La criba y la arena [3] Fahrenheit 451

—El libro. No lo desgarre más. —Faber se derrumbó en una silla, con el rostro muy pálido y la boca temblorosa—. No haga que me sienta más cansado. ¿Qué desea?
—Necesito que me enseñe.
—Está bien, está bien.

Montag dejó el libro. Empezó a recoger el papel arrugado y a alisarlo, en tanto que el viejo le miraba con expresión de cansancio. Faber sacudió la cabeza como si estuviese despertando en aquel momento.
—Montag, ¿tiene dinero?
—Un poco. Cuatrocientos o quinientos dólares, ¿para qué?
—Tráigalos. Conozco a un hombre que, hace medio siglo, imprimió el diario de nuestra Universidad. Fue el año en que, al acudir a la clase, al principio del nuevo semestre, sólo encontré a un estudiante que quisiera seguir el curso dramático, desde Esquilo hasta O’Neil ¿Lo ve? Era como una hermosa estatua de hielo que se derritiera bajo el sol. Recuerdo que los diarios morían como gigantescas mariposas. No interesaban a nadie. Nadie les echaba en falta. Y el Gobierno, al darse cuenta de lo ventajoso que era que la gente leyese sólo acerca de labios apasionados y de puñetazos en el estómago, redondeó la situación con sus devoradores llameantes. De modo, Montag, que hay ese impresor sin trabajo. Podríamos empezar con unos pocos libros, y esperar a que la guerra cambiara las cosas y nos diera el impulso que necesitamos. Unas cuantas bombas, y en las paredes de todas las casas las «familias» desaparecerán como ratas asustadas. En el silencio, nuestro susurro pudiera ser oído.

Ambos se quedaron mirando el libro que había en la mesa.
—He tratado de recordar —dijo Montag—. Pero ¡diablo!, en cuanto vuelvo la cabeza, lo olvido. ¡Dios! ¡Cuánto deseo tener algo que decir al capitán! Ha leído bastante, y se sabe todas las respuestas, o lo parece. Su voz es como almíbar. Temo que me convenza para que vuelva a ser como era antes. Hace sólo una semana, mientras rociaba con petróleo unos libros, pensaba: «¡Caramba, qué divertido!»

El viejo asintió con la cabeza.
—Los que no construyen deben destruir. Es algo tan viejo como la Historia y la delincuencia juvenil.
—De modo que eso es lo que yo soy.
—En todos nosotros hay algo de ello.
Montag se dirigió hacia la puerta de la calle.
—¿Puede ayudarme de algún modo para esta noche, con mi capitán? Necesito un paraguas que me proteja de la lluvia. Estoy tan asustado que me ahogaré si vuelve a meterse conmigo.
El viejo no dijo nada, y miró otra vez hacia su dormitorio, muy nervioso.
Montag captó la mirada.
—¿Bien?

El viejo inspiró profundamente, retuvo el aliento y, luego, lo exhaló. Repitió la operación, con los ojos cerrados, la boca apretada, y, por último, soltó el aire.
—Montag…
El viejo acabó por volverse y decir:
—Venga. En realidad, me proponía dejar que se marchara de mi casa. Soy un viejo tonto y cobarde.

