Narrativa de Costa Rica: Victoria Marín

Victoria Marín es autora costarricense y directora editorial de Revista Virtual Quimera. Anteriormente, se desempeñó como asistente editorial en la revista Educación de la Universidad de Costa Rica y como asistente de docencia en cursos de latín, literatura y mitología griega para el Departamento de Estudios Clásicos de la UCR. Sus escritos han sido publicados en diversos espacios digitales e impresos de Estados Unidos, México, Argentina, España y Costa Rica. Ha participado en diversos eventos nacionales e internacionales de carácter literario como Creación femenina en el arte: Literatura y música (BEDU-UCR) y el Festival Internacional Primavera Bonita (Fundación del Centro Cultural del México Contemporáneo et al.). Es compiladora del libro de relatos Anábasis, antología de narrativa fantástica y ficción histórica (2020), un proyecto que propone un viaje de reencuentro con el mito, la historia y la leyenda. Actualmente compila una antología de leyendas urbanas y tradicionales para Enredars, Editorial de la Universidad Española Pablo de Olavide.


Podredumbre


Hoy estuvo junto a mí. Como siempre se ha manifestado cuando ha querido y sin que yo le importe. Soplé sobre su nuca, pero no hubo reacción alguna. Sus ojos estaban fijos en el pequeño mundo que sostenía con ambas manos. Entonces, lo miré de manera insistente, dramática, sin pestañear; pero seguía inmóvil y sin pronunciar palabra.
La ansiedad que me producía su indiferencia me hizo caminar torpemente, de un lado a otro, tropezando conmigo mismo, hasta que decidí sentarme en el banquillo junto a la ventana para retomar mis lecturas, correr el cerrojo y dirigir una mirada a todo aquello que había decidido abandonar voluntariamente.
Nadie estaba pendiente de lo que hacía, excepto Bennu, quien tras su frenesí matutino se posó sobre mis regazos y, luego de acomodarse y ronronear un poco, intentó arrancarme la mano derecha con un mordisco.
Después de lanzar a la bestiecilla contra la pared y verificar lo que, por suerte, era una pequeña herida, volvió a mi mente la idea de comunicarme con esa compañía tan ausente; pero, cuando me dispuse a reanudar el intento, la luz de las velas no me mostró más que los destellos del fuego reflejados en los grandes ojos de Bennu.
Estos seres me torturan constantemente. Con su desdén me niegan aquello que más anhelo, otra posibilidad de ser. La vida sobre esta tierra me interesa realmente poco; pero, al mismo tiempo, me niego a perecer en una eternidad que ha de fundirme con el todo. Esto es lo que deseo: perseverar en mi camino, en mí mismo, sin transmutaciones, para siempre. ¿Será una pretensión demasiado grande?
Es cierto que no soy más que una pieza de barro intentando escudarse en la mística, en la profundidad del anonimato; deseando nunca haber salido del vientre divino. Pero, el afán de conocimiento y la fascinación por lo infranqueable me han sostenido, llevándome a buscar la sacralidad en los libros y la verdad que se esconde dentro de cada palabra.
Sin embargo, las invocaciones que he usado no han sido capaces de develar aquello que puede satisfacerme, el secreto que busco día y noche en los textos, en las estrellas y en el mundo de los espíritus. Desde hace tiempo no soy el mismo, y ni siquiera Bennu me obedece; aunque yo le di la vida, arrancando de la boca de Astarot el conjuro creador de su pequeño cuerpo dorado.
Hace algunos años, cuando la luna oscura dominaba el horizonte, mientras me encontraba (por milésima vez) dibujando en el suelo los símbolos capaces de atraer lo que deseaba, mis manos dejaron de obedecerme y empezaron a conducirse solas, movidas por algo o alguien que quería divertirse conmigo. Entonces, supe que había llegado el momento. Por fin iba a dar con las formas correctas.
Dejando huellas de ámbar en el horizonte, mi pequeña mascota escapó por la ventana ante el preludio de lo inevitable. Yo mismo lo alejé, pues decidí conjurar con esos trazos a la primera mujer, horror de horrores, la única que podría clavar su daga en mi carne, dándome placenteramente la muerte y la resurrección que anhelo.
Luego de la partida de mi amigo, se escucharon los gemidos que desde el Sitra Ahra anunciaban su llegada; mientras esa figura de la fecundidad primitiva, como una masa informe hecha por los materiales que arrastraron el mar y el viento, daba pulsaciones de vida en el suelo y se retorcía en medio de siseos insoportables, hasta llegar a tener la forma que repelen los amuletos de los tres ángeles en el cuello de los niños.
Por fin estaba frente a mí. Le abrí las puertas de mi alma para compartir su destino con la esperanza de sobrevivirle. Le tendí los brazos y me entregué a su dominio.
Recuerdo su rostro. Era de una belleza salvaje, de una dulzura exquisita en cada uno de sus rasgos. ¿Quién creería que una figura tan hermosa, en la que se condensaba la armonía perfecta, era portadora de tanta desgracia para el hombre? Ella, plena en su gracia, me miraba con aquellos ojos pardos que revelaban una inteligencia poco común, con los ojos de un depredador.
Por un instante brevísimo, cuando su cabeza se inclinó levemente hacia un lado, pude ver en ellos lo que me pareció el atisbo de una tristeza profunda, pero este se desvaneció casi de inmediato, consumido por su voluntad. En ese momento aquella, que fue y que es completamente dueña de sí misma, lo era también de este remedo de sabio.
Que este demonio destruya todo lo que encuentre a su paso, que desgarre la carne y mutile a su antojo. Y finalmente, cuando lo desee, pueda retornar a la ciudad dentro de sí, junto a aquellos que le son comunes. Esas fueron las palabras que le dije cuando ya presentía la dicha; pero, de repente, su voz irrumpió en medio de la calma.
¿Qué es esto de sentirme tan pequeñita? ¿Qué es este miedo constante a caminar y que detrás mío no resuene el eco de nada ni de nadie? No voy a endulzarte con la decadencia que te gusta; esa que respiran y exudan las viejas flores de tu jardín. Solamente seguiré existiendo en medio del círculo, increíblemente frío, increíblemente bello y agradable, esperando por lo que tanto anhelo.
Inmediatamente, pude sentir un gran dolor en la sien; un dolor que me hizo desvanecerme poco a poco. No lo comprendo. Una figura simple pero hermosa se desdoblaba en otra más interesante, en un sueño, hasta desaparecer. Todo se perdió para mí. Faltó tan poco… Tan solo quedó un olor a descomposición inundando la pieza.
El conjuro falló pero, por primera vez en esta lóbrega habitación, el ángel con el mundo en sus manos me miró.
Una mueca que quiso llegar a sonrisa se me clavó en el alma.