MARELA. Ciudad para los mil ojos [5] – J. Andrés Herrera – Audiolibro en voz de su autor

CAPÍTULO V – VETE COMO VENÍAS MAÑANA

EN MEDIO DEL ESPEJO…

En medio del espejo te observa otro que ya no eres. En ese instante, ese que viste, estuvo aquí. Te miró de frente y no te reclamó nada. No te reclama nada porque ésta es la tierra que te deja. Podrías reclamarle tú. Podrías reprocharle tú esta cara, pero no le reclamas nada. No puedes reclamarte nada. En silencio, te acomodas la camisa, el pantalón, los zapatos, el cabello y el cuello. Nunca tu porte maduro te vino tan bien. Por un momento, ese que eres te reprocha tanta vanidad desde el espejo. «Más vale que estés alerta», dialogas con tu vieja sonrisa y mascullas en serio: «Más vale que estés alerta». Te miras duramente a los ojos. No tienes que reclamarte nada. Abandonas el espejo y abres la puerta: veinte pisos hasta la calle en esa escalinata de metal. Afuera, un letrero miente:

R. Jaramillo
«Profeta»

Peldaño a peldaño, las brasas se hacen más tupidas. Vas camino a la muerte de Marela. Vas a
ver si estás en otra parte. A ver si sobrevives al fuego y te encuentras.

CANTO QUE SUEÑAS

De la astronomía de Marela, los gigantes de gas;
de la arquitectura de Marela, la morada de los dioses;
de la poesía de Marela, la semilla de escarlota;
de las alturas de Marela, un océano de aeromóviles;
de las llanuras de Marela, los niños que juegan a romper vidrios;
del centro de Marela, los vendedores que bajan del cerro y no regresan a su pueblo;
de las camas de Marela, la descendencia de una especie fracasada
de las barrancas de Marela, el canto que se esconde al turismo: miles de mujeres muertas;
de los subsuelos de Marela, los asilos para el alma;
de las aguas de Marela, el desierto ante la sed;
de las calles de Marela, la mirada que busca en el plato una respuesta
pero devora el bocado antes de hallar el hilo que todo lo revela.
¿Qué te han dado los humanos, ciudad vieja?
Y si nada te dieron, y si no eres antigua tierra
de otras razas que también llamaron a sus pueblos Marela,
entonces, no mientas, no eres nada.
El humano te dio todo, te fundó con un nombre y una lengua,
y, ya creada, te superpusiste a milenarias reglas
de gramáticas secretas y geometrías divinas.
Impusiste tus gastronomías nuevas.
Agotaste las aguas con altas montañas de acero y arena.
Derrotaste aquellas místicas del ser
que hablaba con otros seres y la tierra.
Nos impusiste un amor imposible
entre el niño Ahuicpa y la Ña’á tikuii.
Te acabaste el aire, Marela,
con tu humo artificial de cometas
cayendo sobre las aguas.
Pero tienes una historia donde ya nada la tiene.
Cuentas de animales vivos donde ya no existe la carne
ni tampoco importa;
pero tienes una historia.

Finalmente, te llamas Marela,
ciudad agonizante en llamas,
fundada por personas de paso lento,
perdida, como todo lo que vanagloria,
de las proyecciones humanas, en la nada.

ROMANCE DEL DESORDEN PÚBLICO

«Y esta noche dedicada para los amigos de las cabezas flotantes
y los amigos de los ojos rojos»
Tu cabeza
La matatena

Cuentan hazañas pasadas
tus héroes, su revolución.
Estas haciendas repletas,
no solamente de caña,
sino de gente con maña
de saqueador bigotudo,
lampiño, claro o moreno.
Todos al parejo matan,
degüellan, desuellan, vivos,
muertos, hasta revividos,
sorprendidos en el sueño.
En tus toxinas locas, tierra,
siempre hubo quien quisiera
alzarle la mano al otro.
De revolucionarios y
ferrocarrileros hasta
electricista y estudiante,
más aún, neonazis en huelga,
y hoy sicarios robots, nenas
programadas como diosas
del sexo, de la escarlota,
mas también de la tortura,
andan en ti, tierra loca.
Pero no te asustes, que no es
poca cosa tener muertos
en tus universidades
ni en esa glorieta que fue
símbolo de la justicia
y una erótica sin cuerpo.
Ni las cabezas aún sangrantes,
ni los colgados en puentes,
ni los amigos perdidos
en las plazas de tus centros,
ni mujeres en barrancas,
desnudas y sin los pechos,
ni siquiera los cabletas,
esos robots insurrectos,
que se esconden bajo tierra;
claro que no, no te acaba
tu historia ni tu humanidad.

