Un canto en el desierto, Michel González Basnueva.

Michel González Basnueva (1993), sociólogo y escritor, nació en Santa Clara, Cuba. Miembro de la Asociación Hermanos Saiz. Galardonado con: Premio Calendario 2021 con la novela juvenil “El canto de la ballena azul” (Cuba); Premio Hermanos Loynaz 2018 con la novela para niños “Por las nubes” (Cuba); Premio Reina del Mar Editores 2020 con la novela infantil “¿Alguien vive en este asteroide?” (Cuba); Ganador del I Certamen Internacional de Cuento Corto Castilla la Mancha de Parla 2020 con el cuento “Coto de caza” (España) y del I Concurso de Microficción convocado por la Revista Manumisión 2021, (México). Obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Narrativa Reinaldo Arenas 2020 con el conjunto de cuentos “Coto de caza” (Estados Unidos). Finalista en el concurso: Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2020 (Cuba). Mencionado en el Concurso Carmen Rubio 2020 con el cuento infantil “La orquídea y el elefante” (Cuba). También ha publicado en antologías nacionales y revistas internacionales.

Un canto en el desierto

El aullido despertó a Jean. Salió de la tienda y, con la linterna, alumbró el tronco donde había contemplado el atardecer. Los cactus gigantes se levantaban como salvaguardas de los peñascos rojizos del desierto. El leño, en la hoguera, ya era un carbón anaranjado que se enfriaba con el viento. Su mochila seguía ahí… junto a la guitarra. 

Reavivó el fuego y, antes de que se diera cuenta, su sombra se proyectaba de nuevo en la arena. Colocó la jarra con café cerca de la hoguera para que se calentara. Con la guitarra en mano cerró los ojos y, con la primera nota, se dejó acariciar por el tacto de las cuerdas.

Un aire misterioso movió el polvo arrastrando los arbustos secos y Jean no se percató de que alguien se acercaba. El indio se sentó en una roca cerca del fuego. Cuando la música cesó y su interprete abrió los ojos se sorprendió tanto que dejó caer el instrumento.

—¿Quién eres? —preguntó después de sacudir la arena de su guitarra.

—Nadie importante —contestó en perfecto francés.

El desconocido tomó la jarra de café y aspiró el humo. La luz de la hoguera le mostró a Jean los tatuajes que decoraban la piel canela del indio: líneas parejas dejaban un patrón enigmático. El nativo levantó la cabeza para mirarlo y, bajo la luz de la luna, Jean vio unos raros ojos almendrados que hincaron en su pecho.

—Buen café —afirmó después de un sorbo.

—¿Quién es usted y cómo… es que habla francés?

—Las lenguas son jóvenes, muchacho.

—¿Disculpe, pero no lo entiendo?

—Eres muy joven para entender —contestó y dejó la jarra cerca del fuego.

El indio tomó una pipa delgada de la faja en su cintura. Las llamas saltaron en un baile frenético hasta la cachimba. Expulsó una nube grisácea que desapareció al instante. Después, acercó su pipa a Jean.

—No, gracias —contestó él y tomó sus cigarrillos a la vez que se quitaba el abrigo.

No sabía por qué, pero desde la mirada profunda del extraño, su piel se sentía diferente: un calor nacía en sus entrañas y se arrastraba por todo su cuerpo.

Jean encendió un cigarrillo y el sabor resultó tan fuerte, tan diferente, que lo apagó pisándolo en el suelo. El olor del papel quemado y el tabaco seco, junto a las partículas de hierro en la arena, llegaron raramente a su nariz.

El nativo miró la guitarra y estiró sus manos hacia Jean para que prestara su instrumento. El toque de las palmas del desconocido se alternó entre la percusión del cajón y el movimiento de las cuerdas que vibraban de una manera diferente. Jean escuchó, una vez más, el aullido de los coyotes que aparecieron junto al indio y se postraron cerca de él. Los coyotes son fieros depredadores que no se acercan a los humanos, pero ahí estaban, a su lado, como si la música que salía del agujero de la guitarra los llamase. También Jean sintió el llamado. Un sonido ancestral que retumbaba en las cavernas del este y lo transportaba la brisa. No solo escuchaba la guitarra, los tambores apaches y el corazón del indio decían su nombre…

… de repente se hizo silencio.

El nativo tomó su pipa y expulsó una bocanada de humo. El olor de la hierba mareó a Jean y se tambaleó antes de caer junto al fuego. Los coyotes se acercaron a él enseñando sus colmillos.

—No te harán daño —le explicó el indio alzándolo en brazos—. Ahora eres parte del desierto.

En medio de la transformación Jean pudo ver la luna con otra nitidez más clara. El fuego de la hoguera se hizo imperceptible por el abrigo natural de pelo caoba que lo envolvía. Los mogotes que decoraban el desierto fueron desfilando a su lado y Jean aulló, junto a sus nuevos hermanos, la triste canción de otra guitarra.