Fuego vivo [3] Fahrenheit 451

Adelantó el pie derecho; después, el izquierdo, y luego, el derecho.
Pisó la vacía avenida.
Incluso aunque la calle estuviese totalmente vacía, claro está, no podía tener la seguridad de cruzarla sin riesgo, porque, de repente, podía aparecer un vehículo por el cambio de rasante a cuatro manzanas de distancia y estar a tu altura o más allá antes de haber podido respirar una docena de veces.

Montag decidió no contar sus pasos. No miró a izquierda ni a derecha. La luz de los faroles parecía tan brillante y reveladora como el sol de mediodía, e igualmente cálida. Escuchó el sonido del vehículo que aceleraba, a dos manzanas de distancia, por la derecha. Sus faros móviles se desplazaron bruscamente y enfocaron a Montag.
«Sigue adelante.»

Montag vaciló, apretó los libros con mayor fuerza, y reanudó su andar pausado. Ahora estaba a mitad de la avenida, pero el zumbido de los motores del vehículo se hizo más agudo cuando éste aumentó su velocidad.
«La Policía, desde luego. Me ven. Pero, despacio, ahora, despacio, tranquilo, no te vuelvas, no mires, no parezcas preocupado. Camina, eso es, camina, camina…»

El vehículo se precipitaba. El vehículo zumbaba. El vehículo aceleraba. El vehículo se acercaba veloz. El vehículo recorría una trayectoria silbante, disparado por un rifle invisible. Iba a unos doscientos kilómetros por hora. Iba como mínimo, a más de doscientos por hora. Montag apretó las mandíbulas. El calor de los faros del vehículo quemó sus mejillas, le hizo parpadear y heló el sudor que le resbalaba por el rostro.

Empezó a arrastrar estúpidamente los pies, a hablar consigo mismo. Y, de repente, dio un respingo y echó a correr. Alargó las piernas tanto como pudo, una y otra vez, una y otra vez. ¡Dios, Dios! Dejó caer un libro, interrumpió la carrera, casi se volvió, cambió de idea, siguió adelante, chillando en el vacío de cemento, en tanto que el vehículo parecía correr tras sus pasos, a sesenta metros de distancia, a treinta, a veinticinco, a veinte; y Montag jadeaba, agitaba las manos, movía las piernas, arriba y abajo, más cerca, sudoroso, gritando con los ojos ardientes y la cabeza vuelta para enfrentarse con el resplandor de los faros. Luego, el vehículo fue tragado por su propia luz, no fue más que una antorcha que se precipitaba sobre él; todo estrépito y resplandor ¡De pronto, casi se le echó encima!

Montag dio un traspiés y cayó.
«¡Estoy listo! ¡Todo ha terminado!»
Pero la caída le salvó. Un instante antes de alcanzarle, el raudo vehículo se desvió. Desapareció. Montag yacía de bruces, con la cabeza gacha. Hasta él llegó el eco de unas carcajadas, al mismo tiempo que el sonido del escape del vehículo.
Tenía la mano derecha extendida sobre él, llana. Al levantar la mano vio, en la punta de su dedo corazón una delgada línea negra, allí donde el neumático le había rozado al pasar. Montag miró con incredulidad aquella línea media, mientras se ponía en pie.
«No era la Policía», pensó.

Miró avenida abajo. Ahora, resultaba claro. Un vehículo lleno de chiquillos, de todas las edades, entre los doce y los dieciséis años, silbando, vociferando, vitoreando, habían visto a un hombre, un espectáculo extraordinario, un hombre caminando, una rareza, y habían dicho: «Vamos a por él», sin saber que era el fugitivo Mr. Montag. Sencillamente, cierto número de muchachos que habían salido a tragar kilómetros durante las horas de luna, con los rostros helados por el viento y que regresarían o no a casa al amanecer, vivos o sin vida. Aquello era una aventura.

«Me hubiesen matado —Pensó Montag balanceándose. El aire aún se estremecía y el polvo se arremolinaba a su alrededor. Se tocó la mejilla magullada— sin ningún motivo en absoluto, me hubiesen matado».

