Dientes y letras: Isaac Gasca Mata

Isaac Gasca Mata (Monterrey, 1990). Licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha presentado sus cuentos en diversos foros a nivel nacional en ciudades como Guadalajara, Querétaro, Tampico, Zacatecas, Tijuana, Colima, Guanajuato, Aguascalientes, Toluca, La Paz, Ciudad de México, entre otras. Ganó algunos premios literarios en su ciudad natal. Como investigador participó en foros internacionales, entre los que destaca el “Coloquio estudiantil sobre identidades en América Latina”, celebrado en Ciudad de México y en Bogotá, Colombia. Algunos de sus textos aparecen en revistas como Círculo de Poesía, Monolito y Levadura. En 2016 realizó una estancia en San Antonio, Texas, para compartir estrategias educativas con docentes del área de lenguaje. En 2018 participó en el “II Encuentro Latido Latino, región LATAM”, de la red global Teach For All, realizado en Lima, Perú. Es autor de los libros Ignacio Padilla; el discurso de los espejos (BUAP, 2016), Tristes ratas solas en una ciudad amarga (UANL, 2019) y El libro de las personas invisibles (Ariadna, 2020). Fue becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes del Estado de Puebla, en el rubro poesía. Laboró en escuelas públicas y privadas de Monterrey, Nuevo León, y Los Cabos, Baja California Sur. Actualmente estudia un posgrado en Literatura Hispanoamericana.

La figura del hombre lobo en la literatura y el cine occidental

Homo homini lupus

Thomas Hobbes

El movimiento gótico en México tiene importantes referentes literarios tanto de las letras universales como las propias. Entre los títulos imprescindibles para entenderlo se enumeran Drácula, de Bram Stoker, El Horla, de Guy de Maupassant, Frankenstein, de Mary Shelley, y La muerta enamorada, de Téophile Gautier. También Berenice, de Edgar Allan Poe, el poema La novia de Corinto, de Johann Wolfgang von Goethe y La familia del Vourdalak, de Tolstoi. Si bien es cierto que todas las culturas del planeta tienen en sus anales literarios textos de horror no es de extrañar que debido a la influencia anglo-europea sea más conocida en Latinoamérica la tradición de terror occidental antes que la de India, China o África, que sí cuentan historias terribles descritas en libros como Las mil y una noches, de Arabia, pero no son tema para discutir en este prólogo pues los monstruos que alimentan el imaginario colectivo del movimiento gótico son propios del folklore europeo, específicamente de la zona del este continental que comprenden los países de Rumania, Bulgaria, Hungría, Grecia, y los que conforman la península de los Balcanes: Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, etc.     

De hombres lobo se ha escrito mucho desde la antigüedad. Petronio, en el siglo II de nuestra era, describe un licántropo en El Satiricón[1]. Pero no es el primero. El discurso religioso griego cuenta entre sus mitos a Licaón, el rey antropofágico que, castigado por Zeus por ofrecerle carne humana para cenar, vaga por los bosques de Licosura convertido en un lobo. La leyenda se heredó a través del tiempo tanto por la cultura oral como por el arte escrito. Fueron los gitanos, ese pueblo de nómadas conocidos por sus costumbres mágicas y sus relatos relacionados con la quiromancia y los elementos de ultratumba, quienes preservaron hasta el siglo XIX el mito del hombre lobo. Después el cine continuó la tradición.