Faber abrió la puerta del dormitorio e introdujo a Montag en una pequeña habitación, donde había una mesa sobre la que se encontraba cierto número de herramientas metálicas, junto con un amasijo de alambres microscópicos, pequeños resortes, bobinas y lentes.
—¿Qué es eso? —preguntó Montag.
—Una prueba de mi tremenda cobardía. He vivido solo demasiados años, arrojando con mi mente imágenes a las paredes. La manipulación de aparatos electrónicos y radiotransmisores ha sido mi entretenimiento. Mi cobardía es tan apasionada, complementando el espíritu revolucionario que vive a su sombra, que me he visto obligado a diseñar esto. Faber cogió un pequeño objeto de metal, no mayor que una bala de fusil.
—He pagado por esto… ¿Cómo? Jugando a la Bolsa, claro está, el último refugio del mundo para los intelectuales peligrosos y sin trabajo. Bueno, he jugado a la Bolsa, he construido todo esto y he esperado. He esperado, temblando, la mitad de mi vida, a que alguien me hablara. No me atrevía a hacerlo con nadie. Aquel día, en el parque, cuando nos sentamos juntos, comprendí que alguna vez quizá se presentase usted, con fuego o amistad, resultaba difícil adivinarlo. Hace meses que tengo preparado este aparatito. Pero he estado a punto de dejar que se marchara usted, tanto miedo tengo.
—Parece una radio auricular.
—¡Y algo más! ¡Si se lo pone en la oreja, Montag, puedo sentarme cómodamente en casa, calentando mis atemorizados huesos, y oír y analizar el mundo de los bomberos, descubrir sus debilidades, sin peligro, soy la reina abeja, bien segura en la colmena. Usted será el zángano, la oreja viajera. En caso necesario, podría colocar oídos en todas las partes de la ciudad, con diversos hombres, que escuchen y evalúen. Si los zánganos mueren, yo sigo a salvo en casa, cuidando mi temor con un máximo de comodidad y un mínimo de peligro. ¿Se da cuenta de lo precavido que llego a ser, de lo despreciable que llego a resultar? Montag se colocó el pequeño objeto metálico en la oreja. El viejo insertó otro similar en la suya y movió los labios.
—¡Montag!

La voz sonó en la cabeza de Montag.
—¡Le oigo!
Faber se echó a reír.
—¡Su voz también me llega perfectamente! —Susurró el viejo. Pero la voz sonaba con claridad en la cabeza de Montag—. Cuando sea hora, vaya al cuartel de bomberos. Yo estaré con usted. Escuchemos los dos a ese capitán Beatty. Pudiera ser uno de los nuestros. ¡Sabe Dios! Le diré lo que debe decir. Representaremos una buena comedia para él. ¿Me odia por esta cobardía electrónica? Aquí estoy, enviándole hacia el peligro, en tanto que yo me quedo en las trincheras, escuchando con mi maldito aparato cómo usted se juega la cabeza.
—Todos hacemos lo que debemos hacer —dijo Montag—. Puso la Biblia en manos del viejo—. Tome. Correré el riesgo de entregar otro libro. Mañana…
—Veré al impresor sin trabajo. Sí, eso puedo hacerlo.
—Buenas noches, profesor.
—No, buenas noches, no. Estaré con usted el resto de la noche, como un insecto que le hostigará el oído cuando me necesite. Pero, de todos modos, buenas noches y buena suerte.

La puerta se abrió y se cerró. Montag se encontró otra vez en la oscura calle, frente al mundo.
Podía percibirse cómo la guerra se iba gestando aquella noche en el cielo. La manera como las nubes desaparecían y volvían a asomar, y el aspecto de las estrellas, un millón de ellas flotando entre las nubes, como los discos enemigos, y la sensación de que el cielo podía caer sobre la ciudad y convertirla en polvo, mientras la luna estallaba en fuego rojo; ésa era la sensación que producía la noche.

Montag salió del «Metro» con el dinero en el bolsillo. Había visitado el Banco que no cerraba en toda la noche, gracias a su servicio de cajeros automáticos, y mientras andaba, escuchaba la radio auricular que llevaba en una oreja… «Hemos movilizado a un millón de hombres. Conseguiremos una rápida victoria si estalla la guerra… » La música dominó rápidamente la voz y se apagó después.
—Diez millones de hombres movilizados —susurró la voz de Faber en el otro oído de Montag—. Pero dice un millón. Resulta más tranquilizador.
—¿Faber?
—Sí.
—No estoy pensando. Sólo hago lo que se me dice, como siempre. Usted me ha pedido que tuviera dinero, y ya lo tengo. Ni siquiera me he parado a meditarlo. ¿Cuándo empezaré a tener iniciativas propias?
—Ha empezado ya, al pronunciar esas palabras. Tendrá que fiarse de mí.
—¡Me he estado fiando de los demás!
—Sí, y fíjese adónde hemos ido a parar. Durante algún tiempo, deberá caminar a ciegas. Aquí está mi brazo para guiarle.
—No quiero cambiar de bando y que sólo se me diga lo que debo hacer. En tal caso, no habría razón para el cambio.
—¡Es usted muy sensato!