Siguió caminando hasta el bordillo más lejano, pidiendo a cada pie que siguiera moviéndose. Sin darse cuenta, había recogido los libros desperdigados; no recordaba haberse inclinado ni haberlos tocado, pasándolos de una a otra mano, como si fuesen una jugada de póquer o cualquier otro juego que no acababa de comprender.

«Quisiera saber si son los mismos que mataron a Clarisse».
Se detuvo y su mente volvió a repetirlo.
«Quisiera saber si son los mismos que mataron a Clarisse».
Sintió deseos de correr en pos de ellos, chillando.
Sus ojos se humedecieron.
Lo que le había salvado fue caer de bruces. El conductor del vehículo, al ver caído a Montag, consideró instantáneamente la probabilidad de que pisar el cuerpo a aquella velocidad podía volcar el vehículo y matarlos a todos. Si Montag hubiese seguido siendo un objetivo vertical…

Montag quedó boquiabierto.
Lejos, en la avenida, a cuatro manzanas de distancia, el vehículo había frenado, girado sobre dos ruedas, y retrocedía ahora velozmente, por la mano contraria de la calle, adquiriendo impulso.
Pero Montag ya estaba oculto en la seguridad del oscuro callejón en busca del cual había emprendido aquel largo viaje, ignoraba ya si una hora o un minuto antes. Se estremeció en las tinieblas, y volvió la cabeza para ver cómo el vehículo lo pasaba veloz y volvía a situarse en el centro de la avenida. Las carcajadas se mezclaban con el ruido del motor.

Más lejos, mientras Montag se movía en la oscuridad, pudo ver que los helicópteros caían, caían como primeros copos de nieve del largo invierno que se aproximaba.
La casa estaba silenciosa.
Montag se acercó por detrás, arrastrándose a través del denso perfume de rosas y de hierba humedecida por el rocío nocturno. Tocó la puerta posterior, vio que estaba abierta, se deslizó dentro, cruzó el porche, y escuchó.

«¿Duerme usted ahí dentro, Mrs. Black? –pensó—. Lo que voy a hacer no está bien, pero su esposo lo hizo con otros, y nunca preguntó ni sintió duda, ni se preocupó. Y, ahora, puesto que es usted la esposa de un bombero, es su casa y su turno, en compensación por todas las casas que su esposo quemó y por las personas a quienes perjudicó sin pensar».
La casa no respondió.

Montag escondió los libros en la cocina, volvió a salir al callejón, miró hacia atrás; y la casa seguía oscura y tranquila, durmiendo.
En su camino a través de la ciudad, mientras los helicópteros revoloteaban en el cielo como trocitos de papel, telefoneó y dio la alarma desde una cabina solitaria a la puerta de una tienda cerrada durante la noche. Después, permaneció en el frío aire nocturno, esperando y, a lo lejos, oyó que las sirenas se ponían en funcionamiento, y que las salamandras llegaban, llegaban para quemar la casa de Mr. Black, en tanto éste se encontraba trabajando, para hacer que su esposa se estremeciera en el aire del amanecer, mientras que el techo cedía y caía sobre la hoguera. Pero, ahora, ella aún estaba dormida.

«Buenas noches, Mrs. Black», pensó Montag.
—¡Faber!
Otro golpecito, un susurro y una larga espera. Luego, al cabo de un minuto, una lucecilla brilló dentro de la casita de Faber.
Tras otra pausa, la puerta posterior se abrió.

Faber y Montag se miraron a la media luz, como si cada uno de ellos no creyese en la existencia del otro. Luego, Faber se movió, adelantó una mano, cogió a Montag, le hizo entrar. Lo obligó a sentarse, y regresó junto a la puerta, donde se quedó escuchando. Las sirenas gemían a lo lejos. Faber entró y cerró la puerta.
—He cometido estupidez tras estupidez —dijo Montag—. No puedo quedarme mucho rato. Sabe Dios hacia dónde voy.
—Por lo menos, ha sido un tonto respecto a lo importante —dijo Faber—. Creía que estaba muerto. La cápsula auditiva que le di…
—Quemada.
—Oí que el capitán hablaba con usted y, de repente, ya no oí nada. He estado a punto de salir a buscarle.
—El capitán ha muerto. Encontró la cápsula, oyó la voz de usted y se proponía buscar su origen. Lo maté con el lanzallamas.

