La criba y la arena [2] Fahrenheit 451

La puerta del vagón se abrió produciendo un silbido. Montag permaneció inmóvil. La puerta empezó a cerrarse. Entonces, Montag pasó de un salto junto a los pasajeros, chillando interiormente y se zambulló, en último momento, por la rendija que dejaba la puerta corrediza. Corrió hacia arriba por los túneles, ignorando las escaleras mecánicas, porque deseaba sentir cómo se movían sus pies, cómo se balanceaban sus brazos, se hinchaban y contraían sus pulmones, cómo se resecaba su garganta en el aire. Una voz fue apagándose detrás de él: «Denham, Denharn». El, tren silbó como una serpiente y desapareció en su agujero.
—¿Quién es?
—Montag.
—¿Qué desea?
—Déjeme pasar.
—¡No he hecho nada!
—¡Estoy solo, maldita sea!
—¿Lo jura?
—¡Lo juro!

La puerta se abrió lentamente. Faber atisbó, parecía muy viejo, muy frágil y muy asustado. Él tenía aspecto de no haber salido de la casa en años. Él y las paredes blancas de yeso del interior eran muy semejantes. Había blancura en la pulpa de sus labios, en sus mejillas, y su cabello era blanco, mientras sus ojos se habían descubierto, adquiriendo un vago color azul blancuzco. Luego, su mirada se fijó en el libro que Montag llevaba bajo el brazo, y ya no pareció tan viejo ni tan frágil. Lentamente, su miedo desapareció.
—Lo siento. Uno ha de tener cuidado.
Miró el libro que Montag llevaba bajo el brazo y no pudo callar.
—De modo que es cierto.

Montag entró. La puerta se cerró.
—Siéntese.
Faber retrocedió, como temiendo que el libro pudiera desvanecerse si apartaba de él su mirada. A su espalda, la puerta que comunicaba con un dormitorio estaba abierta, y en esa habitación había esparcidos diversos fragmentos de maquinaria, así como herramientas de acero. Montag sólo pudo lanzar una ojeada antes de que Faber, al observar la curiosidad de Montag, se volviese rápidamente, cerrara la puerta del dormitorio y sujetase el pomo con mano temblorosa. Su mirada volvió a fijarse, insegura, en Montag, quien se había sentado y tenía el libro en su regazo.
—El libro… ¿Dónde lo ha…?
—Lo he robado.
Por primera vez, Faber enarcó las cejas y miró directamente al rostro de Montag.
—Es usted valiente.
—No —dijo Montag—. Mi esposa está muriéndose. Una amiga mía ha muerto ya. Alguien que hubiese podido ser un amigo, fue quemado hace menos de veinticuatro horas. Usted es el único que me consta podría ayudarme. A ver. A ver…
Las manos de Faber se movieron inquietas sobre sus rodillas.
—¿Me permite? Disculpe.
Montag le entregó el libro.

—Hace muchísimo tiempo. No soy una persona religiosa. Pero hace muchísimo tiempo. —Faber fue pasando las páginas, deteniéndose aquí y allí para leer.—, tan bueno como creo recordar. Dios mío, de qué modo lo han cambiado en nuestros «salones». Cristo es uno de la «familia». A menudo, me pregunto si reconocerá a Su propio Hijo tal como lo hemos disfrazado. Ahora, es un caramelo de menta, todo azúcar y esencia, cuando no hace referencias veladas a ciertos productos comerciales que todo fiel necesita imprescindiblemente. —Faber olisqueó el libro—. ¿Sabía que los libros huelen a nuez moscada o a alguna otra especia procedente de una tierra lejana? De niño, me encantaba olerlos. ¡Dios mío! En aquella época, había una serie de libros encantadores, antes de que los dejáramos desaparecer. —Faber iba pasando las páginas—. Mr. Montag, está usted viendo a un cobarde. Hace muchísimo tiempo, vi cómo iban las cosas. No dije nada. Soy uno de los inocentes que hubiese podido levantar la voz cuando nadie estaba dispuesto a escuchar a los «culpables», pero no hablé y, de este modo, me convertí, a mi vez, en un culpable. Y cuando, por fin, establecieron el mecanismo para quemar los libros, por medio de los bomberos, rezongué unas cuantas veces y me sometí, porque ya no había otros que rezongaran o gritaran conmigo. Ahora es demasiado tarde… —Faber cerró la Biblia—. Bueno ¿Y si me dijera para qué ha venido?

