Fuego vivo [2] Fahrenheit 451

Montag se volvió y el Sabueso Mecánico estaba allí.
Estaba atravesando el césped, surgiendo de las sombras, moviéndose con tal suavidad que parecía una sólida nube de humo blanco grisáceo que flotara hacia él en silencio.
El Sabueso pegó un último salto y cayó sobre Montag desde arriba, con las patas de araña alargadas y la aguja de procaína asomando en su enfurecido morro. Montag lo recibió con un chorro de fuego, un solo chorro que se abrió en pétalos amarillos, azules y anaranjados en torno al perro de metal, que golpeó contra Montag y le hizo retroceder tres metros, hasta chocar contra el tronco de un árbol; pero no soltó el lanzallamas. Montag sintió que el Sabueso se apoderaba de una de sus piernas y, por un instante, clavaba su aguja en él antes de que el fuego lanzara al Sabueso por el aire, hiciera estallar sus huesos de articulaciones de metal, desparramando su mecanismo interior como un cohete arrojado en plena calle. Montag permaneció tendido, observando cómo el aparato se agitaba en el aire, moría. Incluso entonces parecía querer volver junto a él y terminar la inyección que empezaba a causar efecto en la carne de su pierna. Montag experimentó una mezcla de alivio y de horror por haber retrocedido justo a tiempo para que sólo su pierna fuera rozada por el parachoques de un automóvil que pasó a ciento cuarenta kilómetros por hora. Temía levantarse, temía no ser capaz de volver a ponerse en pie, debido a su pierna anestesiada, un entumecimiento dentro de otro entumecimiento, y así sucesivamente…

¿Y ahora…?

La calle vacía, la casa totalmente quemada, los otros hogares oscuros, el Sabueso allí, Beatty más allá, los otros tres bomberos en otro sitio. ¿Y la salamandra? Montag miró el enorme vehículo. También tendría que marcharse.
«Bueno —pensó—, veamos cómo estás. ¡En pie con cuidado, con cuidado… Así».

Se levantó y descubrió que sólo tenía una pierna. La otra parecía un tronco de árbol que arrastraba como penitencia de algún pecado cometido. Cuando apoyó su pie en ella, una lluvia de alfileres de plata le atravesó la pantorrilla hasta localizarse en la rodilla. Montag lloró. «¡Vamos! ¡Vamos, no puedes quedarte aquí!».

Las luces de algunas casas volvían a encenderse calle abajo, bien a causa de los incidentes que acababan de ocurrir, o debido al silencio que había seguido a la lucha. Montag lo ignoraba. Cojeó por entre las ruinas tirando de su pierna maltrecha cuando le faltaba, hablando, susurrando y gritando órdenes a aquel miembro, y maldiciendo y rogándole que funcionara, cuando tan vital resultaba para él. Oyó una serie de personas que gritaban en la oscuridad. Montag llegó al patio posterior y al callejón. «Beatty —pensó—, ahora no eres un problema. Siempre habías dicho: «No te enfrentes con un problema, quémalo.» Bueno, ahora he hecho ambas cosas. Adiós, capitán».

Y se alejó cojeando por el lúgubre callejón.
Cada vez que apoyaba el pie en el suelo, un puñal se clavaba en su pierna. Y Montag pensó: «Eres un tonto, un maldito tonto, un idiota, un maldito idiota. En buen lío te has metido. ¿Qué puedes hacer ahora? Por culpa del orgullo, ¡maldita sea!, y del mal carácter. Y lo has estropeado todo. Apenas comienzas, vomitas sobre todos y sobre ti mismo. Pero, todo a la vez, todo, juntamente, Beatty, las mujeres, Mildred, Clarisse. Sin embargo, no hay excusa, no hay excusa. ¡Un maldito tonto! Ve a entregarte por propia voluntad.

