«Cuando vino la cantante», cuento de José Luis Zapata – Narrativa en voz de sus autores

José Luis Zapata (Acapulco, 1995) Estudió la Licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa. Fue parte de la primera generación de Red de Letras y en el 2016 fue becario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artísticos del estado de Guerrero (pecdag). Su primer libro de cuentos, Autopista del sol (Práxis/Secretaría de Cultura de Guerrero) fue seleccionado para formar parte de la colección editorial de la Secretaría de Cultura de Guerrero en 2017. Es parte de la 12° generación de la Maestría en Producción Editorial de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.  

Cuando vino la cantante

Anatolio despertó para el día más importante de su carrera como hotelero. Tenía los cabellos todos alborotados y en la cara se le habían impregnado las arrugas de su almohada. Encendió la radio (¡Que agradable mañana la de este sábado 25 de enero de 1946! Hoy es un día muy especial, mis queridos radioescuchas, ya que hoy es el día de la primera presentación de la famosa Cantante, María Cabrera, ¡La sensación del momento! Sabrán ustedes, queridos radioescuchas, que será nuestro puerto, sí, el que dará la bienvenida a la Cantante al mundo de los espectáculos en vivo, ya que, desde que inició su carrera sus canciones sólo se escuchaban aquí en su estación de radio favorita. Pero el día de hoy, al punto de las ocho de la noche en el Salón del hotel La Habana, podremos conocer a la mismísima María Cabrera en persona. ¿Ya tienen sus boletos? Según el mismo hotel, todas las habitaciones están ocupadas, por lo que sólo será posible ver el gran espectáculo si compran su boleto. ¿Será que podrán ser de los pocos privilegiados en ver por primera vez en vivo a María Cabrera? ¿Serán sus cabellos tan rubios como el sol tal como varios locutores lo han declarado? ¡Descúbralo hoy a las ocho de la noche en el hotel La Habana! Por ahora, conformémonos con esta versión de María Bonita cantada precisamente por esta maravillosa cantante… “Acuérdate de Acapulco, de aquellas noches…”) y mientras la oía preparó su uniforme para salir.

Era su primer día como gerente del hotel. Luego de 20 años trabajando como recepcionista, le dieron la oportunidad de subir de puesto como el primer empleado que se convertía en gerente.

Anatolio llegó temprano. La blancura de sus ropas contrastaba con lo oscuro de sus brazos. Llegó caminando por el vestíbulo del hotel saludando a cuanto empleado veía, con una sonrisa de arrogancia que expresaba: “si no fueras tan huevón, podrías ser jefe como yo”. Aunque era temprano −el sol ya había salido, pero faltaba mucho para el medio día− la recepción estaba repleta de turistas con lentes de sol y sombreritos mexicanos, listos para salir a la playa y broncear sus pálidas pieles antes del gran espectáculo.

Los turistas, en su mayoría rubios de piel rosada, desalojaron el vestíbulo mientras Anatolio los fue despidiendo con saludos, aplausos y gritos de: “You have a great day”. Mandó llamar a los empleados de limpieza para que se encargaran de dejar impecable aquella zona, que conectaba el vestíbulo con las camionetas que iban y venían de la playa al hotel cargadas de turistas.

Antonia era lo más parecido a una amiga y, además, la nueva recepcionista, la que iba a remplazarlo a partir de ese día. Ella estuvo en su puesto desde que salió el sol −él se lo había pedido− porque aun sabiendo que sólo había una habitación disponible, nunca les dijeron a qué hora habría de llegar la Cantante, y había que esperarla.

¿Llegó? −preguntó Anatolio. Acuérdate que en cuanto llegue me tienes que avisar. 

−Todavía nada, señor. Esté usted tranquilo, cuando llegue lo sabrá. ¿Cómo se siente por lo de esta noche?

−Estoy tranquilo, Toña −dijo mientras introducía sus manos en los bolsillos de su guayabera, con la misma cara de arrogancia que tuvo desde que entró al hotel− este trabajo es fácil: sólo hacer lo que he estado haciendo desde que empecé trabajar aquí.