La palabra licántropo proviene de la etimología griega λύκος (lobo) y άνθρωπος (hombre). Lykos anthropos es la expresión lingüística que define a los seres humanos que, según la leyenda, permutan su forma anatómica por la de un lobo antropoide. Generalmente su mutación ocurre en las noches de luna llena y no solo modifica la apariencia física del hombre, también su mente se trastorna pues quien sufre la maldición pierde el control de sus actos y carece de voluntad para limitar sus acciones violentas, asesinas y antropofágicas. El hombre lobo es una leyenda muy difundida en Europa y América quizá porque las culturas que se asientan a ambos lados del Atlántico concretan ciertos temores colectivos en la figura del licántropo. El lobizón, nombre con el que se le conoce en Sudamérica, simboliza descontrol, ira, abuso, muerte. Es el instinto salvaje, animalesco, que pervive en todos nosotros pero que, gracias a las leyes, mantenemos restringido en el dominio de la imaginación y los sueños. Ya lo apuntó Thomas Hobbes: “es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos.«, Leviatán (1651). El hombre lobo lucha contra todos, contra las leyes de convivencia social, contra la moral de los pueblos, no tiene ética. No espera un castigo por sus actos porque su mente brutal no concibe la noción de justicia. El pánico que desata un animal misántropo y hambriento es enorme debido a que sabemos que muchos de nuestros semejantes andan sueltos por ahí con las mismas tendencias patológicas que él. Los trastornados abundan entre nosotros, pueden ser políticos, maestras, albañiles, abogadas… las lobismuller y los lobishome llevan una doble vida: durante el día son normales, compran el mandado, cuidan a los hijos, sonríen al pasear, pero en determinadas situaciones sacan a relucir los colmillos provocando sufrimiento y muerte. Basta leer la sección policiaca de un periódico para corroborar lo que Espido Freire afirma en su libro Los malos del cuento:

“Los monstruos, las brujas, las madrastras, los vampiros, existen. Nos rodean a diario; se encuentran en nuestra familia, entre los amores que vivimos, en la oficina, al final de cada calle. Lo que ocurre es que ya no los llamamos así: preferimos hablar de manipuladores, de psicópatas, de familias disfuncionales o incluso de traumas y complejos. Ya no se encuentran en los bosques, o en los cementerios, o en las cámaras ocultas de siniestros castillos.

Pero la realidad es que vivimos en el más aterrador, más complejo y largo cuento de hadas que pudieran imaginar los hermanos Grimm, o el Perrault más crudo.” (Freire, 13)

En la provincia de Galicia, en la España decimonónica, un ejemplo de licantropía deambuló libre. El histórico Manuel Blanco Romasanta (1809-1863) sufría múltiples trastornos mentales que lo obligaron a cometer delitos. Durante su juicio declaró ser capaz de convertirse en un hombre lobo para sacar la manteca de sus víctimas y devorarlas bajo el amparo de la luna llena. Con sus actos, Romasanta revivió miedos arcaicos que acompañan a la humanidad desde los albores de la civilización. El hecho de que en casi todas las culturas del orbe exista la creencia en seres humanos capaces de trasmutar su figura por la de un animal demuestra dos cosas: 1) el miedo a los depredadores salvajes que merodeaban las cavernas en busca de alimento[2] y 2) El miedo a que un ser humano por alguna ingrata situación se comporte como un depredador con los miembros de su comunidad. Nuestros antepasados no la tenían fácil. En aquellos días la supervivencia era más una cuestión de suerte que de planeación. Sin garras para defenderse, ni dientes para morder, ni pelaje grueso, ni tamaño descomunal, eran una presa fácilmente comestible[3]. Por lo tanto, el miedo al cazador salvaje se identifica con el animal asesino más abundante y cercano a las comunidades cavernarias. Por eso los hombres lobo proliferaron en Europa, tanto como los hombres león lo hicieron en África. Algunas culturas conciben a un monstruo que podría catalogarse como hombre cocodrilo y en la India existen los hombres tigre[4]. El miedo a la muerte originó al monstruo. Posteriormente el terror a la bestia antropomórfica se institucionalizó en la religión y la guerra. Abundaron los tótems, los chamanes que, disfrazados con piel de animal, declaraban transformarse en uno para alcanzar el conocimiento que los demás miembros de su tribu carecían[5], y guerreros, como los Berserker vikingo, que mentalmente se transformaban en un oso o toro para atacar al ejército contrario.         

