Fuego vivo [4] Fahrenheit 451

Un animal, algo que no estaba muerto ni vivo, algo que resplandecía con una débil luminosidad verdosa. Permaneció junto a las ruinas humeantes de la casa de Montag y los hombres trajeron el abandonado lanzallamas de éste y lo pusieron bajo el hocico del Sabueso. Se oyó un siseo, un resoplido, un rumor de engranajes.

Montag meneó la cabeza, se levantó y apuró su bebida.
—Ya es hora. Lamento de verdad lo que está ocurriendo.
—¿Qué? ¿Yo? ¿Mi casa? Lo merezco todo. ¡Corra de prisa, por amor de Dios! Quizá pueda entretenerles aquí…
—Espere. No vale la pena que se descubra usted cuando me haya marchado, queme el cobertor de esta cama, lo he tocado. Queme la silla de la sala de estar en su incinerador. Frote el mobiliario con alcohol, así como los pomos de las puertas. Queme la alfombra del salón. Dé la máxima potencia al acondicionador de aire y, si tiene un insecticida, rocíelo todo con él. Después, ponga en marcha sus rociadores del césped, con toda la fuerza que pueda, y riegue bien las aceras. Con un poco de suerte, podríamos evitar que nos siguieran la pista.

Faber le estrechó la mano.
—Lo haré. Buena suerte. Si ambos estamos vivos la semana próxima o la siguiente nos pondremos en contacto. En la lista de Correos, de Saint Louis. Siento que, esta vez, no haya manera de poder acompañarle con mi cápsula auricular. Hubiese sido bueno para ambos. Pero mi equipo era limitado. Hágase cargo, nunca creí que habría de utilizarlo. Soy un viejo estúpido, sin ideas. Estúpido, estúpido. Y, ahora, no tengo otra cápsula verde para que pueda llevársela usted. ¡Márchese ya!
—Otra cosa, ¡aprisa! Una maleta. Cójala, con su ropa más sucia, un trapo viejo, cuanto más sucio mejor, una camisa, algunos calcetines y zapatos viejos…

Faber se marchó y regresó al cabo de algunos minutos.
—Para conservar en su interior el antiguo olor de Mr. Faber, claro está —dijo éste, sudoroso por el esfuerzo.
Montag roció todo el exterior de la maleta con whisky.
—No creo que ese Sabueso capte dos olores a la vez. Permítame que me lleve este whisky. Lo necesitaré más tarde. ¡Cristo, espero que dé resultado!

Volvieron a estrecharse la mano y, mientras se dirigían hacia la puerta, lanzaron una ojeada al televisor. El Sabueso estaba en camino, seguido por las cámaras de los helicópteros, silencioso, silencioso, olfateando el aire nocturno.
Bajaba por la Primera Avenida.
—¡Adiós!

Y Montag salió velozmente por la puerta posterior, corriendo con la maleta semivacía. Oyó que, a su espalda, los rociadores de césped se ponían en marcha, llenaban el aire oscuro con lluvia que caía suavemente te y con regularidad, lavaban las aceras y corrían hasta la calle. Unas gotas de aquella lluvia mojaban el rostro de Montag.
Le pareció que el viejo le gritaba adiós, pero no estuvo seguro.
Corrió muy aprisa, alejándose de la casa, hacia el río.
Montag corrió.
Podía sentir el Sabueso, como el otoño que se acercaba, frío, seco y veloz, como un viento que no agitara la hierba, que no hiciera crujir las ventanas ni desplazara las hojas en las blancas aceras. El Sabueso no tocaba el mundo. Llevaba consigo su silencio, de modo que, a través de toda la ciudad, podía percibirse el silencio que iba creando.
Montag sintió aumentar la presión, y corrió.
Se detuvo para recobrar el aliento, camino del río. Atisbó por las ventanas débilmente iluminadas de las casas las siluetas de sus habitantes que contemplaban en los televisores murales al Sabueso Mecánico, un suspiro de vapor de neón, que corría veloz. Ahora, en Elm Terrace, Lincoln, Cak, Park, y calle arriba hacia la casa de Faber.

«Pasa de largo —pensó Montag—, no te detengas, sigue adelante, no te desvíes».
En el televisor mural apareció la casa de Faber, con su rociador de césped que empapaba el aire nocturno.
El Sabueso hizo una pausa y se estremeció.
¡No! Montag se aferró al alféizar de la ventana. ¡Por este camino!
¡Aquí!