−Pues yo sí estoy muy contenta por usted, jefe −dijo Antonia− se ve que los dueños le tienen mucha confianza, mire que dejarle tan importante evento a usted en su primer día, no es para cualquiera. Además, también estoy contenta de conocer a la Cantante, ya ve que aunque pasen sus canciones por la radio casi todo el día, nunca nadie la ha visto en vivo, y me siento feliz de ser de las primeras en verla y escucharla cantar.

−¿De qué hablas, Toña? −dijo Anatolio mientras giraba la cabeza por todos lados como buscando a alguien− los empleados, a excepción de mí, no van a poder entrar a ver el espectáculo.

Apresurado, fue de regreso al vestíbulo a donde estaba sentado un hombre solo. Se veía un poco más joven que él y contrastaba muchísimo con los demás huéspedes.

−¿En qué lo puedo ayudar, caballero?

−En nada señor, muchas gracias.

−El show es hasta las ocho, caballero. −insistió de nuevo Anatolio− y la fila empieza hasta las siete, si usted ya tiene su boleto, le suplico que vuelva más tarde cuando empiecen a entrar.

−Lo sé, señor −respondió el hombre− pero yo no estoy aquí para ver a la Cantante. Yo estoy hospedado aquí −sacó una llave y se la mostró− en la habitación 8A.

Anatolio, apenado, se disculpó con el hombre y se alejó de él haciendo reverencias y caminando de espaldas. Cerca de la recepción se dio media vuelta y comenzó a caminar normal, levantó la mano llamando la atención de Antonia, y dijo:

−Voy a revisar que todo esté bien en las habitaciones, Toña, luego bajo a revisar el salón. Avísame cuando llegue la Cantante.

El plan de rutina que Anatolio emprendió no era tan complicado porque el hotel no era muy grande. Estaba ubicado en un cerro de difícil acceso, llegar caminando era cansado y el transporte público no pasaba por ahí. La calle por la que se entra era como una serpiente que subía y luego bajaba el cerro. Y aunque no era el único hotel de la zona, se notaba a simple vista la diferencia de paisajes entre lo selvático del cerro y la elegancia del Art Decó de su fachada.

Otro hotel, un poco más grande y con mejor vista, estaba en la cumbre del cerro, justo en la curva donde la calle llegaba hasta lo más alto, daba la vuelta y bajaba hasta el hotel La Habana. Eran rivales de años, y su competencia no sólo era para demostrar hegemonía en esa calle, en esa zona o en ese cerro, sino en el puerto, el país y hasta en el mundo entero como el mejor hotel con destino de playa. 

En ese hotel, el Mansión, también tenían un gerente que se estaba estrenando. Su nombre era Alfaro, y una noche antes del gran espectáculo con la Cantante se había registrado en una habitación y con él se interrogó Anatolio en el vestíbulo. Contrastaba muchísimo con los demás huéspedes. Era de piel más blanca que la gente local, pero no lo suficientemente pálida como para confundirse con el turismo internacional, y algo, probablemente los ojos o forma de presentarse, lo distinguían de los turistas provenientes de la capital. Su cabello era negro y ondulado, esa mañana se había peinado de la misma forma como lo hacía al atender su propio hotel.

Anatolio siguió el camino hacia las escaleras. No eran muy grandes, constaban de cinco o seis peldaños que daban la vuelta y conectaban con otros cinco o seis para subir al segundo piso, donde estaban las habitaciones. Todo debía estar impecable para cuando llegara la Cantante. Anatolio llevaba consigo una campana pequeña y la hizo sonar en cuanto giró a su izquierda, hacia el balcón común, y vio una de las macetas con agua hasta su borde. Tocó la campana otra vez. Y otra vez, hasta que llegó un empleado de limpieza.