Como folklore la licantropía alcanzó el grado de noticia y alertó en diferentes siglos a los pueblos de Chalóns y Gévaudan, en Francia; ambos con una tétrica historia de multihomicidios atribuidos a la bestia mítica. Los más probable es que los crímenes fueran perpetuados por asesinos seriales cuya brutalidad llevó a pensar a las personas que los actos de barbarie solo podían atribuirse a seres malditos. Niños, mujeres embarazadas, ancianos, hombres en edad de pelear, cayeron víctimas de asesinatos infames. Recordemos que antes del siglo de las luces poca gente sabía leer, muchos menos conocían científicamente la fauna que los rodeaba. En general, las sociedades estaban hundidas en un rezago intelectual auspiciado por las creencias religiosas. Es comprensible; si en pleno siglo XXI la fe católica defiende el dogma de que una paloma embarazó a una virgen, no es de extrañar que en centurias remotas consideraran verídico que un hombre, o mujer, se transformara en lobo cada noche de plenilunio. Por lo tanto, las narraciones de seres oscuros proliferaron en Europa y mientras en los sermones dominicales las muertes encontraban justificación, los verdaderos culpables se paseaban impunemente en castillos y palacios, pues pertenecían a la nobleza[6], hasta la siguiente luna llena.

Los monstruos fueron nobles, generalmente miembros de estirpes aristocráticas. Sus delitos pasaron a la historia como literatura reconocida por todos, pero en la mayoría de casos no pagaron en vida por sus felonías. Murieron incólumes. Vlad Tepes, el rey rumano que inspiró el personaje de Drácula es un ejemplo de ello por empalar por el ano a sus enemigos y sembrar los caminos de su reino con estos trofeos bélicos a ambos lados de las vías; un recordatorio de que para él la vida humana valía muy poco, tal vez nada.       

            La región de Transilvania y Moldavia, cubiertas por bosques espesos, es el escenario para las mejores narraciones lupinas. Por su naturaleza agreste e indómita, generalmente envuelta en neblina y habitada por una fauna feroz, es el espacio idóneo para que se desarrollen historias como Le petit chaperon rouge, de Charles Perrault. Un cuento clásico de la literatura que no es otra cosa que una narración licantrópica. Con los años la caperucita roja suavizó su trama. Ya en el siglo XIX los hermanos Grimm (1785- 1863) publicaron una versión atenuada del clásico que Charles Perrault mandó a la imprenta junto a otros cuentos en una colección titulada Contes de ma mére l´Oye (1697), firmados con el pseudónimo de su hijo. En algunas versiones el lobo muere a manos de un leñador y tanto la abuela como la niña escapan indemnes de la barriga del animal, como si éste no masticara al tragar y su estómago careciera de jugos gástricos. El leñador rellena con piedras la panza del monstruo y luego cose sus tripas con una aguja de canevá, todo sin que el enemigo despierte. Una vez que las mujeres están a salvo, el animal se ahoga en el río al que fue a beber. Un desenlace de esta índole tranquiliza a las consciencias ingenuas pues, aunque eso no pasa en el mundo, creen que los buenos siempre ganan y los malos sufren su castigo. No, lectores. Así no termina el cuento, ni funciona así el mundo. En el cuento, el hombre lobo es un ser despreciable que aprovecha su inteligencia y fuerza para sojuzgar a una infante y a su abuela, luego se las come y fin, no hay justicia para castigar al criminal. La narración de antropofagia también tiene su grado de abuso sexual. Parece que el malvado lobo se aprovechó de su fuerza para comer tanto física como simbólicamente a ambas mujeres, tal como sugiere Perrault en la moraleja de su cuento[7]. Sí, los licántropos son bestias furiosas, de apetito y sexualidad desbordada. A eso se refiere Espido Freire cuando afirma que: “Los niños, las niñas, hasta las que llevan una bonita caperuza, han de asomarse a la vida real de un momento a otro, y lo único que les resta hacer a sus padres es rezar porque escuchen sus enseñanzas, vayan por el buen camino y eviten a los lobos.” (Freire, 40)        