La aguja de procaína asomó y se escondió, asomó, se escondió. Una gotita transparente de la droga cayó de la aguja cuando ésta desapareció en el hocico de Sabueso.
Montag contuvo el aliento, y sintió una opresión en el pecho.
El Sabueso Mecánico se volvió y se alejó de la casa de Faber, calle abajo.
Montag desvió su mirada hacia el cielo. Los helicópteros estaban más próximos, como una nube de insectos que acudiesen hacia una solitaria fuente luminosa.
Con un esfuerzo, Montag recordó de nuevo que aquello no era ningún espectáculo imaginario que podía ser contemplado mientras huía hacia el río; en realidad, era su propia partida de ajedrez la que estaba contemplando, movimiento tras movimiento.
Gritó para darse el impulso necesario para alejarse de la ventana de aquella última casa, y el fascinador espectáculo que había allí. ¡Diablo! ¡Y emprendió la marcha de nuevo! La avenida, una calle, otra, otra, y el olor del río. Una pierna, la otra. Veinte millones de Montag corriendo, muy pronto, si las cámaras le enfocaban. Veinte millones de Montag corriendo, corriendo como un personaje de película cómica, policías, ladrones, perseguidores y perseguidos, cazadores y cazados, tal como lo había visto un millar de veces. Tras de él, ahora, veinte millones de silenciosos Sabuesos atravesaban los salones, de la pared derecha a la central; luego a la izquierda, desaparecían.

Montag se metió su radio auricular en una oreja.
—La policía sugiere a toda la población del sector Terrace que haga lo siguiente: en todas las casas de todas las calles, todo el mundo debe abrir la puerta delantera o trasera o mirar por una ventana. El fugitivo no podrá escapar si, durante el minuto siguiente, todo el Mundo mira desde el exterior de su casa. ¡Preparados!

¡Claro! ¿Por qué no lo habían hecho antes? ¿Por qué, en todos los años, no habían intentado aquel juego? ¡Todos arriba, todos afuera! ¡No podía pasar inadvertido! ¡El único hombre que corría solitario por la ciudad, el único hombre que ponía sus piernas a prueba!
—¡A la cuenta de diez! ¡Uno! ¡Dos!
Montag sintió que la ciudad se levantaba.
—¡Tres!
Montag sintió que la ciudad se dirigía hacia sus millares de puertas.
¡Aprisa! ¡Una pierna, la otra!
—¡Cuatro!
La gente atravesaba sus recibidores.
—¡Cinco!
Montag sintió todas las manos en los pomos de las puertas.
El olor del río era fresco y semejante a una lluvia sólida. La garganta de Montag ardía y sus ojos estaban resecos por el viento que producía el correr. Chilló como si el grito pudiera impulsarle adelante, hacerle recorrer el último centenar de metros.
—¡Seis, siete, ocho!
Los pomos giraron en cinco millares de puertas.
—¡Nueve!
Montag se alejó de la última fila de casas, por una pendiente que conducía a la negra y móvil superficie del río.
—¡Diez!
Las puertas se abrieron.

Montag vio en su imaginación a miles y miles de rostros escrutando los patios, las calles, el cielo, rostros ocultos por cortinas, rostros descoloridos, atemorizados por la oscuridad, como animales grisáceos que miran desde cavernas eléctricas, rostros con ojos grises e incoloros, lenguas grises y pensamientos grises.
Pero había llegado al río.

Lo tocó para cerciorarse de que era real. Se metió en el agua, se desnudó por completo y se roció el cuerpo, los brazos, las piernas y la cabeza con el licor que llevaba; bebió un sorbo e inspiró otro poco por la nariz. Después, se vistió con la ropa y los zapatos de Faber. Echó su ropa al río y contempló cómo se la llevaba la corriente. Luego, con la maleta en la mano, se metió agua adentro hasta perder pie, y se dejó arrastrar en la oscuridad.

Estaba a unos trescientos metros corriente abajo cuando el Sabueso llegó al río. Arriba, las grandes aspas de los ventiladores giraban sin cesar. Un torrente de luz cayó sobre el río, y Montag se zambulló bajo la iluminación, como si el sol hubiese salido entre las nubes. Sintió que el río lo empujaba más lejos, hacia la oscuridad. Después, las luces volvieron a desplazarse hacia tierra, los helicópteros se cernieron de nuevo sobre la ciudad, como si hubieran encontrado otra pista. Se alejaron. El Sabueso se había ido. Ya sólo quedaba el helado río y Montag flotando en una repentina paz, lejos de la ciudad, de las luces y de la cacería, lejos de todo.

Montag sintió como si hubiese dejado un escenario lleno de actores a su espalda. Sintió como si hubiese abandonado el gran espectáculo y todos los fantasmas murmuradores. Huía de una aterradora irrealidad para meterse en una realidad que resultaba irreal, porque era nueva. La tierra oscura se deslizaba cerca de él, que se alejaba avanzando hacia campo abierto entre colinas. Por primera vez en una docena de años, las estrellas brillaban sobre su cabeza, formando una gigantesca procesión.

