Crónica del desagüe en siete puntos – Reseña de Ulises Valdéz Martínez

Ulises Valdés Martínez (Zacatecas, 1995). Es Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM. Sus intereses de investigación se centran en el estudio de la literatura más allá de la inmanencia del texto, hacia los puntos de encuentro entre estética y política, así como a la visión de la literatura dramática y la poesía como portavoces de comunidades periféricas. Ha formado parte de diversos seminarios de investigación: entre ellos el grupo interdisciplinario “Géneros, textos, medios, sus fronteras” y el Seminario Permanente de Lingüística Histórica en la UNAM; así como del Seminario de Estudios de Lenguas y Literaturas Extranjeras en la Universidad de Verona, Italia. Actualmente se desempeña como profesor de Lengua y Cultura Italiana. El siguiente texto de su autoría es una reseña del libro Crónicas del desagüe, el más reciente trabajo del poeta Ezequiel Carlos Campos.

Crónica del desagüe en siete puntos

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En un tiempo antes del tiempo, en estas tierras, cayó un meteorito. La arena lo fue cubriendo, escondiendo un brillante tesoro. Oculto, pasaron milenios. En la última era llegó de lejos un dragón receloso, llamado por el aroma plateado, y reclamó para él las riquezas. Varios siglos se mantuvo ahí el primer dragón, sin darse cuenta de que su apreciada fortuna era tan solo la punta del iceberg. Aun más profundas, las vetas por las que se extendió el impacto del meteoro eran aún prometedoras. Como zopilotes, los dragones sobrevolaron la zona, maquinando cómo hacerse con el tesoro enterrado. Dragones como eran, el fin justificó cualquier medio. Y aquí estamos.         

De eso se trata Crónica del desagüe, o por lo menos esa es la historia sugerida en el libro y codificada por mi imaginación.

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“Aquí cayó un gran meteorito y nadie se dio cuenta”. Así comienza el segundo poema de Ezequiel Carlos Campos (Fresnillo, Zacatecas, 1994), planteando una especie de mito fundacional: Todos los zacatecanos intuyen lo que hay bajo la tierra que pisan. Un secreto enterrado en las profundidades son la razón misma de ser de estas ciudades. Desde entonces, lo que sucede en la superficie de nuestro estado, parece estar íntimamente ligado con las reservas que encubre su tierra. En mucho, Zacatecas es de cantera, de plata, de tierra roja, de cuarzo… siempre la tierra.

¿Por qué Zacatecas fue el lugar elegido para poner aquí la X en el mapa del tesoro? En palabras del historiador Bernardo del Hoyo, los múltiples fósiles marinos encontrados en Zacatecas parecen demostrar que el antiguo sedimento marino subió a la superficie gracias al impacto meteórico ocurrido hace más o menos 50 millones de años, que dejó su masa rica en plata. Al impactarse, fracturó la corteza terrestre y originó una serie de volcanes, cuyo magma en su trayecto a la superficie fundió el meteorito, creando las famosas vetas ricas de plata y minerales del distrito minero.

Este libro, como Zacatecas, está atravesado por la minería, lo cruzan vetas de minerales y lo perforan socavones. Muy lejos de las oscuras leyendas de minas de debajo de la capital, Carlos Campos elige un tema que bien podría ser objeto periodístico o documental (y de hecho sí lo es). En concreto: La situación de dos grandes empresas mineras en Mazapil, municipio al norte del estado, las cuales extraen, entre otros minerales, plata y cobre. Con esto, las consecuencias que ha tenido su actividad en las comunidades de esa región. Curiosamente, es bajo el lente extrañado de la poesía como lo presenta el autor.

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El impacto del meteorito abrió en la tierra grietas que se convirtieron en volcanes, y el calor derritió y distribuyó la plata en recónditos caminos. Cada vez más difícil de encontrar, cada vez más profundo, cada vez en lugares más insospechados. Incluso en lo hondo del semidesierto. El primer poema, sentencia: “Será un orgullo para esta tierra / que bajo estos desiertos se encuentre tanta riqueza. / —dijo el presidente de la República.”

