La criba y la arena [4] Fahrenheit 451

—No estoy preocupada —dijo Mrs. Phelps—. Dejo que sea Pete quien se preocupe. —Rió estridentemente—. Que sea el viejo Pete quien cargue con las preocupaciones. No yo. Yo no estoy preocupada.
—Sí —dijo Millie—. Que el viejo Pete cargue con las preocupaciones.
—Dicen que siempre muere el marido de otra.
—También lo he oído decir. Nunca he conocido a ningún hombre que muriese en una guerra. Que se matara arrojándose desde un edificio, sí, como lo hizo el marido de Gloria, la semana pasada. Pero a causa de las guerras, no.
—No a causa de las guerras —dijo Mrs. Phelps— De todos modos, Pete y yo siempre hemos dicho que nada de lágrimas ni nada por el estilo. Es el tercer matrimonio de cada uno de nosotros, y somos independientes. Seamos independientes, decimos siempre. Él me dijo: «Si me liquidan, tú sigue adelante y no llores. Cásate otra vez y no pienses en mí».
—Ahora que recuerdo —dijo Mildred—. ¿Visteis anoche, en la televisión, la aventura amorosa de cinco minutos de Clara Dove? Bueno, pues se refería a esa mujer que…

Montag no habló, y contempló los rostros de las mujeres, del mismo modo que, en una ocasión, había observado los rostros de los santos en una extraña iglesia en que entró siendo niño. Los rostros de aquellos muñecos esmaltados no significaban nada para él, pese a que les hablaba y pasaba muchos ratos en aquella iglesia, tratando de identificarse con la religión, de averiguar qué era la religión, intentando absorber el suficiente incienso y polvillo del lugar para que su sangre se sintiera afectada por el significado de aquellos hombres y mujeres descoloridos, con los ojos de porcelana y los labios rojos como rubíes. Pero no había nada, nada; era como un paseo por otra tienda, y su moneda era extraña y no podía utilizarse allí, y no sentía ninguna emoción, ni siquiera cuando tocaba la madera, el yeso y la arcilla. Lo mismo le ocurría entonces, en su propio salón, con aquellas mujeres rebullendo en sus butacas, encendiendo cigarrillos, exhalando nubes de humo, tocando sus cabelleras descoloridas y examinando sus enrojecidas uñas, que parecían arder bajo su mirada. Los rostros de las mujeres fueron poniéndose tensos, en el silencio. Se adelantaron en sus asientos al oír el sonido que produjo Montag cuando tragó el último bocado de comida. Escucharon la respiración febril de él, Las tres vacías paredes del salón eran como pálidos párpados de gigantes dormidos, vacíos de sueños. Montag tuvo la impresión de que si tocaba aquellos tres párpados sentiría un ligero sudor salobre en la punta de los dedos. La transpiración fue aumentando con el silencio, así como el temblor no audible que rodeaba a las tres mujeres, llenas de tensión. En cualquier momento, podían lanzar un largo siseo y estallar.

Montag movió los labios.
—Charlemos.
Las mujeres se le quedaron mirando.
—¿Cómo están sus hijos, Mrs. Phelps? –preguntó el.
—¡Sabe que no tengo ninguno! ¡Nadie en su juicio los tendría, bien lo sabe Dios! —exclamó Mrs. Phelps, no muy segura de por qué estaba furiosa contra aquel hombre.
—Yo no afirmaría tal cosa —dijo Mrs. Bowles—. He tenido dos hijos mediante una cesárea. No objeto pasar tantas molestias por un bebé. El mundo ha de reproducirse, la raza ha de seguir adelante. Además hay veces en que salen igualitos a ti, y eso resulta agradable. Con dos cesáreas, estuve lista. Sí, señor. ¡Oh! El doctor dijo que las cesáreas no son imprescindibles, tenía buenas caderas, que todo iría normalmente, yo insistí.
—Con cesárea o sin ella, los niños resultan ruinosos. Estás completamente loca —dijo Mrs. Phelps.
—Tengo a los niños en la escuela nueve días de cada diez. Me entiendo con ellos cuando vienen a casa tres días al mes. No es completamente insoportable. Los pongo en el «salón» y conecto el televisor. Es como lavar ropa; meto la colada en la máquina y cierro la tapadera. —Mrs. Bowles rió entre dientes—. Son capaces de besarme como de pegarme una patada. ¡Gracias a Dios, yo también sé pegarlas!