—Nadie escucha ya. No puedo hablar a las paredes porque éstas están chillándome a mí. No puedo hablar con mi esposa, porque ella escucha a las paredes. Sólo quiero alguien que oiga lo que tengo que decir. Y quizás si hablo lo suficiente, diga algo con sentido. Y quiero que me enseñe usted a comprender lo que leo.
Faber examinó el delgado rostro de Montag.
—¿Cómo ha recibido esta conmoción? ¿Qué le ha arrancado la antorcha de las manos?
—No lo sé. Tenemos todo lo necesario para ser felices, pero no lo somos. Falta algo. Miré a mi alrededor. Lo único que me constaba positivamente que había desaparecido eran los libros que he ayudado a quemar en diez o doce años. Así, pues, he pensado que los libros podrían servir de ayuda.
—Es usted un romántico sin esperanza —dijo Faber— Resultaría divertido si no fuese tan grave. No son libros lo que usted necesita, sino alguna de las cosas que en un tiempo estuvieron en los libros. El mismo detalle infinito y las mismas enseñanzas podrían ser proyectados a través de radios y televisores, pero no lo son. No, no: no son libros lo que usted está buscando. Búsquelo donde pueda encontrarlo, en viejos discos, en viejas películas y en viejos amigos; búsquelo en la Naturaleza y búsquelo por sí mismo. Los libros sólo eran un tipo de receptáculo donde almacenábamos una serie de cosas que temíamos olvidar. No hay nada mágico en ellos. La magia sólo está en lo que dicen los libros, en cómo unían los diversos aspectos del Universo hasta formar un conjunto para nosotros. Desde luego, usted no puede saber esto, sigue sin entender lo que quiero decir con mis palabras. Intuitivamente, tiene usted razón, y eso es lo que importa. Faltan tres cosas.

»Primera: ¿Sabe por qué libros como éste son tan importantes? Porque tienen calidad. Y, ¿qué significa la palabra calidad? Para mí, significa textura. Este libro tiene poros, tiene facciones. Este libro puede colocarse bajo el microscopio. A través de la lente encontraría vida, huellas del pasado en infinita profusión. Cuantos más poros, más detalles de la vida verídicamente registrados puede obtener de cada hoja de papel, cuanto más «literario» se vea. En todo caso, ésa es mi definición. Detalle revelador. Detalle reciente. Los buenos escultores tocan la vida a menudo. Los mediocres sólo pasan apresuradamente la mano por encima de ella. Los malos violan y la dejan por inútil.

»¿Se da cuenta, ahora, de por qué los libros son odiados y temidos? Muestran los poros del rostro de la vida. La gente comodona sólo desea caras de luna llena, sin poros, sin pelo, inexpresivas. Vivimos en una época en que las flores tratan de vivir de flores, en lugar de crecer gracias a la lluvia y al negro estiércol. Incluso los fuegos artificiales, pese a su belleza, proceden de la química de la tierra. Y, sin embargo, pensamos que podemos crecer, alimentándonos con flores y fuegos artificiales, sin completar el ciclo, de regreso a la realidad. Conocerá usted la leyenda de Hércules y de Anteo, gigantesco luchador, cuya fuerza era increíble en tanto estaba firmemente plantado en tierra. Pero cuando Hércules lo sostuvo en el aire, sucumbió fácilmente. Si en esta leyenda no hay algo que puede aplicarse a nosotros, hoy, en esta ciudad, entonces es que estoy completamente loco. Bueno, ahí está lo primero que he dicho que necesitábamos. Calidad, textura de información.

