Dos ángeles a la puerta del infierno – Por O. S. Cranston.

Originario del estado de Puebla, en México, O. S Cranston (Oscar Raúl Gil Zarza) es considerado un escritor emergente de carácter práctico y realista. Varios de sus cuentos publicados en revistas como ¿Ese era yo? (UserName No.2, septiembre 2020), El misionero (135Magazine, 1ra convocatoria, diciembre 2020) y Jorge Alfonso (Caza de Versos, Relatos de una pandemia inesperada, enero 2021) son un ejemplo del compromiso que tiene el autor con la literatura.

— ¿Sabes cómo tituló al acto cuarto de su obra? —  Preguntó Alejandro a Felipe.

—  No, no lo sé — Le respondió —, pero no me interesa.

— Lo llamó “El diablo en las puertas del cielo”. Todos los actos tienen un nombre provocador como “Profanación”, “Libertinaje y desenfreno” y al final, cuando el personaje principal muere, ¿Sabes cuál es su castigo?

— No sé, pero no me importa.

— Don Juan Tenorio no recibe ningún castigo, ninguna reprimenda, nada de nada, él se comportó de manera desenfrenada, enamoró y se acostó con miles de mujeres, mató a decenas y nadie lo detuvo, gozó de tanto, vivió como tan pocos y subió al cielo al final.

El frio dentro de la camioneta era demasiado, los dos hombres intentaban mantenerse despiertos a tan altas horas de la noche, y la luna reflejada en el parabrisas solo indicaba que el viento de afuera debía ser tan recio, como para despejar de nubes el domo astral. Se lograba vislumbrar pocas estrellas, la radio solo sintonizaba cuatro estaciones de onda larga y los abrigos de ambos eran tan cómodos que pelear contra el sueño debía tomarse como un acto de disciplina y compromiso. Les dijeron que debían vigilar, que probablemente requerirían de su ayuda en cualquier momento de la noche y este llegaría sin previo aviso; debía ser un trabajo sencillo. Felipe estaba detrás del volante, conduciría para transportar la carga a un almacén en cuanto todos estuvieran listos y Alejandro, el más robusto de los dos, se encargaría de hacer compañía, de bajar y cargar en caso de ser requerido y actuar en caso de que algo saliera mal.

— Es decir, la gente de hoy en día lo menciona cuando quieren referirse a alguien que sabe ligar con las mujeres, así apodan a los hombres que saben ganarse el cariño de estas, pero su historia va más allá de saber coquetear, es de mentir, de matar, de robar y traicionar; porque así era el personaje de Zorrilla, pero la gente solo le gusta ver lo que le conviene.

— ¿Por qué me comentas esto? — Preguntó Felipe después de que su compañero le hablara de los antagonistas típicos de los libros.

— Solo quería hablar de algo, la música en la radio me molesta — Sintonizaban la estación “La Tropical 101.3”, la cual solo reproducía canciones lentas y deprimentes, reinterpretaciones de canciones pop y alguna que otra balada de la década de 1950.

Felipe terminó en ese trabajo gracias a un primo, su madre estaba harta de que no saliera de su casa más que para beber, y fue Rodolfo, hijo de su tía Esmeralda, el que le comentó de que trataba todo. Era en horario nocturno, solo se encargaría del transporte y el dinero que le prometió fue demasiado tentador como para pensárselo dos veces; con aquella cantidad de cuatro cifras podría terminar de pagar aquella televisión que sacó desde el año pasado y pagar más fiestas con sus amigos. Por otro lado, Alejandro se enteró del trabajo nocturno gracias a una publicación en una página de internet, él buscaba un empleo que no interfiriera con sus actividades ni con los horarios de su hija de cinco años; desde la muerte de su esposa, ser padre soltero ha sido toda una proeza para él, ya que su madre nunca lo apoyó y su padre a duras penas podía solventarle algunos gastos. A los dos se les dijo lo mismo, que era un trabajo de vigilante, solo tendrían que hacer presencia en el lugar, un segundo grupo se encargaría de sacar el paquete, ellos lo recogerían, lo llevarían hasta el lugar indicado, dejarían al grupo ahí, Felipe después dejaría a Alejandro en su casa y al final le entregaría la camioneta a su dueño. Un simple trabajo que no requería de tanto esfuerzo.

