MARELA. Ciudad para los mil ojos [3] – J. Andrés Herrera – Audiolibro en voz de su autor

CAPÍTULO III – SOBRE LAS VENAS DE ESTA TIERRA

AHORA SÍ LLEGO AL FINAL

Yo soy R. Jaramillo y nací en Marela. En mi pueblo la gente caminaba lento. En mi ciudad había un pueblo que tenía muchas coníferas. Y vi los grafitis que pintaron primero en el cemento como vi los grafitis debajo del cemento cuando era el tabique al rojo vivo o los bloques con sus tripas de acero, y vi aun antes cuando las láminas, los cartones y las corcholatas cayeron, cedieron el paso a los grafitis que hoy me guían para no ser sorprendido en una esquina. Dieciocho mercados hay ahora, ningún centro de salud, dos canchas y tres edificios. Cuarenta y cinco rutas distintas atraviesan mi pueblo, catorce aerotaxis, quince microbuses y dieciséis combis. Aquí no entran megabuses porque esos se subvencionan en centros educativos y financieros. Recuerdo el silencio de las calles que ahora sin drogas —sorprendinol, escarlota, aniquilina, los «nomeolvides»— no soportas: destazados en bolsas, colgados de puentes y masoquistas que piden dinero en el metro a cambio de herirse. Un metro pasa por mi pueblo. Pasa por debajo y las casas se hunden, pero no hay estación en mi pueblo, sólo hay centros subterráneos. Bajo del autobús, sigo el camino hasta las escaleras, desciendo y me formo en la cabina de suicidios con un cigarrillo en la boca. «Un día va a reventar/ esa sangre que te guardas adentro», le cantó un viejo poeta a esta tierra. Una mujer ronda la cabina, masoquista que sobre los vidrios se abalanza, los restos de botellas le rasgan los pechos en la manta y pide dinero. Quiere completar para un boleto. Antes, antes del subterráneo, éstas eran las calles enlodadas donde anduve en bicicleta y jugué a ensuciarme. Ahora estoy sucio de veras. Saco el humo, la mujer se va sin recibir un quinto y la fila para la cabina de suicidios avanza en el subterráneo sin metro de un barrio de Marela.

VISITANTE PERDIDO EN LAS VENAS DE MARELA (2047)

«Dicen que cuando un robot muere,
a pesar de los avances en la electrónica y la cibernética,
su cerebro sigue vivo durante cinco segundos»
Tratado de los autómatas
Charles Darwin

¡King-dom – King-dom!
Gira el pasillo a la izquierda.
Un despampanante grupo de luces enceguece.
No se puede ver a todos.
Hay sobrepoblación humana,
pero hay más luces que gente.

¡King-dom – King-dom!, segunda llamada.
Los gritos revientan pasillos.
Unos imbéciles le arrancan un cable
a un muchacho que gritaba groserías
en el éxtasis de las «nomeolvides».

Como el gusano báxter
no sólo duplica datos infectados
sino que alerta para que te entretengas
mientras te destroza el resto del cráneo,
aquí todos bajamos la cara,
almas cobardes que sólo anhelan
ficciones con luz, con cables, luchas o drogas,
mientras esos imbéciles nos roban también el dinero,
mi entrada y un paquete de escarlota.

¡King-dom – King-dom!, tercera llamada.
Me escabullo entre la masa
pero a los ojos de los vigilantes nada se les escapa.
Este, ese y aquel no traen boleto.
Como un desmayo, de pronto,
abro los ojos en una maraña de luz.
Parece que me sacaron y no vi qué robots se liberaban,
pero las luces no me dejan saber qué pasa.
Se derriba un ángel de entre en medio de los tantos pisos
por encima de mi cabeza.

¿Cincuenta, cien, doscientos niveles llenos de locales,
pasillos y luz, sobre todas las cosas, bajo tierra?

¡King-dom – King-dom!, al centro.
Gritan, aplauden, escupen.
Yo estoy en medio del ruedo
y desde arriba, en cada pasillo, nos observan.
En mi mano izquierda tengo un sello rojo,
que para los efectos de mi droga parece que florea.
¡Oh canto de las madres cuando hubo flores verdaderas!
¿Y yo, soy verdadero?
Pero el sello es claro a pesar de los estímulos:
Propiedad del Instituto de Salud Nanointegral
Se dieron cuenta de que soy un cableta que nunca sale a la superficie
para pasar incógnito en los subterráneos de Marela.
Mis últimos recuerdos son de las madres del convento
donde los primeros años de mi existencia despaché comida.
Cincuenta años de esclavo
cambiando de carcasa cada que ya no les servía.
Cae el ángel sobre mí.
Robot que se liberará si me gana la batalla.
Las tantas luces de los tantos pisos
no me dejan ver, aunque ahora sí sé, qué pasa.
Cierro los ojos.
Por fin se agota la tortura
que se le puede aplicar a una máquina.