Ya sea en los montes Cárpatos, en Francia, Alemania, o cualquier rincón del viejo continente, las narraciones lupinas abundan. A veces son un relato directo como el expuesto por Frederick Marryat en The White Wolf of the Hartz Mountains, (en mi humilde opinión la mejor historia de hombres lobo jamás contada, aunque en este caso el personaje siniestro es una mujer). En otras, las referencias a la bestia aparecen veladas; como en el cuento El lobo y las siete cabritas, de los hermanos Grimm. Intuyo la presencia licantrópica en esta obra porque no es una fábula, los animales conviven con seres humanos y el lobo, como siempre, pretende degustar carne tierna de inocentes. Llegué a la conclusión de que es un loup garou cazando pequeños niños porque los lobos no hablan con las personas, pero el del cuento no solo es capaz de emitir palabras, sino que incluso amenaza al molinero con comérselo si no lo ayuda a blanquearle la pata. “El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio; pero la fiera lo amenazó: -si no lo haces, te devoro-…” (Grimm, 24). La edición que tengo en mi biblioteca de los cuentos completos de los hermanos Grimm tiene ciento cuatro dibujos del artista alemán Ludwig Richter (1803-1884), en ellos aparece la ilustración del lobo antropomorfo vestido como humano y salivando antes de tragarse a sus indefensas presas. De nuevo los Grimm suavizaron el final.      

Por otra parte, la escritora Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve escribió en el siglo XVIII el cuento La belle et la bête, que es un inconfundible relato antropozoomórfico. En la adaptación cinematográfica que la empresa Disney realizó en 1991 a muchos espectadores les pareció que la estética bestial correspondía con las características prototípicas de un licántropo. Recordemos que, tal como Licaón, la bestia animada es castigada por su maldad y tiene una pequeña oportunidad de retornar a su forma humana si minimiza su salvajismo y realiza actos de bondad pura. Para Licaón el castigo se levantaría si evita comer carne humana durante diez años, para la bestia de Disney la condena desaparecería si una doncella se enamora de él a pesar de su fealdad. Ambos monstruos son símbolo de poder, venganza y furia. También tienen mucho pelo, bastante testosterona y un carácter de los mil diablos. Al segundo solo le falta aullar. Esta idea parece compartirla Jean Cocteau en la versión del cuento de Villeneuve que filmó en 1946. El director de cine surrealista le otorga a su bestia una fisonomía parecida a los hombres lobo: hipertricosis, acromegalia[8] y una vida de ostracismo. No obstante, ambas adaptaciones fílmicas se equivocan pues en el cuento original la bestia parece más un hombre jabalí, por los colmillos que sobresalen de su rostro, que un loup garou.       

            La literatura occidental, específicamente la europea, cuenta entre sus archivos bibliográficos profusa cantidad de obras que describen lobos hambrientos con características humanas. Desde los Bestiarios medievales, que son el catálogo prosopográfico de seres fantásticos con su correspondiente y hermosa ilustración, hasta obras decimonónicas, a veces no tan conocidas, pero de alta factura narrativa como el volumen Capitán de lobos (1857), de Alexander Dumas, en el que el personaje principal, Thibault, hace un pacto con el diablo para vengar las ofensas que cree haber recibido. “De repente le pareció oír llamar suavemente a la puerta de la choza. Se disponía a abandonar su cobertizo para ir a abrir, cuando la puerta cedió, y, con gran asombro de Thibault, un enorme lobo negro entró en la habitación, andando sobre las dos patas traseras.” (Dumas, 39)[9]. Los lobos aparecen aderezados con su justa ración de noche y maldad.

            Un caso mucho más reciente pero digno de mención es el personaje licantrópico Lobo feroz de la historieta Fables (2002), del estadounidense Bill Willingham, publicada bajo el sello editorial DC Vértigo. La trama relata que tras una guerra en el mundo de los cuentos los personajes escapan de la muerte huyendo por un portal a la ciudad contemporánea de Nueva York. Caperucita Roja no logra huir y muere a manos del enemigo. Pero Lobo feroz sobrevive y se une a la comunidad de refugiados bajo la batuta de Blanca nieves. A primera vista la trama parece un guion forzado e incongruente con la tradición del Loup garou. No obstante, Lobo feroz, para sobrevivir en Nueva York se disfraza de humano y trabaja como un detective sanguinario que no duda en transformarse y matar brutalmente a los delincuentes que atrapa, tal como puede verificarse en el capítulo tres de la serie titulado “La sangre habla”. Otro acierto de Willingham es el cuento El lobo en el corral, que aparece como anexo en el segundo tomo de esta novela gráfica. “Primero trituró la cabeza del hombre, como una manzana roja madura, sofocando cualquier posibilidad de alarma, y luego se dedicó a comer sin prisas. Pero después de unos cuantos bocados, incluso la carne de este hombre resultó inadecuada” (Willingham, 251)    

