Poesía de Puerto Rico: Tres poemas de Verónica Reca

Veronika Reca Morales (Bayamón, Puerto Rico). Graduada en fotografía digital y criminología forense. Ha participado en el Congreso Internacional de Sexología (CISPR, 2017). Publicada en las revistas Espíritus Chocarreras y Low-Fi Ardentía, y en la antología Pa’ la Posteridad (Ediciones del Flamboyán, 2019). Además, ha participado en lecturas en centros artísticos y bibliotecas del país. El abrazo de los frijoles es su primer libro.

«Lo absurdo de una cosa no prueba nada contra su existencia,
es más bien condición de ella».
Nietzsche

Se me deshizo el ruedo

y tras el soplo vago de aire, se me enfrió la palabra.

La mudez me coqueteó, intentando seducirme, me quemé los dedos con cera,
y mis manos con olor a pino.

Reconocí en la espera
la noche en que nos conocimos, triste como una silla abandonada.

El café se coló aguado
mientras yo destruí la metáfora
entre la pintura que se perdía en los zócalos.

Los insectos que se alimentaban de la madera,
los gabinetes blancos destruidos de huellas impares o la grasa que nunca sale del horno.

Incluso la taza que rompí mientras bebía
para acabar mi sed tan altiplánica.

Tanta esquivez solo podía anunciar
un deseo muy grande,
pero olvidé por completo a los frijoles.

La alacena lloró mi abandono, fui de puntillas por los pasillos tarareando derechos de autor

mientras perdía en el pestañeo la herencia,
la aguja con la que cosí mi propio destino
y ahora inicia mi pequeña vida tras los pecados coyunturales.

Así tan desabrida mirándome dormir,
el vago resplandor de un ave maría llenita de gracia en mis labios tiritado.

Es inaccesible la soledad de las cosas, el modo austero de convocarme demasiado humana.

¿Qué hay más débil que un Dios

que se tiende sobre su lecho?

La agonía omite milagros, pueblan de silencio los hombres.

El páramo herido que recurre al claustro inexplorado aguarda.

Los idilios que descorren la noche y los cubre bocas besando la cuarentena que acecha al celo.

Calamidad, entusiasmo: las cosas ya no sirven de compañía,
nos robaron el tacto.

Palmas de plástico aplauden un concierto de carcajadas siniestras
y el ruido hace vacío al llenarse.

El miedo clavado
como cruz en los ceños.

La juventud, su vergüenza, propósitos ciegos.

Desde mi soledad la comodidad deshumaniza, mientras es dulce el odio y el amor nos duele.

La verdad está desesperada, somos huérfanos de abrazos. 

Qué hay ya de aquella espera claustra de los abrazos,
la novedad de ver a un amigo otra vez a los ojos, el susto inconcluso de los espacios cerrados
y la ansiosa libertad de una sala vacía.

No recuerdo bien por qué era necesario cubrirme la boca, en el camino de decir lo que alguna vez fue mi mejor prenda.

Me cubro la boca sin saber que de alguna forma ya no miento.
Mis ojos hablan en braille,
qué entiende el mundo de incursión si no sabe leer puntos ciegos.

Espero aún abrazos que jamás hicieron falta.

Agradecimiento especial para Carlos A. Colón Ruiz por la colaboración en gestión.