Montag sintió que sus pies le llevaban por la acera hacia su casa.
—Siga hablando.
—¿Le gustaría que leyese algo? Lo haré para que pueda recordarlo. Por las noches, sólo duermo cinco horas. No tengo nada que hacer. De modo que, si lo desea, le leeré durante las noches. Dicen que si alguien te susurra los conocimientos al oído incluso estando dormido, se retienen.
—Sí.
—¡Ahí va! —Muy lejos, en la noche, al otro lado de la ciudad, el levísimo susurro de una página al volverse—. El Libro de Job.
La luna se elevó en el cielo, en tanto que Montag andaba. Sus labios se movían ligerísimamente.

Eran las nueve de la noche y estaba tomando una cena ligera cuando se oyó el ruido de la puerta de la calle y Mildred salió corriendo como un nativo que huyera de una erupción del Vesubio. Mrs. Phelps y Mrs. Bowles entraron por la puerta de la calle y se desvanecieron en la boca del volcán con «martinis» en sus manos. Montag dejó de comer. Eran como un monstruoso candelabro de cristal que produjese un millar de sonidos, y Montag vio sus sonrisas felinas atravesando las paredes de la casa y cómo chillaban para hacerse oír.
Montag se encontró en la puerta del salón, con boca llena aún de comida.
—¡Todas tenéis un aspecto estupendo! Estupendo.
—¡Estás magnífica, Millie!
—Magnífica.
—¡Es extraordinario!
—¡Extraordinario!

Montag la observó.
—Paciencia —susurró Faber.
—No debería de estar aquí —murmuró Montag, casi para sí mismo—. Tendría que estar en camino para llevarle el dinero.
—Mañana habrá tiempo. ¡Cuidado!
—¿Verdad que ese espectáculo es maravilloso? —preguntó Mildred.
—¡Maravilloso!
En una de las paredes, una mujer sonreía al mismo tiempo que bebía zumo de naranja. «¿Cómo hará las dos cosas a la vez?», pensó Montag, absurdamente. En las otras paredes, una radiografía de la misma mujer mostraba el recorrido del refrescante brebaje hacia el anhelante estómago. De repente, la habitación despegó de un vuelo raudo hacia las nubes, se lanzó en picado sobre un mar verdoso, donde peces azules se comían otros peces rojos y amarillos. Un minuto más tarde, tres muñe-cos de dibujos animados se destrozaron mutuamente los miembros con acompañamiento de grandes oleadas de risa. Dos minutos más tarde, la sala abandonó la ciudad para ofrecer el espectáculo de unos autos a reacción que recorrían velozmente un autódromo golpeándose unos contra otros incesantemente.

Montag vio que algunos cuerpos volaban por el aire.
—¿Has visto eso, Millie?
—¡Lo he visto, lo he visto!
Montag alargó la mano y dio vuelta al conmutador del salón. Las imágenes fueron empequeñeciéndose como si el agua de un gigantesco recipiente de cristal, con peces histéricos, se escapara.

Las tres mujeres se volvieron con lentitud y miraron a Montag con no disimulada irritación, que fue convirtiéndose en desagrado.
—¿Cuándo creéis que va a estallar la guerra? —preguntó él—. Veo que vuestros maridos no han venido esta noche.
—Oh, vienen y van, vienen y van –dijo Mrs. Phelps—. Una y otra vez. El Ejército llamó ayer a Pete. Estará de regreso la semana próxima. Eso ha dicho el Ejército. Una guerra rápida. Cuarenta y ocho horas, y todos a casa. Eso es lo que ha dicho el Ejército. Una guerra rápida. Pete fue llamado ayer y dijeron que estaría de regreso la semana próxima. Una guerra…

Las tres mujeres se agitaron y miraron, nerviosas, las vacías paredes.