            Miles de referencias, de discursos, de iconografía, incluso de música, legitiman al hombre lobo como uno de los monstruos folklóricos con mayor presencia en el imaginario social, quizá solo superado por la figura del vampiro chupasangre, ya sea como el Nosferatu llevado a la pantalla por Max Schreck que interpretó al Conde Orlok en la película expresionista Nosferatu. Una sinfonía de horror (1922), dirigida por F.W. Murnau[10], o como el culto y aristocrático conde Drácula cuya versión fílmica más impresionante pertenece a Francis Ford Coppola, rodada en 1992, inspirada en el libro homónimo del británico Bram Stoker (1897), y protagonizada por Gary Oldman que supera en su papel a actores de la talla de Bela Lugosi, Lon Channey y Aldo Monti, quien coprotagonizó en México la cinta pornográfica El vampiro y el sexo (1968) junto a Santo, el enmascarado de plata. 

            El hombre lobo no deja de sorprender por su poder, brutalidad y, hay que decirlo, su nula capacidad intelectual. En la música se le han dedicado canciones que con el tiempo se convirtieron en himnos a la criatura de la noche por excelencia. En 1984 el grupo español La unión promocionó el sencillo Lobo-hombre en París. Esta canción cuenta con los elementos folklóricos de la maldición lupina solo que el sujeto protervo es un lobo que se transforma en hombre y no viceversa, como dicta la tradición. La letra de la melodía cuenta que Denis es un lobo mordido por el mago de Siam que posteriormente se convierte en hombre y con esta apariencia recorre los barrios bajos parisinos donde contrata a una prostituta por unos cuantos francos. El lobo visita varios bares y termina en un hostal deleznable con una joven con quien observa la luna llena sobre París. Qué poético, qué bello, una escena de un lirismo magistral que desafortunadamente no logró capturar el videoclip que José Luis Lozano dirigió para la canción. El video se queda corto, es infame, mustio, nada seductor. Cuenta un feminicidio a pesar de que la canción jamás habla de eso. Pero, en fin, la brutalidad no es exclusiva de los hombres lobo. Cabe recordar que la canción está inspirada en el cuento El lobo-hombre, de Boris Vian, en él el autor acuña el término antropolicandría para referirse a la transformación de un lobo en hombre luego de sufrir la mordida de un licántropo.     

            En el mundo de los videos musicales hay grandes aciertos que cumplen con creces las características góticas que se esperan de una buena canción lupina. Quizá el ejemplo más logrado es Du Riechst So Gut (1998), del grupo alemán Rammstein, pues la letra, escrita por el vocalista Till Lindemman, es un poema a la excitación sexual que se produce en el licántropo a través del olfato. Hueles tan bien, es la traducción del título de esa canción icónica donde se describe la locura a la que el hombre lobo se somete cuando percibe en la nariz el aroma hormonal de una dama y se deja llevar por el instinto salvaje que lo impulsa a la reproducción. El video cuenta con los elementos prototípicos de las historias del loup garou. Hay un bosque, niebla, noche, un castillo donde un grupo de aristócratas baila, sangre, ojos brillantes con aparente pupila nictitante o bien con el fuego infernal fulgurando en ellos, tarot, lobos, pelos, sensualidad y sexo. La mujer hermosa es seducida por el maldito y éste, lejos de devorarla, preserva su belleza convirtiéndola en una licántropa como sugiere el final del videoclip. Muchos amantes de los hombres lobo piensan que esta canción es perfecta para escucharse, por el dinamismo y fuerza que transmite, mientras un infeliz se transmuta. El ritmo es enérgico, pero no coincido. Considero que dada la antigüedad y el origen de la bestia le quedaría mejor las Czardas, de Vittorio Monti, o alguna melodía de clavecín como Fandango, de Domenico Scarlatti.     