— La verdad es que yo iba a actuar en Hamlet, en una función para la escuela — Dijo de pronto Felipe.

— ¿Ah sí?

— Sí, mi escuela me seleccionó como actor principal y yo no quería, pero si no lo hacía me reprobarían en español, así que lo hice, fui Horacio y odié las obras de teatro desde ese momento.

— ¿Muchos diálogos que aprender?

— No, es que no me gustaba nada. Primero las maestras que organizaban eso no se ponían de acuerdo, luego cambiaban los diálogos de un día al otro, después el escenario se veía mal, y así un chingo de cosas que no dejaban actuar.

— ¿Al menos actuaste bien?

— No, fingí tener gripe para no ir a la escuela el mero día y otro niño pasó por mí, pero desde ese momento odié el teatro y la clase de español.

En las manos de Felipe había un vaso de unicel con café caliente que echaba vapor hacia su cara, mientras que en las de Alejandro descansaba su celular, estaba al pendiente en caso de que su hermana le llamara, pues ella cuidaba a su pequeña que debía dormir plácidamente en su cuarto pintado de rosa, dentro de su casa de un solo piso.

— ¿Has visto la película de 101 Dálmatas? — Preguntó Alejandro.

— No, ¿Tú sí?

— Por mi hija, a ella le gustan esos perros y me pide que se la ponga en la televisión en las noches.

— ¡Ah! Pues no, no la he visto. ¿Por qué? — El tiempo en el que tardaba el segundo grupo era preocupante.

— Hay una escena en la que la mala de la película contrata a dos tipos para que roben a los perros, y me dio curiosidad que se movían en una camioneta como esta.

— je, je, je — Rio distraídamente —. Como si fuéramos a robar perros ¿No?

— Sí, algo así.

— Yo nos veía más como los de “Sons of anarchy”

— No he visto la serie — Dijo Alejandro revisando por decimoctava vez su celular.

— Está buena, la pasan en el trece a las ocho.

— Intentaré verla, pero no sé si pueda, ya sabes, por mi hija.

— Sí cierto, bueno, cuando puedas.

Felipe venía de una familia pobre, su padre lo abandonó cuando tenía tres años, a los cuatro su hermano mayor murió atropellado y no era un buen estudiante. En un inicio su meta era ser lo mismo que su tío Gerardo, abogado de oficio; lo miraba como un héroe, trabajaba cuando quería, no se desvelaba como el resto de sus parientes y descansaba los fines de semana. Sin embargo, al llegar al bachillerato, algo dentro de sí, ya sea inconsciente o inmadurez, le dijo que estudiar no valía la pena. Se salió de la escuela para trabajar en un supermercado y al final terminó siendo despedido por su ineptitud. Se volvió un tipo demasiado serio, la vida solo le daba golpes y él no podía esquivarlos; para cuando cumplió los veinticinco años seguía viviendo con su madre, salía solo a beber y su única aspiración era obtener dinero a toda costa para apoyar, aunque sea un poco, a su madre.

— ¿Qué vas a hacer cuando te paguen? — Felipe preguntó después de otro largo rato en silencio.

— Pagaré deudas, primero las de la escuela de mi pequeña, después las de la casa, la luz, el agua y si sobra, chance, y compro una muñeca para ella. ¿Tú?

— Pues la mitad va a ser para mi mamá, otro tanto para terminar de pagar la una tele que compre y lo demás, pues quien sabe.

— ¿No tienes una novia o algo?

— No güey, ando soltero, además creo que así ando mejor.

— Sí, creo que sí.

— Por ejemplo, cuando tenía novia, hace ya unos tres años, siempre se quejaba que no la sacaba, que no le compraba cosas, que la chigadera que vendía tal o cual, y me dejaba en ceros por darle su pinche gustito; pero ahorita no, güey. Ahorita ando sin mamadas, sin pedos, me gasto el varo en lo que quiero y así ando chingón.

— Sí, está bien.

— ¿Tu esposa no te pide cosas así?

— No viejo, murió hace dos años.

— ¡Ay güey! Perdón.

— No viejo, tranquilo, ya pasó — Dijo Alejandro sonriendo —, se la llevó Dios, pero me dejó a mija y así ando bien; es decir, sé que nos cuida desde arriba y sé que no nos olvida.

