó a fluir.

Nos preguntaban de todo, de dónde veníamos, de nuestra ropa, de nuestros peinados, de nuestro color de ojos y nosotros con mucho gusto respondíamos. También teníamos preguntas sobre su edad, alimentación, costumbres y los niños nos respondían muy alegremente. Cuando entramos en mucha confianza, les preguntamos sobre el ritual. En un principio creímos que se trataba de un ritual funerario, pero estábamos equivocados. Los niños comenzaron a pronunciar cierta palabra que al parecer no tiene traducción. Escribí en mi cuaderno cómo sonaba, pero nunca supe si estaba bien escrita, se escuchaba como “Chusica” o “chisquisa”. Preguntamos qué significaba, pero los niños intentando hacernos entender solo hacían un sonido, parecido al que hacen los búhos.

“Uhu…uhu…uhu…uhu”

Al parecer el ritual no era un funeral, pues estaban seguros que el niño, sea donde sea que esté, seguía con vida. El ritual estaba hecho para ahuyentar a la Chusica. La Chusica era un ser que vivía en esa selva y que cada cierto tiempo se llevaba a niños de la tribu. Los niños hablaban de la Chusica siempre en femenino, como si fuera una mujer y también con cierto tono de cariño debido a que la mayor cantidad de tiempo, protegía a la comunidad. Los niños que se llevaba al parecer eran una forma de pago por sus servicios. Cuando no lograron encontrar al niño, confirmaron que se trataba de la Chusica, pues ella es la única capaz de acercarse sin que nadie se de cuenta y llevarse un niño.El ritual era la forma en que la tribu le pedía que ya no se lleve a otro, pero según nos contaron, siempre se lleva a más de uno, por lo que, en los próximos días, otro niño iba a desaparecer.

Escuchar esas palabras salir de niños tan pequeños resultó particularmente perturbador. Ellos estaban convencidos de que este monstruo iba a regresar y que uno de ellos se iba a ir con ella por siempre. Lo decían con una tranquilidad que helaba la sangre, habían aceptado con tanta paz ese horrible destino. Por supuesto, no creímos que esto en realidad iba a pasar, pero esos niños sí lo creían. En clases nos habían explicado que bajo ninguna circunstancia nos podíamos involucrar con creencias ajenas, así que, a pesar de querer hacerlo, no les dije a esos niños que su monstruo no existía.

Hay algo importante que se debe conocer sobre estas selvas. Cuando uno las visita, es como si en algún momento el mundo cambiara todas sus reglas. Las leyes naturales cambian, esos lugares tienen su propia lógica. Lo que yo conocía como imposible pasó a ser cotidiano. Mis creencias dejaron de tener sentido, pues ninguna me producía ningún tipo de certeza. La selva funciona por su cuenta y lo que uno piensa que conoce ya no es útil en un escenario como ese. El niño más pequeño poseía más sabiduría y conocimiento que yo. Esa misma noche me di cuenta de lo poco que sé del mundo.  

Cuando comenzó a anochecer, los adultos de la tribu dieron la orden de que todos los niños debían dormir en una choza comunal para mantenerlos a salvo. Me parece que ante sus ojos no éramos más que niños y se sentían responsables de nosotros, así que nos sugirieron que también pasemos la noche en esa choza. La noche al fin llegó, nunca en mi vida he estado envuelto en una obscuridad tan profunda, esto es comprensible pues, hasta ese momento siempre había estado rodeado de alumbrado público y mi sorpresa fue enorme cuando pasé mi mano frente a mi rostro y no podía distinguirla. Por suerte todos teníamos linternas y las utilizamos para acomodarnos en la choza.

La calma se apoderó del campamento, pero los ruidos se hicieron mucho más intensos. Animales nocturnos de todo tipo comenzaron despertar. Los que yo más notaba eran búhos, precisamente por el ruido que habían hecho los niños antes al referirse a la “Chusica”. Fue por esa misma calma que el grito desgarrador, torcido y lleno de terror de una mujer asustó tanto, fue casi como un sonido que no podía ser natural, un ruido tan agudo y tan áspero que tranquilamente pudo provenir de otro universo. A nuestro alrededor se escuchaba mucho movimiento y personas hablando y eventualmente gritando. Mi profesora tomó una linterna y salió a preguntar lo que había pasado, eventualmente regresó muy asustada y nerviosa. Se trataba de un bebé, había desaparecido de la cama que compartía con su madre. Sin pensarlo, todos tomamos nuestras linternas y salimos de la choza. Hombres con lanzas enormes se estaban organizando para internarse en la selva y buscar al bebé.

Estábamos muy asustados, cuando un hombre se nos acercó y en un español muy rústico nos dijo que todos los hombres iban a dejar la aldea y que por favor cuidemos a los niños hasta que regresen. Todas las mujeres entraron a la choza y los estudiantes terminamos fuera sin saber qué hacer. Tal y como los niños nos habían dicho, había otro desaparecido, ahora era un bebé que no había estado en la choza comunal por ser demasiado pequeño, todo se movía con demasiada rapidez y mi cabeza no lograba acostumbrarse a esa velocidad, me sentía mareado. Mi profesora nos separó en grupos de dos personas y nos repartió por la aldea. Era un lugar muy pequeño, pero aun así nos pidió no alejarnos pues era muy fácil perderse. Se escuchaba a los hombres gritar a lo lejos, pero cada vez se alejaban más. Debíamos estar bajo algún tipo de shock, pues no crucé nunca una palabra con mi compañero, solo nos limitamos a apuntar nuestras linternas hacia la selva y hacia nosotros mismos para saber que seguíamos ahí.