—¿Y lo segundo?
—Ocio.
—Oh, disponemos de muchas horas después del trabajo.
—De horas después del trabajo, sí, pero, ¿y tiempo para pensar? Si no se conduce un vehículo a ciento cincuenta kilómetros por hora, de modo que sólo puede pensarse en el peligro que se corre, se está interviniendo en algún juego o se está sentado en un salón, donde es imposible discutir con el televisor de cuatro paredes.. ¿Por qué? El televisor es «real». Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón. Parece tenerla. Te hostiga tan apremiantemente para que aceptes tus propias conclusiones, que tu mente no tiene tiempo para protestar, para gritar: «¡Qué tontería!»
—Sólo la «familia» es gente.
—¿Qué dice?
—Mi esposa afirma que los libros no son «reales».
—Y gracias a Dios por ello. Uno puede cerrarlos, decir «Aguarda un momento.» Uno actúa como un Dios. pero, ¿quién se ha arrancado alguna vez de la garra que le sujeta una vez se ha instalado en un salón con televisor? ¡Le da a uno la forma que desea! Es medio ambiente tan auténtico como el mundo. Se convierte y es la verdad. Los libros pueden ser combatidos con motivo pero, con todos mis conocimientos y escepticismo, nunca he sido capaz de discutir con una orquesta sinfónica de un centenar de instrumentos, a todo color, en tres dimensiones, y formando parte, al mismo tiempo, de esos increíbles salones. Como ve, mi salón consiste únicamente en cuatro paredes de yeso. Y aquí tengo esto —mostró dos pequeños tapones de goma—. Para mis orejas cuando viajo en el «Metro».

—«Dentífrico Denham»; no mancha, ni se reseca —dijo Montag, con los ojos cerrados—. ¿Adónde iremos a parar? ¿Podrían ayudarnos los libros?
—Sólo si la tercera condición necesaria pudiera sernos concedida. La primera, como he dicho, es calidad de información. La segunda, ocio para asimilarla. Y la tercera: el derecho a emprender acciones basadas en lo que aprendemos por la interacción o por la acción conjunta de las otras dos. Y me cuesta creer que un viejo y un bombero arrepentido pueden hacer gran cosa en una situación tan avanzada…
—Puedo conseguir libros.
—Corre usted un riesgo.
—Eso es lo bueno de estar moribundo. Cuando no se tiene nada que perder, pueden correrse todos los riesgos.
—¡Acaba de decir usted una frase interesante! —dijo, riendo, Faber—. Incluso sin haberla leído.
—En los libros hay cosas así. Pero ésta se me ha ocurrido a mí solo.
—Tanto mejor. No la ha inventado para mí o para nadie ni siquiera para sí mismo.
Montag se inclinó hacia delante.
—Esta tarde, se me ha ocurrido que si resultaba que los libros merecían la pena, podíamos conseguir una prensa e imprimir algunos ejemplares…
—¿Podríamos?
—Usted y yo.
—¡Oh, no!

Faber se irguió en su asiento.
—Déjeme que le explique mi plan…
—Si insiste en contármelo, deberé pedirle que se marche.
—Pero, ¿no está usted interesado?
—No, si empieza a hablar de algo que podría hacerme terminar entre las llamas. Sólo podría escucharle, si la estructura de los bomberos pudiese arder, a su vez, ahora bien, si sugiere usted que imprimamos algunos libros y nos las arreglemos para esconderlos en los cuarteles de bomberos de todo el país, de modo que las sospechas cayesen sobre esos incendiarios, diría: ¡Bravo!
—Dejar los libros, dar la alarma y ver cómo arden los cuarteles de bomberos. ¿Es eso lo que quiere decir?

Faber enarcó las cejas y miró a Montag como si estuviese viendo a otro hombre.
—Estaba bromeando.
—Si cree que valdría la pena intentar ese plan, tendría que aceptar su palabra de que podría ayudarnos.
—¡No es posible garantizar cosas así! Después de todo, cuando tuviésemos todos los libros que necesitásemos, aún insistiríamos en encontrar el precipicio más alto para lanzarnos al vacío. Pero necesitamos un respirador. Necesitamos conocimientos. Y tal vez dentro de un millar de años, podríamos encontrar barrancos más pequeños desde los que saltar. Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos. Son la guardia pretoriana de César, susurrando mientras tiene lugar el desfile por la avenida: «Recuerda, César, eres mortal.» La mayoría de nosotros no podemos andar corriendo por ahí, hablando con todo el mundo, ni conocer todas las ciudades del mundo, pues carecemos de dinero o de amigos. Lo que usted anda buscando, Montag, está en el mundo, pero el único medio para que una persona corriente vea el noventa y nueve por ciento de ello está en un libro. No pida garantías. Y no espere ser salvado por alguna cosa, persona, máquina o biblioteca. Realice su propia labor salvadora, y si se ahoga, muera, por lo menos, sabiendo que se dirigía hacia la playa.