Ella te canta en romance
porque es tu escuela el corrido.
Bebe un preparado inocuo
de cacao, café y escarlota,
en la cadena más cara
de restaurantes flotantes.
Ella mira en la ventana
tus calles sin gente andante,
saturada de móviles
por encima, por debajo,
incluso están en el aire.
Suena música en la calle
como la suma de ciudad
que entre tu expansión eres
de otros pueblos y ciudades,
pero también con cítara
y bouzouk del restaurante
surge la magia del ruido.
Ella compone tu canción
ya sin las viejas haciendas
que asoleó Heraclio Bernal,
ya sin los parajes altos
donde se guardó Zapata.
Bebe su infusión especial,
escucha música árabe,
en el restaurante que flota.
No le importas en realidad,
infame ciudad Marela,
aún apestas allá afuera.
¡Y sigue la yunta andando!

MARELA, QUE SE INCENDIA PARA TI

Ciudad irreal, Ciudad irreal, ciudades irreales,
ciudad desnutrida, ciudad desdentada,
ciudades al carajo con sus universidades,
sus joyerías, sus playas y sus aerotaxis.
Ciudad sin vanguardias, ciudad podrida en cables,
ciudad envenenada en frutos.
Y no, la decadencia de tu cuerpo
nunca fue la escarlota;
y no, no era la cadencia de tu cuerpo
el baile en torno a la glorieta.
Eres la ciudad imaginada,
la irreal ramera edificada,
todos los poderes mayestáticos de Tenochtitlan,
toda la arrogancia de nuestra estirpe cimentada,
toda la vanguardia de Cuauhnáhuac,
toda la residencia donde se erigió el Palacio de Cortés,
todas las piedras del Templo viejo Teopanzolco,
todas tus aguas mansas, sean playas, ríos o lagunas,
todas tus aguas quemadas, sin naves ni bahía, ni mojarras,
todas, cuando aún eran aguas, llenas de cadáveres.
Y no, repito, no es culpa de la escarlota tu desgracia.
Eres toda tú, ineptitud amada, ensueño mal logrado,
mujer esperada tras el velo del opio,
belladona del cuento del borracho de la esquina.
Eres una ciudad sumergida, un perro famélico
que le ladra a la ventana donde hay un hombre solo
y éste al salir se da cuenta de que también es un perro
y estaba solo, ladrándole a una ventana.
Eres el sueño dorado de una espiga
que ya no brota más ni reverdece, ni se levanta,
ni busca la luz, ni siquiera se estanca.
Eres sueños fragmentados en cables,
miles de datos borrados con una tecla.
Eres el polvo que se quita con una pasada.
Estás muerta, eres una pesadilla, una maledicencia
y un dolor en la entraña,
que revienta.
Ya no hay nada.
Ya murieron los grandes campos
y tus grandes compañías,
tu Torre de Marela Inc y tu Barrio Lite,
tu antigua glorieta y su maldita Balanza,
los amores fictitios de Ahuicpa y la Ñaa tiku’ui
y se murieron tus batallas bajo tierra
junto al mercado de sabores de tu…
ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal,
ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal,
ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal,
ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal, ciudadirreal…

EPÍLOGO

VUELO DE FÉNIX

«Los fuegos inundaron todo, las aguas se secaron todas…»
Canción popular de Marela

Las aves caminaban como estatuas, las estatuas caían como edificios, los edificios volaban como aves; las aves desprendían sus alas, las estatuas ahogaban su miedo, los edificios planeaban entre incendios; las aves se iban de lado como edificios, los edificios enmudecían como estatuas, las estatuas perdían las alas como aves; los edificios eran carros de fuego, las estatuas volaban en bandadas de polvo, las aves eran llamas que a veces se retorcían bajo los escombros. Nada renacía del fuego ni los jardines florecieron entre pedazos de concreto.

No te perdí al recorrerte, Marela.
Eres el azar en la articulación de unos fonemas.
Eres el beso lejano de las vocales abiertas.
Te miro destruida y te veo detalle a detalle simultáneamente.
Existes derruida allá afuera y llena de esplendor aquí adentro.
Termina de pronunciarte mi boca, pero no mi mente.
Nada conocido puede ser breve.
Aunque estés bien lejos, aunque perdieras tus aromas, aunque te hayamos cerrado la boca,
yo no te olvido,

Ma

re

la