»No, salvaremos lo que podamos, haremos lo que se deba hacer. Si hemos de arder, llevémonos a unos cuantos con nosotros. ¡Ea!» Recordó los libros y retrocedió. Por si acaso.
Encontró unos cuantos allí donde los había dejado cerca de la verja del jardín. A Mildred, Dios la bendiga, la habían pasado por alto. Cuatro libros estaban ocultos aún, donde él los había dejado. Unas voces murmuraban en la noche, y se veía el resplandor de los haces de unas linternas. Otras salamandras hacían sonar sus motores en la lejanía, y las sirenas de la Policía se abrían paso con su gemido a través de la ciudad. Montag cogió los cuatro libros restantes y cojeó y saltó callejón abajo y, de repente, le pareció como si le hubiesen cortado la cabeza y sólo su cuerpo estuviese allí. Algo en su interior le indujo a detenerse y, luego, le abatió.
Permaneció donde había caído, con las piernas dobladas y el rostro hundido en la grava.
Beatty había deseado morir.

En medio de su sollozo, Montag comprendió que era verdad. «Beatty quería morir. Permaneció quieto allí, sin tratar de salvarse. Se limitó a permanecer allí, bromeando, hostigándole», pensó Montag. Y este pensamiento fue suficiente para acallar sus sollozos y permitirle hacer una pausa para respirar. ¡Cuán extraño desear tanto la muerte como para permitir a un hombre andar a su alrededor con armas, y, luego, en vez de callar y permanecer vivo, empezar a gritarle a la gente y a burlarse de ella hasta conseguir enfurecerla! Y entonces…

A lo lejos, ruido de pasos que corrían.
Montag se irguió.
«Larguémonos de aquí. Vamos, levántate, levántate, no puedes quedarte ahí sentado», pero aún estaba llorando, y había que terminar aquello. Iba a marcharse. No había querido matar a nadie, ni siquiera a Beatty. Se le contrajo la carne, como si la hubieran sumergido en un ácido. Sintió náuseas. Volvió a ver a Beatty, convertido en antorcha, sin moverse, ardiendo en la hierba. Montag se mordió los nudillos. «Lo siento, lo siento. Dios mío, lo siento…»

Trató de encajar las piezas, de volver a la vida normal de algún tiempo atrás, antes de la criba y la arena, del «Dentífrico Denham», de las voces susurradas en su oído, de las mariposas, de las alarmas y las excursiones, demasiado para unos breves días, demasiado para toda una vida.

Unos pies corrieron en el extremo más alejado del callejón.
«Levántate —se dijo Montag—. ¡Maldita sea, levántate!» —dijo a la pierna. Y se puso en pie.

Parecía que le hundieran clavos en la rodilla; y, luego, sólo alfileres; y, por último, un molesto cosquilleo. Y tras arrastrarse y dar otra cincuentena de saltos, llenándose la mano de astillas de la verja, la molestia se hizo, por fin, soportable. Y la pierna acabó por ser su propia pierna. Montag había temido que si corría podría romperse el tobillo insensibilizado. Ahora, aspirando la noche por la boca abierta, y exhalando un tenue aliento, pues toda la negrura había permanecido en su interior, emprendió una caminata a paso acelerado. Llevaba los libros en las manos. Pensó en Faber.

Faber estaba en aquel humeante montón de carbón que carecía ya de identidad. Había quemado a Faber también. Esta idea le impresionó tanto que tuvo la sensación de que Faber estaba muerto de verdad, totalmente cocido en aquella diminuta cápsula verde perdida en el bolsillo de un hombre que ahora apenas si era un esqueleto, unido con ten-dones de asfalto.

«Tienes que recordarlo: quémalos o te quemarán —pensó Montag—. En este momento, resulta así sencillo.»

Buscó en sus bolsillos: el dinero seguía allí. y en otro bolsillo, encontró la radio auricular normal con que la ciudad hablaba consigo misma en la fría soledad de la madrugada.
—Policía, alerta. Se busca: fugitivo en la ciudad. Ha cometido un asesinato y crímenes contra el Estado, Nombre: Guy Montag. Profesión: bombero. Visto por última vez…

Montag corrió sin detenerse durante seis manzanas, siguiendo el callejón. Y, después, éste se abrió sobre una amplia avenida, ancha como seis pistas. «A la cruda luz de las lámparas de arco parecía un río sin barcas; había el peligro de ahogarse tratando de cruzarla», pensó Montag. Era demasiado ancha, demasiado abierta. Era un enorme escenario sin decorados, que le invitaban a atravesarlo corriendo. Con la brillante iluminación era fácil de descubrir, de alcanzar, de eliminar. La radio auricular susurraba en su oído: —…alerta a un hombre corriendo… Vigilen a un hombre corriendo… Busquen a un hombre solo, a pie… Vigilen… Montag volvió a hundirse en las sombras. Exactamente delante de él había una estación de servicio, resplandeciente de luz, y dos vehículos plateados se detenían ante ella para repostar. Si quería andar, no correr, atravesar con calma la amplia avenida, tenía que estar limpio y presentable. Eso le concedería un margen adicional de seguridad. Si se lavaba y peinaba antes de seguir la marcha para ir… ¿dónde?