Las mujeres rieron sonoramente.
Mildred permaneció silenciosa un momento Y, luego, al ver que Montag seguía junto a la puerta, dio una palmada.
—¡Hablemos de política, así Guy estará contento!
—Me parece estupendo —dijo Mrs. Bowles— Voté en las últimas elecciones, como todo el mundo, y lo hice por el presidente Noble. Creo que es uno de los hombres más atractivos que han llegado a la presidencia.
—Pero, ¿qué me decís del hombre que presentaron frente a él?
—No era gran cosa, ¿verdad? Pequeñajo y tímido. No iba muy bien afeitado y apenas si sabía peinarse.
—¿Qué idea tuvieron los «Outs» para presentarlo? No es posible con-tender con un hombre tan bajito contra otro tan alto. Además, tartamudeaba. La mitad del tiempo no entendí lo que decía. Y no podía entender las palabras que oía.
—También estaba gordo y no intentaba disimularlo con su modo de vestir. No es extraño que la masa votara por Winston Noble. Incluso los hombres ayudaron. Comparad a Winston Noble con Hubber Hoag durante diez segundos, y ya casi pueden adivinarse los resultados. —¡Maldita sea! —gritó Montag—. ¿Qué saben ustedes de Hoag y de Noble?
—¡Caramba! No hace ni seis meses estuvieron en esa mismísima pared. Uno de ellos se rascaba incesantemente la nariz. Me ponía muy nerviosa.
—Bueno, Mr. Montag —dijo Mrs. Phelps—, ¿Quería que votásemos por un hombre así? Mildred mostró una radiante sonrisa.
—Será mejor que te apartes de la puerta, Guy, y no nos pongas nerviosas.

Pero Montag se marchó y regresó al instante con un libro en la mano.
—¡Guy!
—¡Maldito sea todo, maldito sea todo, maldito sea!
—¿Qué tienes ahí? ¿No es un libro? Creía que, ahora, toda la enseñanza especial se hacía mediante películas —Mrs. Phelps parpadeó—. ¿Está estudiando la teoría de los bomberos?
—¡Al diablo la teoría! —dijo Montag—. Esto es poesía.
—Montag.
Un susurro.
—¡Dejadme tranquilo!
Montag se dio cuenta de que describió un gran círculo, mientras gritaba y gesticulaba.
—Montag, detente, no…
—¿Las has oído, has oído a esos monstruos de monstruos? ¡Oh, Dios! ¡De qué modo charlan sobre la gente y sobre sus propios hijos y sobre ellas mismas y también respecto a sus esposos, y sobre la guerra, malditas sean!, y aquí están, y no puedo creerlo.
—He de participarle que no he dicho ni una sola palabra acerca de ninguna guerra –replicó Mrs. Phelps.
—En cuanto a la poesía, la detesto —dijo Mrs. Bowles.
—¿Ha leído alguna?
—Montag. —La voz de Faber resonó en su interior.
—Lo hundirá todo. ¡Cállese, no sea estúpido!

Las tres mujeres se habían puesto en pie.
—¡Siéntense!
Se sentaron.
—Me marcho a casa —tartamudeó Mrs. Bowles.
—Montag, Montag, por favor, en nombre de Dios, ¿qué se propone usted? —suplicó Faber.
—¿Por qué no nos lee usted uno de esos poemas de su librito? —propuso Mrs. Phelps—. Creo que sería muy interesante.
—¡Eso no está bien! —gimió Mrs. Bowles—. No podemos hacerlo.
—Bueno, mira a Mr. Montag, él lo desea, se nota. Y si escuchamos atentamente, Mr. Montag estará contento y, luego, quizá podamos dedicarnos a otra cosa.

La mujer miró, nerviosa, el extenso vacío de las paredes que les rodeaban.
—Montag, si sigue con esto cortaré la comunicación, cerraré todo contacto —susurró el auricular en su oído—. ¿De qué sirve esto, qué desea demostrar?
—¡Pegarles un susto tremendo, sólo eso! ¡Darles un buen escarmiento!
Mildred miró a su alrededor.
—Oye, Guy, ¿con quién estás hablando?
Una aguja de plata taladró el cerebro de Montag.
—Montag, escuche, sólo hay una escapatoria, diga que se trata de una broma, disimule, finja no estar enfadado. Luego, diríjase al incinerador de pared y eche el libro dentro.

Mildred anticipó esto con voz temblorosa.
—Amigas, una vez al año, cada bombero está autorizado para llevarse a casa un libro de los viejos tiempos, a fin de demostrar a su familia cuán absurdo era todo, cuán nervioso puede poner a uno esas cosas, cuán demente. La sorpresa que Guy nos reserva para esta noche es leeros una muestra que revela lo embrolladas que están las cosas. Así pues, ninguna de nosotras tendrá que preocuparse nunca más acerca de esa basura, ¿no es verdad?
—Diga «sí».
Su boca se movió como la de Faber:
—Sí.
Mildred se apoderó del libro, al tiempo que lanzaba una carcajada.
—¡Dame! Lee éste. No, ya lo cojo yo. Aquí está ese verdaderamente divertido que has leído en voz alta hace un rato. Amigas, no entenderéis ni una palabra. Sólo dice despropósitos. Adelante, Guy, es en esta página.
Montag miró la página abierta.
Una mosca agitó levemente las alas dentro de su oído.
—Lea.
—¿Cómo se titula?
—Paloma en la playa.
Tenía la boca insensible.
—Ahora, léelo en voz alta y clara, y hazlo lentamente.