— Lo Lamento, de verdad

— ¿Tú trabajas por alguien? O sea, por algún familiar, hermanos…

— Por mi mamita, más que nada, ahorita anda con un problema de la pierna que le anda jode y jode. Ya le llevé al seguro, pero sus pinches pastillas cuestan un chingo, ando en eso y para lo que falte; que el tubo para el baño, que el bastón para que tenga de donde sujetarse… y así, güey, ando con ese pendiente.

Eran las diez cuando se estacionaron para esperar el momento de actuar, y al dar las dos de la mañana no paraban de contarse anécdotas, como la ocasión en la que Alejandro se comió el proyecto de ciencias de su hija por accidente creyendo que era un emparedado de pollo reseco, o como cuando Alejandro confundió el tubo de pastillas de su madre con un especiero de hierbas finas y la sala olió a pozole todo el día, porque ella lo dejó caer por accidente.

— Entonces mi prima Verónica entró y todo olía, así, a un chingo de pozole, como cuando entras a un restaurante de comida corrida, así olía toda la pinche casa, y que nos dice “¿Pus quién cocino?” y mi mamita andaba muriéndose de risa — Mientras que Felipe contaba aquello con una sonrisa abierta, mostrando los dientes superiores, Alejandro no podía dejar de reír.

— No me puedo creer que los hubieras confundido – Dijo el compañero después de veinte segundos ininterrumpidos de risa.

— ¡Pues, güey! La pinche etiqueta era la pinches misma, luego ambos de vidrio y del mismo tamaño. ¡Pus que no mamen!

— ¿Y cómo le hicieron para quitar el olor?

— ¿Cómo que “cómo”? ¡Ahí sigue, güey! De repente entras, te sientas en algún sillón y sientes el pinche olorcito y dices “Pinche pozole que se antoja”.

— ¡Ah, que con el condenado Felipe!

Este estaba a punto de hablarle de la vez en la que casi tira la botella de tequila de su mamá, pero fue interrumpido por su celular, este lo sacó del bolsillo de su pantalón y ambos supieron que era el momento. La camioneta en la que andaban estaba aparcada en un pequeño callejón en el que solo había basura, salieron y dieron con una calle llena de casas, había unos cuantos faroles prendidos en ese momento, Felipe dio vuelta a la derecha, se acercó a la banqueta de lado izquierdo y esperó. Era el momento, activaron los seguros, Alejandro bajó, abrió la puerta corrediza y sacó su celular para verificar la hora y el tiempo; pero no fue necesario, escuchó unos pasos que se acercaban rápidamente, él ayudó a los otros tres a cargar el bulto, abrió la cajuela, no creyó en un inicio que el paquete fuera tan grande, lo colocaron con cuidado, se cerraron puertas, todos estaban dentro y continuaron con el plan. Al final todo terminó bien, en el almacén les entregaron a Alejandro y Felipe más de lo estipulado por su paciencia, Felipe quedó con Alejandro de salir a beber algún día y todo terminó con un simple “Te la lavas” de parte de Felipe, mientras él se iba por la Federal a Atlixco y Alejandro caminaba tres calles para entrar a su hogar.

Al día siguiente, al prender la televisión a las siete de la mañana, Alejandro vio la cara de una pequeña niña caucásica, de ojos verdes y pelo rubio; no le dio mucha importancia y salió al patio para prender el boiler, esperó unos minutos, despertó a su hija, caminó a la cocina y desde ahí escuchaba las noticias, sin saber que, después de consumir tres líneas de polvo blanco para calmar la ansiedad, Felipe veía el mismo noticiero desde su televisión de 60 pulgadas y con adeudo pendiente de cuatro mil pesos.

— Nos reportan que la pequeña niña fue extraída de su hogar por eso de las tres o cuatro de la mañana, si nos acaba de sintonizar le repito. La pequeña Susana Valdemar de tan solo cinco años se presume desaparecida, las autoridades no han declarado nada al respecto, pero su presunción es de secuestrada. Si la ve, por favor, comuníquese a los teléfonos que le presentamos en pantalla o al servicio de emergencia telefónica. Esta niña debe de aparecer.