Poesía de Puerto Rico, tres poemas de Carlos A. Colón Ruiz

Carlos A. Colón Ruiz (San Sebastián, Puerto Rico, 1997). Autor de Hambre Nueva (Editorial Pulpo x Atelier d’Escritura, 2019), No Quiero Escuchar Radiohead (Poema Suelto, La Impresora, 2019) y Visión de Carne (El Taller Blanco Ediciones, 2020). Ha publicado en diversas revistas, antologías y blogs en México, Chile, Guatemala, Colombia y Puerto Rico.
Organizó la antología de poesía y narrativa Lámparas (Editorial Pulpo, 2018). También ha participado en festivales y lecturas en Puerto Rico, Cuba, México y Guatemala. Pertenece a la junta editorial de la Revista Demoliendo Hoteles.

Casa cubana

Recuerdo a Elena y a Verónica
recibiéndome en La Habana
como si yo fuese una persona importante,

me sentí como un diplomático, científico
e incluso un actor de películas
pero para ellas recibir en su hogar a un poeta
partícipe de la Feria del Libro era un honor.

Me presentaron a Fiera, su perra salchicha ya viejita.
Me consiguieron intercambiar el dólar por el peso cubano
por una taza más baja que la ofrecida en el aeropuerto.

Hasta me consiguieron un conductor privado,
un don con buenas anécdotas que me condujo
de Cojímar a La Vieja Habana
en un Lada del 88 color verde.

La casa era anaranjada y amarilla,
contaba con un muro alrededor
que la diferenciaba de las demás casas de la comunidad

y el interior era verde, losetas verdes,
muebles verdes, libreros verdes, sabanas verdes,
tazas verdes, platos verdes, jarrones verdes,
utensilios y jabones verdes.

Cerca se encuentra el monumento a Ernest Hemingway
y a otros cinco minutos el restaurante donde
el autor de El Viejo y el Mar solía llevar sus pescas.

Frente a todo el pueblo, una hermosa bahía donde escribí
un poema sobre un Chevrolet del 59.
Algunos domingos me siento en el balcón de mi casa
que no está cerca de la bahía,

que no tiene un muro cubriéndola,
ubicada en un barrio donde parezco ser el primer poeta
y pienso en la calma que me traía la casa cubana,

pienso en comer tostón con atún,
recostarme en algún objeto color verde
y charlar con Elena y Verónica
sobre sus anécdotas de Miami, Honduras y centro Habana.

De «Impresiones cualquieras de un perro chueco».
Libro inédito.

Acantilado

Pensé que estaría muerto— con el mundo
entre mi estómago y el bolsillo
de mi viejo pantalón roto.

Para entonces solo quería cantar
The Wolf— preferiblemente en un convertible
entre Utah y la complejidad
de mi sosiego.

O al menos haber aprendido a nadar.
Ver los primeros pasos de mi padre.
Tener el tiempo de cuidar a mi abuela.

A ojo cerrado
todo va marchitándose
en secuencia.

Ciertamente todo ha cambiado
excepto que estoy vivo para contar
que me llevaré una flor al infinito
para ver si su aterrizaje me ayuda a entender
el acantilado de mierda entre
el mundo real y mis sueños.

Publicado en «Hambre nueva»
(Editorial Pulpo, 2019)

Runaway

a propósito de The National

Me quedo sin poemas de carne.
Me siento obligado a estar entre paredes
cortado por navajas ajenas
de un mundo completamente distante
a las mismas cuadras de siempre.

Me quedo a pie.
Me quedo sin aire.
Si hubiese una llave universal
para entender el humano que habita en mí
arrojaría todos los dolores de cabeza
que doy por caducados por una simple pista.

Si algo he aprendido a mantener
escrito entre versos estos últimos dos años
es que sobre todas las cosas
soy un soñador escapista
que ahora escribe un poema frente a Wendy’s
para eso de lo humano y las ironías.

I can’t explain it
any other, any other way.

Publicado en «Visión de carne»
(El taller blanco ediciones, 2020)