En la sala, hacía un calor sofocante; Montag se sentía lleno de fuego, lleno de frialdad; estaban sentados en medio de un desierto vacío, con tres sillas y él en pie, balanceándose mientras esperaba a que Mrs. Phelps terminara de alisarse el borde de su vestido, y Mrs. Bowles apartara los dedos de su cabello. Después empezó a leer con voz lenta y vacilante, que fue afirmándose a medida que progresaba de línea. Y su voz atravesó un desierto, la blancura, y rodeó a las tres mujeres sentadas en aquel gigantesco vacío.

El Mar es Fe
Estuvo una vez lleno, envolviendo la tierra.
Yacía como los pliegues de un brillante manto dorado
Pero, ahora, sólo escucho
Su retumbar melancólico, prolongado, lejano,
En receso, al aliento
Del viento nocturno, junto al melancólico borde
De los desnudos guijarros del mundo.


Los sillones en que se sentaban las tres mujeres crujieron. Montag terminó:

Oh, amor, seamos sinceros
El uno con el otro.
Por el mundo que parece
Extenderse ante nosotros como una tierra de ensueños,
Tan diversa, tan bella, tan nueva,
Sin tener en realidad ni alegría, ni amor, ni luz,
Ni certidumbre, ni sosiego, ni ayuda en el dolor;
Y aquí estamos nosotros como en lóbrega llanura,
Agitados por confusos temores de lucha y de huida
Donde ignorantes ejércitos se enfrentan cada noche.


Mrs. Phelps estaba llorando.
Las otras, en medio del desierto, observaban su llanto que iba acentuándose al mismo tiempo que su rostro se contraía y deformaba. Permanecieron sentadas, sin tocarla, asombradas ante aquel espectáculo. Ella sollozaba inconteniblemente. El propio Montag estaba sorprendido y emocionado.
—Vamos, vamos —dijo Mildred—. Estás bien, Clara, deja de llorar. Clara, ¿qué ocurre?
— Yo… yo —sollozó Mrs. Phelps—. No lo sé, no lo sé, es que no lo sé. ¡Oh, no…

Mrs. Bowles se levantó y miró, furiosa, a Montag.
—¿Lo ve? Lo sabía, eso era lo que quería demostrar. Sabía que había de ocurrir. Siempre lo he dicho, poesía y lágrimas, poesía y suicidio y llanto y sentimientos terribles, poesía y enfermedad. ¡Cuánta basura! Ahora acabo de comprenderlo. ¡Es usted muy malo, Mr. Montag, es usted muy malo!
Faber dijo:
—Ahora…

Montag sintió que se volvía y, acercándose a la abertura que había en la pared, arrojó el libro a las llamas que aguardaban.
—Tontas palabras, tontas y horribles palabras, que acaban por herir —dijo Mrs. Bowles—. ¿Por qué querrá la gente herir al prójimo? Como si no hubiera suficiente maldad en el mundo, hay que preocupar a la gente con material de este estilo.
—Clara, vamos, Clara —suplicó Mildred, tirando de un brazo de su amiga—. Vamos, mostrémonos alegres, conecta ahora la «familia». Adelante. Riamos y seamos felices. Vamos, deja de llorar, estamos celebrando una reunión.
—No —dijo Mrs. Bowles—. Me marcho directamente a casa. Cuando quieras visitar mi casa y mi «familia», magnífico. ¡Pero no volveré a poner los pies en esta absurda casa!
—Váyase a casa. —Montag fijó los ojos en ella, serenamente—. Váyase a casa y piense en su primer marido divorciado, en su segundo marido muerto en un reactor y en su tercer esposo destrozándose el cerebro. Váyase a casa y piense en eso, y en su maldita cesárea también, y en sus hijos, que la odian profundamente, váyanse a casa y piensen en cómo ha sucedido todo, en si han hecho alguna vez algo para impedirlo ¡A casa, a casa! —vociferó Montag—. Antes de que las derribe de un puñetazo y las eche a patadas.

Las puertas golpearon y la casa quedó vacía. Montag se quedó solo en la fría habitación, cuyas paredes tenían un color de nieve sucia.
En el cuarto de baño se oyó agua que corría. Montag escuchó cómo Mildred sacudía en su mano las tabletas de dormir.
—Tonto, Montag, tonto. ¡Oh, Dios, qué tonto! —repetía Faber en su oído.
—¡Cállese!
Montag se quitó la bolita verde de la oreja y se la guardó en un bolsillo.
El aparato crepitó débilmente: «… Tonto… tonto…»