Pasaron algunas horas, no sabía qué hora era o cuánto faltaba para el amanecer. De los hombres no había rastro y dentro de la choza parecía que todos se habían calmado. El primer cambio abrumador que sentí fue el silencio profundo. La selva es muy ruidosa en la noche, pero en ese momento todo estaba en un silencio insoportable, como si un animal más grande hubiera asustado a todos o como si la selva supiera que algo está por ocurrir y se mantuviera expectante por presenciarlo. Un ruido secó me asustó mucho, fue como si un costal cayera en el suelo, con peso muerto, pero no pude identificar de dónde venía ese sonido. El terror comenzó en ese momento, pero aumentó a niveles insoportables cuando el llanto de un bebé comenzó a apoderarse del lugar. Parecía que provenía de unos metros frente a mi. Apunté mi linterna hacia la selva y no había nada, incluso los árboles y sus ramas estaban anormalmente quietos, como si el viento hubiera desaparecido o como si la selva tuviera miedo de moverse. Entonces giré abruptamente buscando a mi compañero y no lo encontré. Tenía tanto miedo que de mi boca no salía ningún ruido, a pesar de intentar forzar mi boca para que pronunciara el nombre de mi amigo. Comencé a retroceder cuando tropecé con algo que me hizo perder el equilibrio.

Apunté mi linterna al suelo y comencé a temblar casi incontroladamente, estaba a punto de vomitar y sentía que estaba por perder el conocimiento. A mis pies estaba el cuerpo desmayado de mi compañero. Pero esto no era lo más aterrador, su expresión era lo que más me aterraba. Tenía los ojos anormalmente abiertos y su boca parecía estar tan abierta que parecía tener la quijada dislocada. Una espuma blanca se derramaba de su boca hasta el cuello. Segundos después entendí que mi compañero había identificado antes que yo, de dónde venía ese llanto. Desesperado apunté mi linterna a todas direcciones buscando de dónde venía ese infernal y atormentador llanto hasta que apunté arriba de mi, a la cima de un árbol y ahí estaba ella.

Una mujer blanca vestida con unos harapos grises estaba trepada en el árbol y tenía al bebé en sus brazos. De alguna extraña forma parecía estar de espaldas. Entonces me di cuenta de que no era una mujer, o al menos no del todo. Sus pies estaban agarrados al árbol, como si fueran unas garras enormes y su cabeza era anormalmente grande con cabello blanco y abombado. Pareció que cuando se vio iluminada por mi linterna algo le molestó, o tal vez fue el ruido que mi compañero y yo estábamos haciendo lo que produjo que el bebé comenzara a llorar. Pero fue entonces que pude entender lo monstruosa que realmente era. Su cuerpo se quedó totalmente quieto, sin embargo, su cabeza comenzó a girar y no se detuvo hasta que dio una vuelta de 180º y pude ver su rostro. Era un verdadero monstruo, sus ojos eran gigantescos, no tenía nariz y su boca era una extraña protuberancia que asemejaba un pico. Pude notar como sus pupilas se dilataban mientras me veía directamente. En ese momento el mundo dejó de existir, sabía que no había un lugar sobre la tierra en donde podía ocultarme, esta selva era su hogar y ella era la dueña de todo.  

De repente noté cómo mi cuerpo se puso totalmente rígido y de mi boca comenzó a salir una extraña espuma viscosa que me quemaba la garganta. Fue extraño, pero no sentí que caía, sino que sentí que el suelo me golpeó fuertemente la espalda. Lo último que recuerdo es ver como los pies de la mujer aterrizaban en frente de mi sin hacer un solo ruido. En el árbol, no lo pude percibir, pero el tamaño de esta mujer superaba fácilmente los dos metros de altura. Después la vi alejarse, quería cerrar mis ojos, pero no tenía control alguno de mi cuerpo. Mi siguiente recuero es estar sobre una bolsa de dormir y tener a mis compañeros a mi alrededor. Una mujer muy anciana se me acercó con un cuenco y vació alguna bebida en mis labios, era algo fermentado que me quemó por dentro pero me devolvió la vida. Ellos sabían como curar la parálisis que la mujer producía. Todos querían respuestas, respuestas que yo no podía dar. Primero se las hicieron a mi compañero que dijo no recordar nada, yo sí recordaba, pero preferí no decir nada, preferí pensar que no había pasado y tengo el presentimiento de que mi compañero pensó lo mismo.

Con dos estudiantes en tan mal estado, mi profesora no tuvo más opción que cancelar lo que quedaba de la salida de campo. Eventualmente conté lo que había visto, algunos creen que es verdad, otros creen que fue alguna alucinación y otros simplemente creen que estoy mintiendo. La experiencia fue aterradora, pero hay algo en esa selva que no pude dejar ir. Seguí visitando esos lugares, visité otras selvas y también montañas de la zona andina. Después de saber que había otros mundos, no pude dejar de explorarlos. De vez en cuando me sigo encontrando con cosas maravillosas, maravillosas y monstruosas.