Faber se sentó, y, durante un rato, guardó absoluto silencio.
—Dios mío, ¿cómo ha podido ocurrir esto? —prosiguió Montag—. Hace pocas noches, todo iba estupendamente. Y, de repente, estoy a punto de ahogarme. ¿Cuántas veces puede hundirse un hombre y seguir vivo? No puedo respirar. Está la muerte de Beatty, que un tiempo fue mi amigo. Y Millie se ha marchado. Yo creía que era mi esposa. Pero, ahora, ya no lo sé. Y la casa ha ardido por completo. Y me he quedado sin empleo, y yo ando huyendo. Y, por el camino, he colocado un libro en casa de un bombero. ¡Válgame Dios! ¡Cuántas cosas he hecho en una sola semana!
—Ha hecho lo que debía hacer. Es algo que se preparaba desde hace mucho tiempo.
—Sí, eso creo, aunque sea lo único que crea. Tenía que suceder. Desde hace mucho tiempo sentía que algo se preparaba en mi interior, y yo andaba por ahí haciendo una cosa y sintiendo otra. Dios, todo estaba aquí dentro. Lo extraño es que no se trasluciera en mí, como la grasa. Y, ahora, estoy aquí, complicándole la vida. Pueden haberme seguido hasta aquí.
—Por primera vez en muchos años me siento vivir —replicó Faber—. Me doy cuenta de que hago lo que hubiese debido de hacer hace siglos. Durante tiempo, no tengo miedo. Quizá sea porque, por fin, estoy cumpliendo con mi deber. O tal vez sea porque no quiera mostrarme cobarde ante usted. Supongo que aún tendré que hacer cosas más violentas, que tendré que arriesgarme para no fracasar en mi misión y asustarme de nuevo. ¿Cuáles son sus planes?
—Seguir huyendo.
—¿Sabe que ha estallado la guerra?
—Lo he oído decir.
—¿Verdad que resulta curioso?. —dijo el anciano—. La guerra nos parece algo remoto porque tenemos nuestros propios problemas.
—No he tenido tiempo para pensar. —Montag sacó un centenar de dólares—. Quiero darle esto, para que lo utilice de un modo útil, cuando me haya marchado.
—Pero…
—Quizás haya muerto a mediodía. Utilícelo.
Faber asintió.
—Si le es posible, será mejor que se dirija hacia el río. Siga su curso. Y si encuentra alguna vieja línea ferroviaria, que se adentra en el campo, sígala. Aunque en la actualidad todas las comunicaciones se hacen por vía aérea, y la mayoría de las vías están abandonadas, los raíles siguen allí, oxidándose. He oído decir que aún quedan campamentos de vagabundos esparcidos por todo el país. Les llaman campamentos ambulantes, y si anda usted el tiempo suficiente y se mantiene ojo avizor, dicen que quedan muchos antiguos graduados de Harvard en el territorio que se extiende entre aquí y Los Ángeles. La mayoría de ellos son buscados y perseguidos en las ciudades. Supongo que se limitan a vegetar. No quedan muchos, y me figuro que el Gobierno nunca los ha considerado un peligro lo suficientemente grande como para ir en busca de ellos. Podría refugiarse con esos hombres durante algún tiempo y ponerse en contacto conmigo en St. Louis. Yo me marcho mañana, en el autobús de las cinco, para visitar a un impresor retirado que vive allí. Por fin salgo a campo abierto. Utilizaré el dinero adecuadamente. Gracias, y que Dios le bendiga. ¿Quiere dormir unos minutos?
—Será mejor que siga huyendo.
—Veamos cuál es la situación.

Faber condujo a Montag al dormitorio y levantó un cuadro que había en la pared, poniendo así al descubierto una pantalla de televisión del tamaño de una tarjeta postal.
—Siempre había deseado algo muy pequeño, algo a lo que poder hablar, algo que pudiera cubrir con la palma de la mano, en caso necesario, algo que no pudiera avasallarme a gritos, algo que no fuese monstruosamente grande. De modo que, ya ve.
Conectó el aparato.
—Montag —dijo el televisor. Y la pantalla se iluminó—. M—O—N—T—A—G. —Una voz deletreó el nombre—. Guy Montag. Sigue en libertad. Los helicópteros de la Policía le buscan. Un nuevo Sabueso Mecánico ha sido traído de otro distrito…