No obstante, la historia no es lo mismo para todos. La naturaleza de ese tesoro se volvió siniestra, pues nunca pasó desapercibido ante los ojos de los más codiciosos. De manera que verso: “En el valle de Mazapil / había más plata y oro que el previsto” de pronto fue, más que una promesa esperanzadora, una amenaza.

Redescubierto como un monstruo, la perspectiva cambió. ¿Qué hace una comunidad ante la impasibilidad de una descomunal fiera que, con tal de abrir la caja fuerte, parece capaz de todo? ¿Cómo resistir a él, si se adentra hasta por la boca, mezclando su saliva salada y pesada con el agua potable? (esta metáfora es del autor).

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Además del valor periodístico, la repercusión política, o la discusión ética que se desprende de los hechos plasmados, es de valorar también la búsqueda de Carlos Campos para encontrar las metáforas necesarias que permiten proyectar y asimilar la experiencia del Otro. Las páginas del libro dan cuenta de una poesía renovada, limpia y clara como agua potable y, sin embargo, llevando en la corriente una situación difícil de tragar.

Edgar Allan Poe se preguntaba cuál podría ser el tema poético más poético de todos. Nuestro autor demuestra que no hay necesidad de buscar en lo insondable, sino solo voltear hacia donde parece que nadie mira.

Sin necesidad de explorar o profundizar sobre la universalidad de las pasiones, sin desbordar en la emoción (y mucho menos la personal), sin filosofar, romantizar o sublimar, muy lejos de un lenguaje oscuro o encriptado, el autor más bien aterriza en su propio entorno y nombra directamente, delimita su referencia. La poesía no sucede en el fondo oculto de su alma, ni es originada por la musa o la rosa mística. La poesía de este libro sucede en Mazapil, municipio del noreste semidesértico de Zacatecas, durante los dos sexenios presidenciales anteriores y hasta ahora.

En la obra conviven, por un lado, un estilo que me atrevo a llamar “periodístico” por ser claro, sencillo y directo, casi estadístico, y responder puntualmente qué, quién, cuándo, dónde y cómo; con uno poético que escarba en busca metáforas, imágenes o evocaciones sonoras.

Nadie espera encontrar en un poemario palabras como Comisión, Concesión, Condonar, Contrato, Corrupción, Distribución, Empresa, Estado, Impuestos, Municipio, Permisos, Responsabilidad social; pero en Crónica del desagüe sus significados se diluyen, pues fuera del entramado gris de la burocracia, evidencian su incompatibilidad con las experiencias y vivencias de los pobladores de Mazapil.

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El poemario nos deja ver la situación como en un tablero de ajedrez. Permite ponerla perspectiva y las reconocer las distintas condiciones de los jugadores. ¿Quién está moviendo las fichas? Desde una visión aérea podemos reconocer cuál es la dinámica de poder entre los involucrados, cuáles son las posibilidades de unos y de otros.

En los poemas de Carlos Campos, la distinción entre “ellos y nosotros”, “aquí y allá” es patente. Al elegir la mirada, el periodista —o poeta— toma partido, a pesar de que se ubique tras un lente 50 milímetros.

Todo es oposición o contradicción: en Mazapil, mientras para unos el agua se vuelve valiosa y deseada como pepitas de oro, para otros, puede correr y correr mientras deciden si usarla. Mientras unos pagan por sus derechos, a otros condonan impuestos millonarios. Mientras unos ya tomaron las decisiones, otros son solo avisados de ellas.

Este juego de oposiciones tiene lugar a lo largo de todo el poemario, pues el contraste hace más evidente la naturaleza de las cosas. En el semidesierto tal vez la sed no sea cosa extraña, sin embargo, cuando ponemos, simultáneamente en el escenario, grandes conductos que desvían litros y litros de agua que el sediento nunca beberá, entonces la sed adquiere un carácter atroz. Un desierto en el desierto.