«Sí —pensó—, ¿hacia dónde estoy huyendo?»
A ningún sitio. No había dónde ir, ningún amigo a quien recurrir, excepto Faber. Y, entonces, advirtió que desde luego, corría instintivamente hacia la casa de Faber. Pero Faber no podría ocultarle; sólo intentarlo, sería un suicidio. Pero sabía que, de todos modos, iría a ver a Faber, durante unos breves minutos. Faber sería el lugar donde poder repostarse de su creencia, que desaparecía rápidamente, en su propia habilidad para sobrevivir. Sólo deseaba saber que en el mundo había un hombre como Faber. Quería ver al hombre vivo y no achicharrado allí, como un cuerpo introducido en otro cuerpo. Y debía dejar parte del dinero a Faber, claro está, para gastarlo cuando él siguiese huyendo. Quizá podría alcanzar el campo abierto y vivir cerca de los ríos o las autopistas, en los campos y las colinas.

Un intenso susurro le hizo mirar hacia el cielo.
Los helicópteros de la Policía se elevaban desde un punto tan remoto que parecía como si alguien hubiese soplado una flor seca de diente de león. Dos docenas de ellos zumbaron, oscilaron, indecisos a cinco kilómetros de distancia, como mariposas desconcertadas por el otoño. Y, después, se lanzaron en picado hacia tierra, uno por uno, aquí, allí, recorriendo las calles donde, vueltos a convertir en automóviles, zumbaron por los bulevares o, con igual prontitud, volvían a elevarse en el aire para proseguir la búsqueda.

Y allí estaba la estación de servicio, con sus empleados que atendían a la clientela. Acercándose por detrás, Montag entró en el lavabo de hombres. A través de la pared de aluminio oyó que la voz de un locutor decía: «La guerra ha sido declarada.» Estaban bombeando el combustible. Los hombres, en los vehículos, hablaban, y los empleados conversaban acerca de los motores, del combustible, del dinero que debían. Montag trató de sentirse impresionado por el comunicado de la radio, pero no le ocurrió nada. Por lo que a él respectaba, la guerra tendría que esperar a que él estuviese en condiciones de admitirlo en su archivo personal, una hora, dos horas más tarde.

Montag se lavó las manos y el rostro y se secó con la toalla. Salió del lavabo, cerró cuidadosamente la puerta, se adentró en la oscuridad y se encontró en un borde de la vacía avenida.

Allí estaba, había que ganar aquella partida en una inmensa bolera en el frío amanecer. La avenida estaba tan limpia como la superficie de un ruedo dos minutos antes de la aparición de ciertas víctimas anónimas y de ciertos matadores desconocidos. Sobre el inmenso río de cemento, el aire temblaba a causa del calor del cuerpo de Montag; era increíble cómo notaba que su temperatura podía producir vibraciones en el mundo inmediato. Era un objetivo fosforescente. Montag lo sabía, lo sentía.

Y, ahora, debía empezar su pequeño paseo.
Unos faros brillaban a tres manzanas de distancia. Montag inspiró profundamente. Sus pulmones eran como focos ardientes en su pecho. Tenía la boca reseca por el cansancio. Su garganta sabía a hierro y había acero oxidado en sus pies.

¿Qué eran aquellas luces? Una vez se empezaba a andar, había que calcular cuánto tardarían aquellos vehículos en llegar hasta él. Bueno, ¿a qué distancia quedaba el otro bordillo? Al parecer, a un centenar de metros. Probablemente, no eran cien, pero mejor calcula, eso, puesto que él andaba lentamente, con paso tranquilo, y quizá, necesitase treinta segundos, cuarenta segundos para recorrer la distancia. ¿Los vehículos? Una vez en marcha, podían recorrer tres manzanas en unos quince segundos. De modo que, incluso si a mitad de la travesía empezase a correr…