−Llama por favor al jardinero −le dijo en cuanto lo vio− dile que así no se hacen las cosas, que si tengo que estar atrás de él para que haga bien su trabajo, lo hago, pero que se espere hasta mañana. Hoy no puede salir nada mal.

El empleado se dio la vuelta sin contestar. Anatolio siguió por ese pasillo y llegó hasta el balcón común. El sol entraba directo y no había árbol o nube que se le atravesara. Dio media vuelta y se dirigió a las habitaciones. Volteó a su izquierda, hacia las habitaciones del lado A, todas estaban cerradas y sin ningún problema aparente. El pasillo, que al mismo tiempo servía como un balcón a la calle, estaba impecable, su piso de mármol y sus decorados eran muy pulcros, tanto que Anatolio no pudo mantener la mirada por mucho tiempo por el reflejo del sol.

Miró hacia el otro lado, a las habitaciones del B. El hotel era perfectamente simétrico, su estilo representaba la mejor muestra de elegancia y modernidad. Sus pisos y sus paredes imaginaban el futuro, con puertas de dintel curvo, de un color ligeramente bronceado, contrastante con el mármol blanco de las paredes. En ese espacio central donde se encontraba Anatolio, el balcón con vista al mar de frente y el de vista a la calle y al cerro a sus espaldas; el lado B a su derecha y a su izquierda el A; resaltaban sus columnas redondas, sus barandales −en las escaleras y los balcones− sin vértices, sus cómodos sillones holandeses de terciopelo color azul verdoso y sus originales macetas blancas levantadas por delgadas bases negras de acero. Tampoco había nada en el lado B.

Alfaro venía subiendo las escaleras. Miró a todas direcciones cuando su cabeza estuvo a ras del segundo piso y, cuando vio a Anatolio, bajó dos escalones, para que éste no lo viera. Lo estaba siguiendo desde que lo increpó en el vestíbulo, buscaba que éste se equivocara en algo.

Lo primero que se le ocurrió fue, para arruinar la perfección de aquella zona en el primer piso, sacar la tierra de varias macetas y arrojarla por el blanco piso de mármol, una vez hecho eso, corrió hacia el otro lado, a una esquina del balcón con vista al mar.

Anatolio no lo vio cometer su infantil travesura porque caminó por el pasillo A, tratando de evaluar hasta el más mínimo detalle. No encontró nada. Cuando estaba de regreso, ya con Alfaro escondido, regresó hasta encontrarse de nuevo en el centro. Vio la mancha de tierra que opacaba el reflejo del sol que hace un momento le había lastimado los ojos. Y gracias a eso pudo ver al fondo del pasillo B, la puerta abierta de una de las habitaciones. Y fue allá para investigar. Alfaro, por su parte, lo seguía de cerca, oculto detrás del muro por donde empezaba el pasillo B.

Era la última puerta del pasillo, Anatolio se acercó lento, para no encontrarse con la desnudez de nadie. Procuró asomarse discretamente, como si fuera una persona viendo por el balcón, buscando algo en el cerro. Desde cierto ángulo pudo ver que no había nada desde la entrada hasta la ventana grande de su habitación, la que tenía vista al mar. Las cortinas estaban cerradas. Anatolio se acercó a la puerta y tocó dos veces.

−Servicio −dijo y esperó− Servicio, buenos días −insistió. Pero nadie salió a su encuentro.

Tomó la decisión de entrar. Primero verificó que no estuviera la llave del cuarto tirada por algún lugar del piso, tratando, como siempre, de evitar la vergüenza del huésped. Entró hasta la ventana grande y corrió un poco las cortinas para que la luz entrara y pudiera ver sin problemas el resto de la habitación.

La cama tenía una cabecera acojinada, de terciopelo verde. Dos mesas de noche con un par de lámparas delgadas que salían de la pared, a ambos lados. Había un espejo ovalado arriba de la cabecera y un tapete cuadrado sobre el piso. Las sábanas estaban destendidas y estiradas en la esquina izquierda de la cama. El mueble frente a la cama estaba intacto, sobre ella estaba una canastita de mimbre con productos de limpieza impresos. Todo cumplía las normas internas que le exigían a las camaristas.

