Poesía de Costa Rica – Lovesun Cole

Lovesun Cole es un joven poeta costarricense de 20 años de edad, con estudios realizados en la Universidad de Costa Rica; bachillerato y licenciatura en la Enseñanza del Castellano y Literatura. Comenzó a escribir a edad de los 17 años, lo hizo como una terapia para externar sus sentimientos, mediante la poesía. Su género es libre, no obstante, también escribe algunos relatos de diferentes temáticas. La revista Hiedra, de México, lo publicó en una de sus ediciones y apareció en la edición número 110 de la Revista Azahar, de España, además de en la Revista Santa Rabia. Participó en el Segundo Encuentro de Poesía Joven De Costa Rica. Ganador del Festival Estudiantil de las Artes (FEA) en el año 2019, en género de poesía. Joven multifacético que ha desarrollado actividades artísticas: músico, cantante, actor. Cualidades que utilizó en el FEA en el Liceo de Moravia, siendo estudiante en aquella época. Lovesun escribió un sentido poema que tituló «Oda por la despedida», en agradecimiento al apoyo de sus profesores de esa magna institución.

El joven costarricense nos sorprende por sus diversas cualidades, ya que es locutor certificado por el MICITT, tuvo la oportunidad de grabar tres anuncios comerciales de radio y televisión, así como realizar prácticas profesionales, con muchas voces reconocidas de Costa Rica. Profesores como Mario Alberto Cañas, en el ámbito de la locución, y Minor Ruíz Gutiérrez, en el campo del teatro, por mencionar algunos nombres, y que son de gran aprecio para nuestro joven talento. Estudió en el Instituto De la Comunicación, San José de Costa Rica, mismo que le otorga el certificado a excelencia. Su deseo es poder continuar con sus estudios y sus aspiraciones para poder doblar películas, vídeos juegos, series animadas y de televisión.

Realizó también actuación en el año 2019, participando en la obra titulada «El psiquiatra», una comedia de gran éxito, y teniendo que ser suspendida sus siguientes presentaciones debido a la pandemia que nos aqueja. Comenta el artista que todas estas experiencias le han ayudado en diferentes ámbitos de su vida, como en la expresión oral y corporal, además de convertirse en un ser humano más íntegro. Agradece al profesor Minor Hernández Jiménez todo su apoyo. Anhela continuar con sus proyectos artísticos de locución, música, canto, actuación y escritura.

EL YUGO

Cuando los relojes de la media noche prodiguen
un tiempo generoso,
iré más lejos que los bogavantes de Ulises.
Jorge Luis Borges.

Paralelo de maravillosas realidades,
que coexisten en escasos minutos,
al lanzar la esperanza al abismo:
esperando vivir lo imposible, lo inimaginable,
y la demencia de un cuerpo en inminente implosión.
La sustitución de los ojos del mundo bubónico que nos rodea.
Es el espejo más inmaculado, el que nos delata,
y nos arrincona en el callejón sin salida, del cual tampoco se desea huir;
al contrario, ojalá se constriñeran poco a poco sus paredes,
y nos aplastase hasta el tuétano.

El dios que nos expone con su lengua casi indescifrable,
en la tierra donde las agujas del reloj carecen de toda relevancia.
Un muro infinito en medio de la nada nos separa del paraíso,
posible de atravesar solo en la muerte temporal,
y aun así, se le repudia y aborrece, con todas las fuerzas
que logra albergar nuestra carne. El don de la vida,
que posee el valor de la fortuna misma de estar vivos,
por entre las probabilidades, coincidencias, las casualidades
y todas las variaciones que lo conforman,

como las miles de generaciones para nuestro propio natalicio;
y la «conjugación del Sistema» para que mi voz sea esta estaca
que en «este momento» desea clavarse en tu corazón,
—El Aleteo Constante De La Mariposa—. Ficción,
a la que se le añora como a un recuerdo, y se le ama como tal;
aunque solo se logren rescatar, algunas de sus ramas
que transcurrirán sin previo aviso por el río del día,
y se estancarán entre las piedras de nuestra memoria, ramas
que nos dejarán divagando entre un aparente acertijo sin sentido.
—pero la Mariposa continúa aleteando—.