Montag y Faber se miraron.
—…Sabueso Mecánico nunca falla. Desde que fue usado por primera vez para perseguir una presa, este invento increíble no ha cometido ni un solo error. Hoy, esta cadena se enorgullece de tener la oportunidad de seguir al Sabueso, con una cámara instalada en un helicóptero, cuando inicia la marcha hacia su objetivo…

Faber sirvió dos vasos de whisky.
—Lo necesitaremos.
Bebieron.
—…olfato tan sensible que el Sabueso Mecánico puede recordar e identificar diez mil olores de diez mil hombres distintos, sin necesidad de ser rearmado.

Faber tembló levemente y miró a su alrededor, las paredes, la puerta, la empuñadura y la silla donde Montag estaba sentado. Éste captó la mirada. Ambos examinaron rápidamente la casa y Montag sintió que su nariz se dilataba y comprendió que estaba tratando de rastrearse a sí mismo, y que su nariz era, de pronto, lo suficientemente sensible para percibir la pista que había dejado en el aire de la habitación; y el sudor de su mano estaba pegado a la empuñadura de su puerta, invisible pero tan abundante como la cera de un pequeño candelabro. Su persona estaba por doquier, dentro, fuera sobre todo, era como una nube luminosa, un fantasma que volvía a hacer imposible la respiración.

Vio que Faber contenía, a su vez, el aliento, por miedo a introducir en su propio cuerpo aquel fantasma, a quedar tal vez contaminado con las exhalaciones y los olores de un fugitivo.
—¡El Sabueso Mecánico está siendo desembarcado de un helicóptero, en el lugar del incendio!

Y allí, en la pantalla pequeña, apareció la casa quemada, y la multitud; y del cielo descendió un helicóptero, como una grotesca flor.
«Así, pues, tienen que seguir con su juego —pensó Montag—. El espectáculo sigue, aunque la guerra ha empezado hace apenas una hora…»

Contempló la escena, fascinado, sin desear moverse ¡Parecía tan remota y ajena a él! Era un espectáculo distinto, fascinante de observar, que no dejaba de producir un extraño placer. «Todo eso es para mí, todo eso está ocurriendo por mi causa. Dios mío».

Si lo deseaba, podía entretenerse allí, con toda comodidad, y seguir la cacería con sus rápidas fases, carreras por las calles, por las avenidas vacías, atravesando parques y solares, con pausas aquí y allí para dejar paso a la necesaria publicidad comercial, por otros callejones hasta la casa ardiendo de Mr. y Mrs. Black, y así sucesivamente hasta aquella casa en la que él y Faber estaban sentados, bebiendo, en tanto que Sabueso Mecánico olfateaba el último tramo de la pista silencioso como la propia muerte, hasta detenerse frente a aquella ventana. Entonces, si lo deseaba, Montag podía levantarse, acercarse a la ventana, sin perder de vista el televisor, abrirla, asomarse y verse dramatizado, descrito, analizado. Un drama que podía contemplarse objetivamente, sabiendo que, en otros salones, tenía un tamaño mayor que el natural, a todo color, dimensionalmente perfecto. Y si se mantenía alerta, podría verse, asimismo, un instante antes de perder el sentido, siendo liquidado en beneficio de la multitud de telespectadores que, unos minutos antes, habían sido arrancados de su sueño por la frenética sirena de sus televisores murales para que pudieran presenciar la gran cacería, el espectáculo de un solo hombre.

¿Tendría tiempo para hablar cuando el Sabueso lo cogiera, a la vista de diez, veinte o treinta millones de personas?, ¿no podría resumir lo que había sido su vida durante la última semana con una sola frase o una palabra que permaneciera con ellas mucho después de que el Sabueso se hubiese vuelto, sujetándolo con sus mandíbulas de metal, para alejarse en la oscuridad, mientras la cámara permanecía quieta, enfocando al aparato que iría empequeñeciéndose a lo lejos, para ofrecer un final espléndido? ¿Qué podría decir en una sola palabra, en unas pocas palabras, que dejara huella en todos sus rostros y les hiciera despertar?

—Mire —susurró Faber.
Del helicóptero surgió algo que no era una máquina.