Se dirigió al baño, tocando antes de entrar, pero el espacio era pequeño y no duró mucho tiempo ahí. Al regresar al centro de la habitación se convenció de que el huésped sólo había olvidado cerrar la puerta. Se propuso levantar las sábanas para arreglar la cama y fue, entre el armario y el colchón, donde encontró el cuerpo de una mujer.

Había sido ahorcada con el cable retráctil que se usa para colgar la ropa en el baño. Todavía estaba alrededor de su cuello, todavía estaba hundido en su piel. Anatolio pensó en levantarla, tratar de despertarla, y hacerla reaccionar, pero pensó, más rápido aún, que sería mejor no tocarla. Su cabello castaño estaba esparcido por la alfombra y regresaba a su boca. Por la posición en la que estaba, no dejaba la posibilidad de que estuviera desmayada. Tenía los ojos abiertos y rojos como la carne cruda.

Anatolio cerró la puerta y las ventanas rápidamente. Afuera de la habitación, oculto detrás del muro por donde empezaba el pasillo B, Alfaro se sorprendió al ver la puerta cerrada. Dentro, Anatolio tomó el teléfono del cuarto y llamo a recepción:

−Recepción, muy buenos días −dijo Antonia del otro lado de la línea.

−Toña −dijo Anatolio en voz baja, pegando sus manos y su boca al micrófono del teléfono− necesito que vengas al cuarto 8B. Ven sola, encarga la recepción y ven inmediatamente. Trae la hoja de reservación del cuarto.

Alfaro seguía escondido cuando Antonia subió a prisa las escaleras hacia el primer piso, la escuchó y se colocó rápidamente en el balcón que daba al cerro. La vio apresurada, sabía que algo había pasado y debía aprovecharlo.

−¿Qué se quema, oiga? −Le preguntó a Antonia cuando ella pasó corriendo frente a él.

Ella no contestó. Hizo un gesto de risa, negó con la mano y siguió avanzando. Alfaro tomó eso como una invitación y fue tras ella como si fuera un huésped curioso o dispuesto a ayudar. La puerta se cerró detrás de Antonia y en las narices de Alfaro. Él se quedó afuera, a esperar.

Dentro, Antonia se quedó parada ena la entrada del cuarto, sintió miedo, pues veía muy poco, sólo un leve hilo de luz que entraba por debajo de las cortinas. Tampoco escuchaba nada. Se preguntó por qué su jefe la habría llamado a un cuarto vacío. De repente se prendió la luz del baño, ahí estaba Anatolio, sentado sobre el borde de la bañera. Le dijo que no se preocupara, que antes de decirle lo que le tenía que decir, se calmara, que entrara al baño con él y que se relajara un poco. Luego le dijo lo que pasó, para por fin preguntarle:

−¿Trajiste la hoja de reserva?

−Aquí está. Se llama Margarita Cansino, llegó ayer.

Discutieron un rato sobre qué podrían hacer, la situación más obvia era que llamaran a autoridad para que investigaran el asesinato, pero eso llenaría al hotel de policías y patrullas interrogando a los huéspedes y causándoles un mal rato, sin mencionar que no sólo se cancelaría el evento de la Cantante sino que el hotel cerraría por un tiempo, incluso para siempre.

−Vamos a tener que ocultarlo −dijo Anatolio, luego de mucho pensarlo−. La mujer venía sola, así que podemos decir que nunca llegó al hotel, nos deshacemos de la reservación y hacemos como que nada pasó.

−¿Y qué pasará con el cuerpo?

−En un rato lo sacamos, cuando todos estén en el evento. 

Ambos salieron del cuarto sin hablar. Alfaro seguía en el balcón, esperando a ver qué sucedía. Cuando los vio, Anatolio caminaba serio, demasiado recto, como si pensara mucho su trayectoria, y Antonia miraba el piso. Cuando pasaron por el pasillo Alfaro buscó la mirada de Antonia, se movió lo suficiente para llamar su atención hasta que ella volteó.

