Un sueño y otros aforismos, Georg Christoph Lichtenberg.

Fue como si flotara, muy por encima de la Tierra, hasta llegar junto a un anciano sabio. Su sola vista me embargó de algo superior al respeto; abrí los ojos y fui recorrido por un irresistible sentimiento de devoción y confianza. Estaba a punto de tirarme a sus pies cuando me habló con una voz de indescriptible suavidad. «Tú amas la investigación de la naturaleza, dijo, te mostraré algo que puede serte útil». Y al decir esto me entregó una canica de color azul verdoso, con motas grisáceas, que tenía entre el pulgar y el índice. Me pareció de una pulgada de diámetro.

«Toma este mineral, prosiguió, investígalo y dime qué encuentras. Detrás de ti hallarás todo lo necesario para el experimento; no te faltará nada. Ahora me retiro, pero volveré cuando me necesites».

Me volví y encontré una hermosa sala con instrumentos variadísimos que en el sueño no me resultaron tan extraños como al despertar. Fue como si ya hubiese estado ahí muchas veces; encontré todo lo necesario, como si yo mismo hubiera hecho los preparativos. Vi, sopesé, olí la canica, la agité y la ausculté como a una piedra preciosa; me la acerqué a la lengua; con un trapo limpio le quité el polvo y una herrumbre apenas perceptible; la calenté, la froté contra mi abrigo para electrizarla; analicé y determiné su contenido de acero, cristal y magneto. Hasta donde recuerdo, su peso oscilaba entre cuatro y cinco.

Las pruebas transcurrieron en forma tal que pensé que el mineral no valía gran cosa. Recordé que de niño había comprado tres canicas iguales (o muy parecidas) en la Feria de Francfort, a cambio de un cruzado.

Entonces procedí al análisis químico y dividí los componentes en porcentajes. Tampoco encontré nada peculiar. Un poco de arcilla, más o menos la misma cantidad de cal, un poco más de silicio, finalmente apareció el hierro, un poco de sal de cocina y una sustancia desconocida, que combinaba propiedades conocidas con singularidades. Me dio lástima ignorar el nombre del anciano, de lo contrario, lo habría homenajeado definiendo a esta tierra con su nombre. Por cierto, debo haber sido muy preciso en mis experimentos, pues al sumar todo lo encontrado llegué a un cien redondo. Acababa de trazar la última línea de la suma cuando regresó el anciano.
Tomó el papel y leyó con una sonrisa casi imperceptible. Luego me dirigió una mirada donde la bondad celestial se mezclaba con la severidad, y me preguntó: «¿sabes, mortal, qué fue lo que estudiaste?» El tono y la actitud con que dijo esto revelaron aun más su carácter sobrenatural. «No, inmortal, grité arrojándome a sus pies, no lo sé«. Ya no me reconocía en lo que había escrito.

El espectro: Debes saber que has estudiado, a escala, nada menos que la Tierra entera.

Yo: ¿La Tierra? ¡Dios eterno! ¿Y dónde están el océano terrestre y sus habitantes?

Él: Ahí están, en tu servilleta, los arrojaste
ahí.

Yo: ¡Diantre! ¿Y la atmósfera y toda la belleza de la tierra firme?

Él: ¿La atmósfera? Debe de haber quedado ahí, en la taza, junto al agua destilada. ¿Y la belleza de la tierra firme? ¿Cómo puedes preguntar algo semejante? Se ha vuelto polvo imperceptible; ahí, en la manga de tu abrigo queda un poco.

Yo: ¡Pero si no encontré ningún rastro de la plata o del oro que definen el orbe!

Él: Eso ya es suficientemente malo. Veo que debo ayudarte. Debes saber que con tu punzón destruiste toda Suiza, Saboya, la parte más hermosa de Sicilia y una franja de África de más de mil metros cuadrados; arrasaste del Mediterráneo al monte Tafel. ¡Y ahí, sobre ese vidrio –ah, incluso ya han caído en parte– yacen las cordilleras, y eso que te saltó en el ojo al pulir el vidrio fue el Chimborazo!

Comprendí y callé. Hubiera dado nueve décimas partes de mi vida restante para reparar la Tierra que dañé químicamente. Sin embargo, no me atreví a solicitarlo. Mientras más sabio y bondadoso es el donador, más difícil le resulta al débil de emociones pedir un segundo don, sobre todo cuando se sabe el mal uso que se ha hecho del primero. Entonces supuse que ese rostro de padre ilustrado podía concederme una petición de otro orden: «¡Oh!, grité, ser supremo, inmortal o lo que seas, sé que puedes agrandar un grano de mostaza hasta que tenga el espesor de la Tierra entera. Permíteme estudiar ahí las montañas y los ríos, seguir el desarrollo de la semilla hasta las revoluciones».

«¿De qué te serviría?», fue su respuesta. «En tu planeta ya has hecho que un granito adquiera la dimensión de la Tierra. Investígalo ahí. No puedes llegar al otro lado de la cortina sin sufrir una metamorfosis; no llegarás a lo que buscas, ni en éste ni en cualquier otro grano de creación. Toma esta bolsa y analiza lo que hay dentro. Dime qué encuentras».

Mientras se alejaba dijo casi en broma: «Entiéndeme bien, analízalo químicamente, hijo mío».

Esta vez tardé más tiempo. ¡Qué alegría poder indagar de nuevo! Ahora pondría mucho más esmero. «Ten cuidado, me dije a mí mismo, puede ser algo que brille. Si brilla seguramente será el sol, o una estrella fija». Cuando abrí la bolsa encontré, contra todas mis expectativas, un libro, un tomo sencillo y nada brilloso.

El idioma y la letra del libro eran desconocidos. Vistos de prisa, algunos pasajes parecían legibles pero contemplados más de cerca eran tan ilegibles como los más enredados. Sólo pude leer las palabras del título: Analiza esto, hijo mío, pero químicamente, y dime qué encuentras.

No puedo negar que me sentí desconcertado en mi enorme laboratorio. «¿De qué se trata? ¿Es posible analizar químicamente el contenido de un libro? ¡Si el contenido de un libro es su sentido! El análisis químico equivaldría a analizar trapos y tinta». Sin embargo, al reflexionar en el asunto, se hizo una repentina claridad en mi cabeza. Y la luz llegó acompañada de un rubor irresistible. «¡Oh!, grité más y más fuerte. ¡Entiendo, entiendo! ¡Perdóname, ser inmortal, perdóname! Ahora entiendo tu bondadosa reprimenda ¡Agradezco al eterno poder entenderlo!»

Me conmoví hasta lo indecible. Luego desperté.

Aforismos

Esto lo sobrevivirá incluso la lengua alemana.

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Eso fue antes de que el tiempo tuviera barba.

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Estoy convencido de que uno no sólo se ama en los otros: también se odia en ellos.

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Cada cosa tiene sus días hábiles y festivos.

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La hora que se le regala al condenado a muerte vale una vida.

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Toma por escocés a cualquiera que no tenga pantalones.

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Que los libros paguen impuestos per capita.


Georg Christoph Lichtenberg, Un sueño y otros aforismos. Pequeños Grandes Ensayos, editado por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM. Presentación y traducción de Juan Villoro.