Faber se levantó y empezó a pasear por la habitación.
—¿Bien? —preguntó Montag.
—¿Habla completamente en serio?
—Completamente.
—Es un plan insidioso, si es que puedo decirlo. —Faber miró, nervioso, hacia la puerta de su dormitorio—. Ver los cuarteles de bomberos ardiendo en todo el país, destruidos como nidos de traición. ¡La salamandra devorando su rabo! ¡Oh, Dios!
—Tengo una lista de todas las residencias de bomberos. Con un poco de labor subterránea… —No es posible confiar en la gente, eso es lo malo del caso. ¿Quién, además de usted y yo, prenderá esos fuegos?
—¿No hay profesores como usted, antiguos escritores, historiadores, lingüistas…?
—Han muerto o son muy viejos.
—Cuanto más viejos, mejor. Pasarán inadvertidos. Usted conoce a docenas de ellos, admítalo.
—¡Oh, hay muchos actores que no han interpretado a Pirandello, a Shaw o a Shakespeare desde años porque sus obras son demasiado conscientes del mundo. Podríamos utilizar el enojo de éstos. Y podríamos emplear la rabia honesta de los historiadores que no han escrito una línea desde hace cuarenta años. Es verdad, podríamos organizar clases de meditación y de lectura.
—¡Sí!
—Pero eso sólo serviría para mordisquear los bordes. Toda la cultura está deshecha. El esqueleto necesita un nuevo andamiaje y una nueva reconstitución. ¡Válgame Dios! No es tan sencillo como recoger un libro que se dejó hace medio siglo. Recuerde, los bomberos casi nunca actúan. El público ha dejado de leer por propia iniciativa. Ustedes, los bomberos, constituyen un espectáculo en el que, de cuando en cuando, se incendia algún edificio, y la multitud se reúne a contemplar la bonita hoguera, pero, en realidad, se trata de un espectáculo de segunda fila, apenas necesario para mantener la disciplina. De modo que muy pocos desean ya rebelarse. Y, de esos pocos, la mayoría, como yo, se asustan con facilidad. ¿Puede usted andar más aprisa que el Payaso Blanco, gritar más alto que «Mr. Gimmick» y las «familias» de la sala de estar? Si puede, se abrirá camino, Montag. En cualquier caso, es usted un tonto. La gente se divierte.
—¡Se está suicidando, asesinando!

Un vuelo de bombarderos había estado desplazándose hacia el Este, mientras ellos hablaban, y sólo entonces los dos hombres callaron para escuchar, sintiendo resonar dentro de sí mismos el penetrante zumbido de los reactores.
—Paciencia, Montag. Que la guerra elimine a las «familias». Nuestra civilización está destrozándose. Apártese de la centrífuga.
—Cuando acabe por estallar, alguien tiene que estar preparado.
—¿Quién? ¿Hombres que reciten a Milton? ¿Qué digan: recuerdo a Sófocles? ¿Recordando a los supervivientes que el hombre tiene también ciertos aspectos buenos? Lo único que harán será reunir sus piedras para arrojárselas los unos a los otros. Váyase a casa, Montag. Váyase a la cama. ¿Por qué desperdiciar sus horas finales, dando vueltas en su jaula y afirmando que no es una ardilla?
—Así, pues, ¿ya no le importa nada?
—Me importa tanto que estoy enfermo.
—¿Y no quiere ayudarme?
—Buenas noches, buenas noches.

Las manos de Faber recogieron la Biblia. Montag vio esta acción y quedó sorprendido.
—¿Desearía poseer esto?
Faber dijo:
—Daría el brazo derecho por ella.
Montag permaneció quieto, esperando a que ocurriera algo. Sus manos, por sí solas, como dos hombres que trabajaran juntos, empezaron a arrancar las páginas de] libro. Las manos desgarraron la cubierta y, después, la primera y la segunda página.
—¡Estúpido! ¿Qué está haciendo?

Faber se levantó de un salto, como si hubiese recibido un golpe. Cayó sobre Montag. Éste le rechazó y dejó que sus manos prosiguieran. Seis páginas más cayeron al suelo. Montag las recogió y agitó el papel bajo las narices de Faber.
—¡No, oh, no lo haga! —dijo el viejo.
—¿Quién puede impedírmelo? Soy bombero. ¡Puedo quemarlo!
El viejo se le quedó mirando.
—Nunca haría eso.
—¡Podría!