¡King-dom – King-dom! Mi contrincante gana.
Uno,
dos,
tres…
000101.

TREN 19

En el Tren 19,
del oriente al poniente de Marela,
suben miles de personas
listas para purificarse.
Hay lujos, mares,
llanos repletos de escarlota,
paisajes húmedos,
hongos y volcanes nacientes.
El agua que te moja, alivia;
el aire que te toca, salva.
Puedes asomarte
por la ventana subterránea
y mirarás dónde florece la tierra,
su germen, su semilla y las agallas
de los peces que nadan en sus aguas.

En el regreso del Tren 19,
del poniente al oriente de Marela,
nacen peleas entre los pasajeros
porque regresa el doble de viajantes.
Muchos portan máquinas nuevas
y otros traen las ansias alteradas.
Pocos se miran las caras
y, cuando se miran, descubren
que traen el alma desdoblada.
Son ellos mismos,
———son el germen y la tierra,
——————–son la raíz y la semilla,
—————————–son el pez y el agua.

Todo el que sube al Tren 19
se da cuenta de que lo más bello en Marela
es el viaje donde regresas con el alma rota
y la sensación de que la libertad es un simulacro
que ocurre cincuenta metros bajo tierra.

VOZ DE PROFETA

Marela, para que te incendies: tus entrañas.
Un día va a reventar
esta sangre que te guardas adentro
y vas a bañarte en porquería.
Pero deja que en tus aguas
hiervan los cuerpos.
Pero deja que en tus aires
vuelen los elegidos.
Pero deja que en tus carreteras
se pierdan las almas
y que en tu muerte
todos cantemos a una estatua.
¿Será la paz?
¿Será la justicia?
¿Serán labios o balanza?
¿Por qué callan?
Desde estas cuevas subterráneas,
vas a renacer, a imitación del Fénix,
en el fuego que avivan tus coladeras.
Como los drogadictos que viven en ellas,
no dejes que se te pudran las venas, Marela.

VISITANTE PERDIDO EN LAS VENAS DE MARELA (1990)

Paseé por calles de olor fuerte
a clavo, comino y albahaca,
a nanche, guamúchil y ciruela,
a mole, atole con panili y torta de nata.
Paseé por una ciudad que era muchas ciudades
y, de tan grandes, las puertas no cerraban.
Había aviarios como había aerotaxis.
Había un puerto como había un valle repleto de caña.
Bebí aguas dulces de un río donde abundaba el bagre
y comí el pápalo de su tierra caliente como comí la chirimoya de su tierra alta.
Llegué el día en que abunda la fruta prohibida
que se da sólo en estas tierras.
Era el día del canto a la ciudad en torno a la glorieta de La Balanza.
Canto de carne que goza los labios que la estatua no encarna.
Daba unos pasos y me servían pulque curado de escarlota.
Avanzaba otros y era escarlota con caña.
Bajaba la cara y había garrafas de mezcal de escarlota.
De toda Marela, venían a bailarle a la estatua,
entre gritos de locura, bajo las despampanantes luces.
Todas las comidas pasaban ante mi cara y yo volaba con la danza,
con chicha de maíz y escarlota, con quesadillas de flor de calabaza.
Ya de madrugada, descendí al Tren 19 que atraviesa la ciudad
de oriente a poniente en un abrir y cerrar de palmas.
Embriagado por aquella urbe, recordé los versos del poeta muerto
«Yo te voy a descubrir las entrañas cuando estés vieja, Marela,
pero hoy reposa, ten paciencia y descansa.
Sé la ciudad naciente que le canta a una balanza».
Llegado al piso subterráneo del hotel más exquisito de Marela
—repleto de luces, ¡vaya ciudad de vanguardia!—,
pienso que quizá el diablo de la escarlota le cegó la vista al poeta
o me la ciega a mí porque esta urbe me parece la gloria y la paz materializadas.
Cerré los ojos en Marela para soñar, aunque parece que ya soñaba.
Quise contar borregos: uno, dos, tres, cuatro, cinco,
y me quedé dormido en la ciudad de la eterna salvación,
que en vez de Marela pudo llamarse Nirvana.