La oscura habitación en la que Jörmundgander deja de ser mitología,
para forzar al horror a descender por nuestro dorso.
Donde el tiempo pasado retorna, y el porvenir no se hace esperar.
—Oh, encarnación de lo poético—. Viaje sin comienzo ni fin.
Donde es permitido posarse sobre el Universo,
y con una aguja hilar los astros para trazar la geometría secreta,
y tirar del hilo para crear una onda.
Volver a ser niño y tomar la Tierra con tus propias manos, y en el juego
mezclarla con otro magnífico planeta al hacerla colisionar.

O tartamudear nervioso, al dialogar con un familiar ahora fallecido.
Reino, donde la noche catapulta encarnizados y bulliciosos trenes
por los cielos, en los cuales caminar por sus techos sin el temor de caer.
Imperio donde solazar con el amigo Fauno, entre nubes naranjas
y rosados bosques mil veces pisados, y aun así, desconocidos.
O descubrirse desolado y solitario por el mundo,
vagar por los arrabales, entre caseríos vacíos;
mirar por los ventanales y no hallar ni el rastro de un insecto,
y así, eternamente. Donde se lucha contra el gigante que llevamos dentro,
y al que tratamos de ocultar—nuestro némesis—,
por el que siempre somos derrotados.

Hoyo por el que caer en el delirio,
de percibir cucarachas escarbando los litorales de la piel,
con las ansias de asentarse en la boca,
y correr despavoridos, abrir la puerta, y encontrar otra puerta,
y otra detrás, y otra más hasta el hastío.
Mientras incontables ojos, nos miran adheridos a las paredes,
parpadeando, vigilantes, neutrales, fríos.
Perderse en la ilógica mansión: bajar unas escaleras,
y llegar al séptimo piso, subir algunas y emerger en el tercero,
devolverse por las mismas, y arribar al primero
estando la morada de cabeza, y llegar por su portal al borde de un precipicio.

O arribar a la isla en la que excavar, y encontrar el anhelado tesoro
de una idea, una música, o una revelación.
O la fantasía de contemplar a la Diosa tan alta,
garbosa y esbelta remar la barca en el lago más sosegado que existe,
solo y nada más que contemplar su divinidad.
Divisar legendarios animales, correr por la pradera,
para perderse entre los árboles, simbolizando nuestro raciocinio.

—Donde el enemigo lleva el mismo nombre del anfitrión—.
Y los rostros se desvanecen uno detrás de otro,
mientras las figuras se deforman y transforman,
entre el vórtice por el que se puede viajar al otro lado de la mágica dimensión.
En donde surcar los cielos montando un gran águila calva,
águila calva que se convierte en kamikaze de mi alegría,
cuando se embala hacia mi barca risueña;
y aparecen las sombras desesperadas por comerme vivo,
obligándome a despertar.

EL NIÑO

Sentado en el bordillo de una calle
mira el niño, con ojos decaídos,
lo que él creía que sería un valle,
y no un abismo de sueños prohibidos.

Con una mano sobre el rostro bello,
moviendo está los pies en el cemento,
brazos cansados, y sucio cabello
dejan caer sus mares de lamento.

Al ver que es invisible en los espejos,
que deambulan con un mecanismo,
quebrados, simulando ser reflejos
perfectos, siendo copia de lo mismo.

El niño hambreo, con ajadas ropas,
niño de rotos zapatos, y triste
semblante, no beberá de las copas.
Y si pudiese darte más alpiste,

pájaro de las horas resignadas,
y de dioses ausentes, dime acaso;
¿creerás en alegres cuentos de hadas,
o anhelarás la muerte a cada paso?

¡Ay, mi «estirpe» eres tú! ¿Cómo es qué reyes
continúan soberbios por el mundo?
En el que bien dependen nuestras leyes,
de sea quien el caballo iracundo.

Y aunque seremos una calavera
un día, noble, ¿será suficiente
porfía, para hondear la bandera
de amor, uniendo por fin a la gente?

Quisiera arar la tierra que te cubre,
mi verde cielo, mi morada Luna
¿de lluvias, quién te cuidará en Octubre,
o probarás un tipo de fortuna?

Y falso niño, ¿dónde está tu escudo?
¿Dónde está tu ¡ay! espada con qué bregar?
El niño muerto, vivo, niño mudo,
oh, tampoco jamás podrá escuchar.

Porque no tiene ojos, orejas, boca,
deseos, cuerpo, ni una mente exenta.
Inexistente es todo lo que toca,
inexistente, es todo lo que sienta.

¿Cuál belleza posee tu mirada?
¿Tus mares qué tendrán, si me encariño?
¿Qué desolada inocencia, y sagrada,
oh, treinta años atrás tenía el niño?