El esclavo moderno – Anotaciones en hojas sueltas

Pero los trabajos y los milagros aún no van viento en popa. Ningún día trae una conclusión. Cada día aporta algo nuevo: tierras que despiertan. Una voluntad implacable impulsa a todos a trabajar. Nadie mira a diestra o siniestra. El trabajador moderno no encuentra tiempo para el ocio, ni siquiera para los dos consoladores primigenios, la religión y el arte. Enseguida le endilgan sucedáneos, estúpidas chucherías, reunidas de viejos tiempos con prisa y displicencia: ¿para qué gastar esfuerzo en ello? El esclavo moderno no tiene tiempo. En el curso de esa monstruosa vida laboral, unos cuantos artistas luchan por el complejo, casi inconcebible, problema del arte en esta era de fantasía, despreciando el seudoarte de nuestros días, creando nuevos valores, sin pararse a pensar en la burla pasmada y a menudo tan grotesca con que contempla las obras asombrosas ese hombre moderno tan hecho para su enorme trabajo.

¿Cómo podría ser capaz de reconocer el arte nuevo quien vive en el fragor de la calle?, ¿cómo podría, ante el estruendo de las maquinarias, escuchar las nuevas palabras? ¿Cómo podría llegar a los oídos de los trabajadores modernos el manifiesto —estupendamente técnico— de Marinetti sobre «La literatura futurista»? No nos asombra la incomprensión que nos aflige a nosotros y nuestros colegas, pues sabemos que llegará una época de madurez, de poder respirar, en que la gente reconocerá con dicha y asombro el trabajo artístico que aportamos a nuestros tiempos; y entonces habrá una vez más arte en Europa.
Nosotros sabemos distinguir el color de la forma, el objeto de la forma. Y se pueden mezclar el uno con el otro, pero hay que estar muy atentos al hecho de que no son lo mismo, sino tres mundos entrecruzados.
Antes todo era una sola cosa: forma, color, objeto, luego empezaron a distanciarse el color y el objeto: impresionismo (en su sentido más profundo), hasta que ahora se consiguió sacar a la forma en sí: ahora tenemos los tres elementos.

FRANZ MARC


Desde hace algunos meses me ha inquietado la duda ¿de qué se sostienen los poetas y escritores que no pueden vivir de su oficio? Sumergido en una situación artificial, he llegado a la conclusión de que no hay otra forma de llevar ambas vertientes en donde corre la apresurada existencia en la monstruosa vida laboral y la intención de detenerse a escribir, lejos de la simple existencia, ahí se advierte un atisbo de lo que debería ser la vida, un día a la vez, siempre un comienzo.

No puedo hablar más allá de mi experiencia. La necesidad y las circunstancias me han empujado a lugares en los que nunca creí trabajar: lavalozas en una cafetería, instructor en un zoológico y más recientemente, en una fábrica de envases de hojalata. Las fábricas y un tanto más los parques industriales me parecen lugares monstruosos que devoran personas y vidas en demasía, hago la anotación de «personas y vidas» porque todo comienza con un desgaste físico de la persona por las extenuantes  jornadas laborales que consumen de poco a poco la vida, (en términos más reducidos: la vida personal), los términos podrían sonar un tanto drásticos, pero no lo son cuando uno se enfrenta a las 12 horas de trabajo, bajo el yugo de los déspotas directivos, jefes de área y supervisores.  Desde el primer momento en el que uno entra a la planta, una sensación de opresión es perceptible en todas las áreas y en el rostro de cada trabajador, a veces puede pasar desapercibido con el cansancio en las miradas. Por supuesto, los directivos no dudan en dejar claro que uno es inferior a ellos. Y es que estos lugares en los que el trabajador recibe un trato indigno no han entendido que la única diferencia entre un puesto y otro son las responsabilidades; nadie es superior o inferior a nadie.

MARIO URQUIZA MONTEMAYOR