Poesía cubana. Un poema de Daniel Díaz Mantilla.

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Daniel Díaz Mantilla (La Habana, 1970). Licenciado en Lengua Inglesa, narrador, poeta, ensayista y editor. Ha publicado Las palmeras domésticas (narrativa, Premio Calendario 1996), en·trance (narrativa, Premio Abril 1997), Templos y turbulencias (poesía, 2004), Regreso a Utopía (novela, 2007), Los senderos despiertos (poesía, Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas 2007), El salvaje placer de explorar (cuentos, Premio Alejo Carpentier 2013, Premio de la Crítica 2014) y Gravitaciones (poesía, 2018). En proceso de edición se encuentran sus libros Escribir en crisis (ensayos) y Cien gotas de lluvia (ficción-ensayo-poesía). Sus textos aparecen con frecuencia en las revistas culturales cubanas y se incluyen en antologías publicadas en varios países de América y Europa.

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La mitad oculta

Para Lázaro Saavedra, por su Detector de ideología.

Dicen que toda bestia lleva dentro un domador.
Dicen ―diez mil veces al día―
que todo domador es una bestia rendida.
Tal vez sea verdad, después de tantas repeticiones:
acostúmbrate al arnés, no es tan terrible el grito, no duele tanto
el terrón de azúcar al final de la batalla.
Aprende a anticipar la voz de mando, aprende a mandar
y practica solícito los refinados movimientos
de la bestia con el látigo de sueños.
Un día tendrás que enfrentarte al aparato,
cerrar el círculo que une los extremos de su escala,
desnudar la mitad oculta y el resorte.
Un día tendrás que domar a esos jueces,
arrancarles un aplauso delirante, una ternura.
Tendrás que desarmar tu alma y reensamblarla,
saltar por el aro de fuego, sonreírle al detector
(al domador) de ideologías,
guiar la aguja más allá de los límites
como una brújula loca.
Por eso, un poco de ingeniería inversa es conveniente:
agarra el látigo, golpea frente al espejo tus miedos,
tus sueños, tu esperanza.
Dicen que toda bestia lleva dentro un domador
y eso seguro es verdad, seguro es verdad, seguro.
Lo dicen: que todo domador es una bestia solícita,
un círculo, un instrumento rendido
al arnés de los aplausos, a la sonrisa delirante, al fuego
en los extremos de la escala.
Un poco de ingeniería inversa es conveniente:
desnuda la voz del loco, su sonrisa
y desarma tus miedos, tus sueños, tu esperanza
(eso seguro es verdad, seguro),
por eso agarra el látigo y golpea
frente al espejo tu alma, tu aparato, tu resorte
diez mil veces al día.
Salta por la brújula de azúcar, acostúmbrate
a los límites, a los extremos jueces, al refinado
grito de mando en el espejo.
No duele tanto el terrón de fuego
atorado en la garganta.
Lo que duele es la solícita, la oculta, la reensamblada
ternura de la aguja, el aplauso delirante
al final de la batalla.