MARELA. Ciudad para los mil ojos [2] – J. Andrés Herrera – Audiolibro en voz de su autor

CAPÍTULO II – RODAR LAS CALLES DE MARELA

ESTATUA DE LA BALANZA

Por una glorieta, irrumpes en la ciudad en autobús y observas cómo Marela es un homenaje a la justicia y una curva sensual tipografiada en la estatua central. Miras remolinos, curvas y calles llenas de cantores, que cada año cantan con amor a las flores y profesan la justicia en La Balanza. Tomados de la mano, a fin de año, hay que cantar para pedir la paz, para ajusticiarse la herida. Todo ofrecido al girar 360° alrededor de la glorieta. Estatua, en lugar de balanza pareces dos labios, que se aprietan, fingen y para engañar seducen con su geometría divina. Sensualidad sin cuerpo ni boca. Labios que se comunican con el ápice de la lengua. Eres una erótica de la justicia que reprime algo bajo sus líneas. Finalmente te llamas Marela, ciudad naciente en llamas, de poca gente, que camina lento, que calla y que anda a pie, en pos de una estatua, para exigir el susurro de su justicia.

PALOMA NEGRA

La morena canta a todo gañote el pesar de la paloma negra
y arranca la motocicleta.
La miro por el espejo y grita: «¡Paloma negra, paloma negra!»
Aletean sus labios bajo el casco.
La ciudad nos atraviesa a 80 kilómetros por hora.
Calores, vientos y calles para dos.
Una calle para dos, por favor, maese.
¡Qué importa que todos estén muertos!
Recorremos Marela en una calle para dos.
Tras la guerrera de la moto, me siento protegido.
Ella agita su mano y ladea el volante.
Estamos en la universidad: aerotaxis de primer nivel,
bibliotecas de cien pisos, el invernadero más grande del mundo
con nochebuenas, cacao y agaves,
y el último aviario que conserva momotos vivos.
La morena me mira de reojo: «Ya llegamos, pequeño, no hables».
Se quita el casco y parece que ronronea: «¡Paloma negra, paloma negra!»
En el estacionamiento de su facultad hay mantas, pintas y esténciles:
Devuélvannos el agua, regresen las plantas y traigan a los desaparecidos.
En la cercanía de una banca que parece que sangra
se reúne un grupo de estudiantes de biología.
La morena hace el intercambio con ellos.
«¡Cinco mil pesos!», grita.
Una pistola parece que brota de sus labios, pero soy yo quien dispara.
Corremos a la motocicleta, subimos de un salto,
acelera a 120 por hora y rebasamos las cafeterías flotantes.
Salimos de la Ciudad Universitaria con cinco mil pesos y un muertito en la conciencia.

La tarde es larga.
Camino abajo, la morena vuelve a cantar mientras me guiñe un ojo desde el retrovisor.
Jamás vi una motociclista tan guapa.
Calle para dos, maese, en Marela.
Y sus labios se mueven: «¡Paloma negra, paloma negra!»

CRÓNICA DE UNA MEGALÓPOLIS BÁRBARA

Yo conocí un pueblo ávido
de cantar en esdrújulo
y me volví fanático,
pues recorrí su caótico
mundo del todo asfáltico.
Marela es ese cúmulo
del ir y venir mágico.

Para que exista el músico,
el camino y su escrúpulo,
según demuestra el cálculo,
es necesario el hábito
de haber humano estólido
y su pensar fantástico.

Simpático el universo,
único al que no debió dar
místico canto por falaz,
entrogóselo al humano.
Patético resultado:
pájaros no son los hombres,
épica no fue su vida,
errático es su camino,
efímeros son sus pasos.

Magníficos camposantos,
habitáculos eternos,
páginas que dejaremos,
son clásicos de estos pueblos.

Todo lar cosmogónico,
sea en Marela o excéntrico,
tiene un panteón histórico
donde va todo cántico.

Mi hogar no es categórico.
Sólo tengo un cubículo
para quedar estático,
descansando mi acústica.

Con dos metros sin ángulo,
sobre la piel un bálsamo,
con un grito carnívoro
y la risa de un cínico,
yo voy a dejar mi cáscara,
que se pierda en la atmósfera.

Ya que también soy cómplice
del mal de humano género
y con otro mal íntimo
que opone nuestro cántico
al del imperio avícola,
moriré como es lógico
según cuenta el oráculo:
con competencia acérrima,
dueño de un tiempo mínimo,
desprendida mi erótica,
silenciaré mi cólera,
perderé mi andar cósmico,
pero cantaré el ímpetu
de Marela sin mácula
con su devenir áurico.

Yo conocí un pueblo ávido
de cantar en esdrújulo…

VENDEDORA DE ESCARLOTA EN LAS CALLES DE MARELA

Llegó al mundo en un pueblo, creció en un suburbio
y ahora vive en un residencial industrial de Marela.

Vende de calle en calle sus nanches,
sus ciruelas, sus vainas y sus escarlotas;
vende sus nopales, su flor de calabaza y su escarlota.

Maldita la rabia cuando un policía la mira:

«Maldito el veneno de escarlota que tú vendes.
Marela ya no baila en la Estatua de la Balanza,
los trenes del subterráneo ya no sirven
y pocos comen comida verdadera.
Todo por culpa de ese veneno de escarlota que tú vendes».

«Yo no vendo veneno de escarlota ni detengo trenes.
Yo no bailé en la Estatua de la Balanza
porque cuando nací este pueblo no era parte de Marela».

«Méndiga envenenapueblos».

«Yo, señor, soy de las pocas que comen comida verdadera.
Siembro maíz pa’l huitlacoche, calabaza por la flor,
yerbabuena, poleo, menta, perejil y cilantro para el cuerpo.
Yo tengo mis nísperos, mis nanches, mis guayabas y mis huajes».

«Méndiga envenenapueblos».

«Sepan cuantos quieran acercarse a esta carretilla
de los mares violentos de jamaica,
de los terrenos tupidos de jícama con su semilla venenosa,
sepan del jitomate que sembramos en Santa Catarina,
sepan de los mangales, chicos y mameyes junto al río,
y sepan que también siembro la escarlota».

«¡Bastarda! Sepan cuantos deban retirarse
a sus aerotaxis, a las cabinas subterráneas, a las playas
y a los helipuertos, que aquí no ha pasado nada.
Esta señora delinque y la haré pagar por sus faltas».

En torno a la carretilla
pasa la gente sin mirar siquiera

y un crío que no se conforma con el nanche robado
regresa y se lleva un fruto de escarlota.

«Escucha, envenenapueblos,
me das la mitad de tu mercancía
y el dinero que tienes.
No quiero que vuelvas.
Si te veo por estas calles,
te llevaré a la comandancia».

«Llévate a ese chamaco.
Yo no te doy más que un cuarto de escarlota.
No te daré ni un centavo
y a él acúsalo por robar mi carretilla.
Así quedamos a mano.
Pasaré aquí todos los días con mis frutos
porque soy mujer que trabaja la tierra.
Lárgate ya con el escuincle,
no vuelvas a molestarme que soy jefa de este barrio
y lo saben en todo Marela».

Ahí va el encapuchado tras el niño
y lo detiene, según la ley por robo,
con una daga en el pecho y un escáner en los ojos:

R. Jaramillo.
16 años.
Desocupado.
Adicto a la escarlota.