−¿Qué pasó?  −expresó Alfaro, sin hablar. Antonia no contestó más que con una expresión de negación, con una sonrisa forzada que emparejaba los pómulos con los ojos, casi haciéndolos desaparecer. Se separaron al llegar al vestíbulo de la planta baja. Anatolio iría a inspeccionar el salón, Antonia se quedaría en la recepción, a esperar a la Cantante.

El salón era ideal para un evento de esas proporciones,; ni demasiado grande para que las personas vieran de lejos a la Cantante, ni tan pequeño para que se sintieran apretados. Como muchos centros nocturnos de la época, tenía pequeñas mesas redondas para tres o cuatro personas, el espectáculo estaba acompañado de una cena elegante y tragos coquetos.  

Estaba dividido en cuatro grandes secciones: el escenario, la pista de baile, los balcones y las mesas. Se entraba por unas puertas tan grandes y pesadas que se necesitaban  dos personas para poder abrirlas de par en par. Tenían grabados Art Decó tanto en sus caras externas como en las internas y una larga alfombra, única en el país, que conducía desde las puertas hasta las mesas y la pista de baile.  

Anatolio entró con un papel en sus manos. Temblaba. Era una lista de cosas por hacer, desde revisar que los manteles estuvieran colocados simétricamente sobre las mesas, que los instrumentos de los músicos estuvieran en el escenario hasta que ninguna mesa −ni silla− estuviera desnivelada. Eso le llevó toda la tarde.

Casi estaba por meterse el sol y los huéspedes que habían salido a la playa estaban llegando por grupos, cuando uno de los empleados llamó a Anatolio y le dijo al oído que Antonia lo estaba buscando para algo muy importante. Luego de comprobar que toda su lista estaba cubierta, salió del Salón y se dirigió a la recepción.

−¿Ya llegó la Cantante? −Preguntó emocionado, como habiéndose olvidado del problema en el que estaba metidos.

−No señor −respondió Antonia− pero allá arriba hay un hombre, un huésped, que nos está causando problemas. Primero quiso engañar a los compañeros de limpieza para que le abrieran la habitación 8B, vinieron conmigo para que les prestara la llave, pero por supuesto yo no se las di. Luego, al verse descubierto y desde que empezaron a llegar los huéspedes de la playa, no ha parado de mandar gente a que “vaya y revise la vista desde ese balcón”. La verdad desde ahí no se ve nada interesante, por eso llama la atención que los esté mandando tan cerca del cuarto 8B.

Anatolio no estaba para buscapleitos, mucho menos para lidiar con huéspedes impertinentes, pero el hecho de que estuviera tan insistente con el cuarto 8B lo ponía nervioso. Así que la tomó del brazo, le pidió que lo acompañara y subió a la sección B. Cuando descubrió que era el mismo hombre que se había encontrado en el vestíbulo se armó de confianza para encararlo y le habló como nunca le hablaría a un huésped nacional, mucho menos a un extranjero.

Anatolio, seguido de Antonia, acorralaron a Alfaro al final del pasillo B y lo hostigaron preguntándole qué quería con aquella habitación. Alfaro se mostró nervioso pero impaciente, las manos le temblaban y su frente arrojaba sudor a chorros. El balcón se le acabó y ya no encontraba la forma de hacerse para atrás y retroceder ante Anatolio y Antonia.

−¿Qué pasó en ese cuarto? ¡Abran la puerta! −preguntó y luego gritó desafiante, sabiendo que ya no le quedaban más recursos que ser directo.

−No pasó nada −contestaron.

