El abismo del hombre, de Elí Urbina (Buenos Aires Poetry, 2020).

Hielo y sombra

En su concepción de la existencia del cosmos como una lucha pasional, el místico y autodidacta Jacob Boehme afirmó que todo hombre posee la libertad y por ello el poder de transformarse en ira o en resplandor en esta vida. Sumergido en el primer estado y en herrumbrosa búsqueda del segundo se haya el yo poético de esta obra, cuya premisa se encuentra al apenas comenzar a leer: «la luz ha de llegar de nuevo»; o al menos un halo de esperanza que recuerde quién se es, que ofrezca sentido y abrazo frente a la caída.

La ciudad y su lluvia de multitudes no es aquí, al modo baudelairiano, gozo y evasión fraterna, sino zozobra, angustia y desorientación. El caos de la materia germina en los cuerpos que la habitan. Ante ello, el bosque se erige como espacio que acoge al alma atormentada, como un alto en el camino iniciático cuyo punto de partida se halla en la huida de la urbe. Es es el reducto donde la claridad se materializa y desciende la amenaza, y en cuya tierra, principio pasivo que alude a lo femenino y la materia, busca «un espejo», un igual que afirme o niegue que él es. En la naturaleza es símbolo esperanzador, pero dentro de la casa es tétrico, un ocaso donde la salvación se niega y ante el cual el sujeto poético suplica abatido «una brizna de luz».

El recuerdo apacible «del cuerpo del amor» es el móvil que mantiene vivo al buscador, rodeado y petrificado continuamente por la sombra. El placer ardiente no consigue apagar esta imagen en la memoria. En este sentido, el sexo no cede glorias sino sombras de lo que el yo anhela. La carne no apacigua la sed espiritual. No encuentra amor en ella, ni resplandores en la mirada, en el cabello, en el cuerpo, en la voz. Esta última es deseo y fantasmagoría que evidencia la ausencia del sentido. Al contrario que una lúcida «última forma de amar», de vida «que asegura que nada fue mentira» y que compartiría Pedro Salinas, el dolor aquí es un visitante indeseado que niega y atormenta la existencia.

La dualidad de la sexualidad se presenta en perversidad y ternura perdida. Ante la primera le lleva el instinto animal que lo aleja del espíritu, de la búsqueda necesitada del ideal, en un arrebato de ceguera por la oscuridad. La separación y disgregación de la unidad alimenta el reino de la sombra, asentado en el vacío de lo anhelado. En la concepción mística y el pensamiento junguiano, que bebe del pensamiento simbólico-alquímico, la representación de la conjunción o unificación perpetua de los opuestos, especialmente de los dos sexos, es el único reducto capaz de proporcionar dicha al alma. La unión sexual es aquí la verdad iniciática que desaparece y que va más allá de lo biológico. El poeta y especialista en simbología Juan Eduardo Cirlot recoge esta idea en su prolijo estudio del símbolo al afirmar que en esta coincidentia oppositorum se encuentra «la única posibilidad de paz y de descanso en la felicidad».

Se observa a lo largo del poemario que la dicha es ausente: a ella la sustituye la recreación de la nigredo en uno de sus múltiples procesos y formas, tomando la denominación de lo sombrío. Esta es la parte maligna o inferior, instintiva o primitiva del yo. Es la fuerza del dolor, el martirio de la culpa, el triunfo de la rabia y la ponzoña del odio, el hombre convertido en un monstruo que se devora a sí mismo en un presente que no acaba. Es la ocasión del poeta para un ruego por la muerte. Una y otra vez, como callejón sin salida y contradicción incomprensible, cae en el abismo sin posibilidad de creencia en el Logos, en los destellos que acompañan al espíritu y lo protegen de la oscuridad. Robert Fludd diría que el corazón de este sujeto poético es tosco y que, en lugar de asumir y proyectar la luz dividida que todo por igual ilumina, la absorbe como si de un agujero negro se tratara. La promesa de la palabra y el pensamiento ha dejado de ser válida para él, pues cualquier posibilidad ontológica ha caído en desgracia.

No aparece aquí apelación alguna al aurum de los filósofos, aunque sí al sol en algunos momentos, casi o quizás intuyendo que existe una glorificación o “cuarto estado” superior. Pero esto no consigue salvar al yo poético de su sumersión absoluta en la primera materia, es decir, en la mencionada nigredo, en el instinto, en las fuerzas del inconsciente, en la culpa y la penitencia. Este y no otro es el núcleo que subyace en el segundo libro de poemas de Elí Urbina: el hundimiento en el caos primigenio donde el alma humana se encuentra en una etapa inicial, no sublimada.

Por Alicia López Latorre

Atraída por los entresijos de las palabras, Alicia López Latorre (1994, Jaén), filóloga y profesora de Lengua y Literatura, combina la docencia con sus estudios de doctorado en la Universidad de Granada y la escritura. Ha realizado artículos y entrevistas como colaboradora de medios locales, y creado elcontemporaneo.es. Algunos de sus poemas aparecen en Santa Rabia Magazine y Cultura Inquieta.