Cuando la maleta se llenó de agua y se hundió, Montag siguió flotando boca arriba; el río era tranquilo y pausado, mientras se alejaba de la gente que comía sombras para desayunar, humo para almorzar y vapores para cenar. El río era muy real, le sostenía cómodamente y le daba tiempo para considerar este mes, este año, y todo un transcurso de ellos. Montag escuchó el lento latir de su corazón. Sus pensamientos dejaron de correr junto con su sangre.

Vio que la luna se hundía en el firmamento. La luna allí, y su resplandor, ¿producido por qué? Por el sol, claro. ¿Y qué iluminaba al sol? Su propio fuego. Y el sol sigue, día tras día, quemando y quemando. El sol y el tiempo. El sol, el tiempo y las llamas. Llamas. El río le balanceaba suavemente. Llamas. El sol y todos los relojes del mundo. Todo se reunía y se convertía en una misma cosa en su mente. Después de mucho tiempo de flotar en el río, Montag supo por qué nunca más volvería a quemar algo.

El sol ardía a diario. Quemaba el Tiempo. El mundo corría en círculos, girando sobre su eje, y el tiempo se ocupaba en quemar los años y a la gente, sin ninguna ayuda por su parte. De modo que si él quemaba cosas con los bomberos y el sol quemaba el Tiempo, ello significaría que todo había de arder.

Alguno de ellos tendría que dejar de quemar. El sol no, por supuesto. Según todas las apariencias, tendría que ser Montag, así como las personas con quienes había trabajado hasta unas pocas horas antes. En algún sitio habría que empezar a ahorrar y a preservar cosas para que todo tuviera un nuevo inicio, y alguien tendría que ocuparse de ello, de una u otra manera, en libros, en discos, en el cerebro de la gente, de cualquier manera con tal de que fuese segura, al abrigo de las polillas, de los pececillos de plata, del óxido, del moho y de los hombres con cerillas. El mundo estaba lleno de llamas de todos los tipos y tamaños. Ahora, el gremio de los tejedores de asbestos tendría que abrir muy pronto su establecimiento.

Montag sintió que sus pies tocaban tierra, pisaban guijarros y piedras, se hundían en arena. El río le había empujado hacia la orilla.
Contempló la inmensa y negra criatura sin ojos ni luz, sin forma, con sólo un tamaño que se extendía dos millares de kilómetros sin desear detenerse, con sus colinas cubiertas de hierba y sus bosques que le esperaban.

Montag vaciló en abandonar el amparo del agua. Temía que el Sabueso estuviese allí. De pronto, los árboles podían agitarse bajo las aspas de multitud de helicópteros.
Pero sólo había la brisa otoñal corriente, que discurría como otro río.
¿Por qué no andaba el Sabueso por allí? ¿Por qué la búsqueda se había desviado hacia el interior? Montag escuchó. Nada. Nada.

«Millie —pensó—. Toda esta extensión aquí. ¡Escúchala! Nada y nada. Tanto silencio, Millie, que me pregunto qué efecto te causaría. ¿Te pondrías a gritar «¡Calla, calla!» Millie, Millie?».
Y se sintió triste.
Millie no estaba allí, ni tampoco el Sabueso, pero sí el aroma del heno, que llegaba desde algún campo lejano y que indujo a Montag a subir a tierra firme. Recordó una granja que había visitado de niño, una pocas veces en que había descubierto que, más allá de los siete velos de la irrealidad, más allá de las paredes de los salones y de los fosos metálicos de la ciudad, las vacas pacían la hierba, los cerdos se revolcaban en ciénagas a mediodía y los perros ladraban a las blancas ovejas en las colinas.

Ahora, el olor a heno seco, el movimiento del agua le hizo desear echarse a dormir sobre el heno en un solitario pajar, lejos de las ruidosas autopistas, detrás de una tranquila granja y bajo un antiguo molino que susurrara sobre su cabeza como el sonido de los años que transcurrían. Permaneció toda la noche en el pajar, escarbando el rumor de los lejanos animales, de los insectos y de los árboles, así como los leves e infinitos movimientos y susurros del campo.

«Durante la noche —pensó—, bajo el cobertizo quizás oyese un sonido de pasos. Se incorporaría, lleno de tensión. Los pasos se alejarían. Volvería a tenderse y miraría por la ventana del cobertizo muy avanzada la noche, y vería apagarse las luces de la granja, hasta que una mujer muy joven y hermosa se sentaría junto a una ventana apagada, cepillándose el pelo. Resultaría difícil verla, pero su rostro sería como el de aquella muchacha que sabía lo que significaban las flores de diente de león frotadas contra la barbilla. Luego, la mujer se alejaría de la ventana, para reaparecer en el piso de arriba, en su habitación iluminada por la luna. Y entonces, bajo el sonido de la muerte, el sonido de los reactores que partían el cielo en dos, yacería en el cobertizo, oculto y seguro, contemplando aquellas extrañas estrellas en el borde de la tierra, huyendo del suave resplandor del alba».