Para extender la idea de una sequía severa, el autor elige únicamente metáforas marinas. Esta oposición casi dolorosa trae de nuevo esa sensación de extrañamiento: queda el fantasma del agua, como un miembro amputado; el espacio que ocupaba queda vacío, pero su ausencia ocupa un lugar físico, perceptible, siempre en la frontera exacta entre el estar aquí y el ser despojada.

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La crónica está dividida en cuatro secciones: en la primera y la tercera, “Peñasquito” y “Salaverna”, el lector se puede encontrar con estampas, pequeños fragmentos de vida que, como postales de una ciudad turística o, mejor dicho, antipostales, muestran los momentos álgidos de una realidad angustiante y resiliente. Como explorando una zona abisal, cada poema es una cruda fotografía (no es difícil imaginarlas en blanco y negro, como parte de un excelente fotorreportaje). En ellas aparecen a veces rápidas panorámicas o bien planos-detalle reveladores.

Las partes segunda y cuarta, “Desagüe” y “Naufragio”, deben su nombre a un elemento presente todo el tiempo en el poemario gracias a su agobiante ausencia. Gota a gota el agua cambia de manos y de tuberías, y cede su lugar a un lecho marino desecado y polvoriento, en el que, irónicamente, aún es posible naufragar.

A las fotografías se intercalan imágenes sonoras, evocaciones de algo que parece sonido, pero también silencio: el eco frío de las cañerías sin agua, el vacío resonante de una gran abertura en la tierra, la reverberación atrapada en una concha marina, la arena movida sutilmente por el viento sin ningún testigo, el crepitar de la antesala del infierno (todas imágenes de Ezequiel Carlos Campos). La última sección del poemario es una especie de epílogo en ruido blanco, desarrollada en un mundo posible donde el viento sustituyó en todo al agua y se “respira para saciar la sed”.

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¿Es necesario conocer a fondo los casos mencionados para comprender los poemas? Definitivamente no. El libro mismo da, sin pena, los datos duros necesarios para entender el asunto. Es decisión del lector si, movido por la incredulidad, por la necesidad de reconocer qué fue metáfora y qué información, decide hacer una búsqueda sencilla y encontrar una buena cantidad de artículos y entrevistas al respecto. Recomiendo en definitiva volver al texto tras esta fugaz investigación y se encontrarán los poemas más claros y luminosos.

Son muchas las virtudes del texto:

  • La calidad formal.
  • La elección de la voz, que da su lugar a la perspectiva de quienes han sobrellevado los hechos.
  • El lenguaje transparente y accesible.
  • La discusión en torno a un tema íntimo a todo zacatecano-mexicano.
  • El uso de la poesía como mesa de diálogo.
  • La voluntad de hablar directa y concretamente, sin colocar máscaras.

Me atrevo a decir que la poesía de Crónica del desagüe no pretende explorar la Verdad, sino que, sencillamente, es verosímil y además verídica. Sumado a todo esto, hay un posicionamiento del autor, que se asume en su contexto con responsabilidad. Es un texto responsable porque no romantiza ni observa con incomodidad los hechos que muestra, mucho menos apela a la compasión. Por el contrario, usa la maleabilidad del lenguaje poético y la transparencia del lenguaje periodístico para intentar reflejar la experiencia de Salaverna y de las cercanías de Peñasquito.

He atestiguado las distintas publicaciones del poeta, quien ha explorado en cada una algún ámbito o esfera de su entorno, traduciéndolo poética o narrativamente y, sin duda, estoy ansioso por ver qué esfera sigue por explorar. Cuando lo conocí, dijo “quiero ser escritor”, y hoy puedo comprobar que “es un escritor”, ¿Quién más continuaría buscando, en medio del desierto, un oasis?

 Ezequiel Carlos Campos, Crónica del desagüe, 
 Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López Velarde”, México, 2020, 94 pp.