−Aquí esconden un algo sucio −Alfaro comenzó a avanzar, aumentó el volumen de su voz y daba pasos pesados mientras el gerente y la recepcionista del hotel, ahora, retrocedían− los vi entrar a ese cuarto sin pedir permiso, un cuarto que fue ocupado, yo lo vi. Los vi salir de ahí con una cara diferente a la que tenían cuando entraron. Díganme qué fue lo que vieron, qué ocultan ahí, ahora mismo, o llamo a las autoridades para que el mundo sepa qué clase de hotel es éste en el que la seguridad de sus huéspedes no puede ser garantizada, en el que cualquier individuo puede entrar y asesinarte mientras duermes…

Antonia siguió retrocediendo hasta que vio a Anatolio detenerse. Estaban los dos hombres frente a frente, como boxeadores en combate. Ninguno se veía con intenciones de retroceder y ambos parecían tener alguna información que el otro no. Anatolio por fin dijo:

−¿Qué sabes tú de este cuarto? El tuyo está del otro lado. ¿Nos has estado siguiendo? ¿Qué más sabes?

Anatolio lo tomó del brazo, empujó con fuerza hasta hacerlo retroceder al término del pasillo. Sacó una llave de su bolsillo y abrió la habitación 8B, empujando a Alfaro en su interior. Anatolio cerró la puerta sólo hasta que Antonia hubo entrado. Entre los dos tomaron de nuevo al hombre y lo arrojaron con fuerza al suelo, entre la cama y el armario.

Alfaro se levantó inmediatamente. Con sus manos sacudía su torso, volteaba nerviosamente a todas direcciones, recorrió el cuarto con la mirada, en todas direcciones, en especial las esquinas. Al verse sin salida, con Anatolio y Antonia cerrándole las salidas dijo:

−¿Dónde la ha puesto?

Y con esa sola pregunta Anatolio se dio cuenta de que no podía dejarlo ir hasta que se fuera la Cantante.

Lo dejaron en el baño, atado de pies y manos con el cable del teléfono y el cable retráctil del baño. Cerrada la puerta del baño, una silla atrancándola; cerrada con llave la puerta de la habitación.

Era la hora del evento. La mayoría de los huéspedes y espectadores que compraron su boleto habían ingresado al Salón y estaban listos para el espectáculo. Anatolio se dirigió a la recepción a preguntar si ya había llegado la Cantante. Le dijeron que no, que no se había registrado. Entonces Anatolio dijo a Antonia:

−Voy a cambiarme para hacer la presentación y que la gente no se desespere. Tú llama al representante, con él hicimos el trato, pregúntale dónde está y si vendrá hoy. En cuanto tengas la información, vas al Salón y me dices. No te vayas a tardar, Toña.

Anatolio se vistió de gala. Manchó de sudor su camisa blanca que tanto había cuidado, se formó un espeso halo alrededor de las axilas y una costra en toda la superficie del cuello. Cuando entró al Salón, intentando disimular su ansiedad, despedía un olor añejo que se potencializó con el abuso de perfume sin atomizador. Por todo el camino de la alfombra, tanto empleados como huéspedes voltearon a verlo, asombrados por el hilo nauseabundo de su hedor.

Subió al escenario, se paró frente al micrófono, la luz de los reflectores le daba directo en la cara, y dio la bienvenida. Algunos saludos para hacer tiempo, algunos chistes para tratar de amenizar la noche y, cuando se le hubo acabado el repertorio vio entrar por la puerta a Antonia, entonces dio la señal al maestro de la orquesta (y vio también cómo se acercó al escenario, subió, se acercó a su oído y le dijo: Llamé al representante. Dijo que ella venía sola porque quería un poco de intimidad, dijo que llegó ayer para descansar una noche. Dijo que quiso pasar desapercibida, unos días antes tiñó su cabello de castaño y se registró como Margarita Cansino. Dijo que se hospedó en la habitación 8B) y comenzó a sonar el vals en tono de Re, escrito por Agustín Lara. “Acuérdate de Acapulco, de aquellas noches, María Bonita, María del Alma”, escuchó Anatolio, mientras veía entrar a la Cantante por la alfombra principal, vestida de gala y con la luz del reflector siguiéndola.