            El lobo es un monstruo más asequible que el vampiro; más democrático en el sentido de que es más factible que un ciudadano de clase trabajadora se convierta en un licántropo más que en un vampiro. Los vampiros literarios son elitistas, por lo tanto, sus víctimas se reducen al círculo pudiente. Pocos vampiros son proletarios. Al contrario de los hombres lobo, que provienen de cualquier clase social pues el único requisito para serlo es sobrevivir al encuentro. Tarea complicada, pero de lograrlo la víctima se transformará en victimario pues su cuerpo inoculará la maldición como una infección viral que lo transformará cada ciclo de luna llena.

Una de las cintas más logradas del tema es una producción británica titulada The Company of Wolves (1984), escrita y dirigida por Neil Jordan. En ella tanto la trama, como la fotografía, las locaciones y la estética del vestuario rinden homenaje a la leyenda. La película es una adaptación del cuento de la caperucita roja aderezado con historias de licantropía secundarias que enriquecen y potencializan la trama. La actriz Sarah Patterson, en su papel de Rosaleen, encarna a la perfección los ideales de pureza e ingenuidad que tanto anhela destruir el monstruo. El hombre lobo seduce a la bella adolescente de mejillas encarnadas. En la escena del encuentro en el bosque puede observarse la característica uniceja y la piel pálida, enfermiza, de una criatura que guarda las peores intenciones en contra de la niña. Los efectos especiales no parecen tan buenos en la actualidad, pero en la época de su estreno fueron revolucionarios.

Otra película importante es La bête (1975), del cineasta polaco Walerian Borowczyk. Cabe resaltar, por su naturaleza mórbida, la escena sexual entre el licántropo y la joven rubia que persigue en el bosque. No es el abuso per se lo interesante sino toda la simbología presente: la bestia subyugada por el instinto carnal, sin voluntad ni restricción, la fémina cada vez más endeble y expuesta, el vestido blanco que representa pureza, la rosa que se desprende de su traje que representa la pasión por su color rojo enardecido, la peluca neoclásica que la mujer se arranca para demostrar que está tan excitada como el monstruo y que también la domina el instinto sexual, la carne cruda, sangrante, que significa carnalidad, la lengua erótica durante la penetración, el viscoso caracol cuya baba pegajosa recuerda al semen. Todo es un sueño húmedo. Borowczyk filmó una película pornográfica con escenas zoofílicas, raramente expuestas, propias de la leyenda.    

An American Werewolf in Paris (1997), dirigida por Anthony Waller y protagonizada por Julie Delpy, es secuela de An American Werewolf in London (1981). En la cinta rodada en París la hermosa Sérafine Pigot intenta suicidarse arrojándose de la Torre Eiffel porque vive con la enfermedad de la licantropía y para no causar más sufrimiento decide terminar con sus días. No obstante, tres amigos estadounidenses que practicaban puénting en el sitio la salvan. A partir de ahí los norteamericanos viven en carne propia la pesadilla de la maldición licantrópica pues un grupo de xenófobos franceses se inyectan una droga que los transforma en licántropos. Una historia de terror romántico con locaciones en el metro de París, las catacumbas, la icónica torre y muchos sitios reconocibles de la Ciudad Luz.    

Otras cintas dignas de mención son Van Helsing (2004), dirigida por Stephen Sommers, ya que los efectos especiales enriquecen una trama de por sí interesante que respeta las locaciones tradicionales de la leyenda, el ambiente frío y boscoso. Además, la caracterización de Hugh Jackman como licántropo es impresionante. Werewolf. The Beast Among Us (2012), de Louis Morneau, es una cinta del género gore que no tiene empacho en exponer miembros cercenados, tripas, cadáveres destazados y, en general, todo el desastre que deja un hombre lobo a su paso y alguien tiene que limpiar. Ginger snaps (2000), de John Fawcett, es una excitante oda a la sangre, Le pacte des loups (2001), de Christophe Gans, enlistada más por la exposición de la bestia de Gévaudan que por su trama floja y por momentos insensata. Silver bullet (1985), inspirada en el libro de Stephen King, tiene momentos espeluznantes, pero en general es una cinta regular, nada especial. Por último, mi gusto culposo: Dog Soldiers (2002), dirigida por Neil Marshall, trata de soldados británicos disparando contra bestias lupinas. 

Lo que más abunda en el cine de licantropía son las malas películas. Quizá la criatura nocturna con peor filmografía sea el hombre lobo pues decenas de veces directores y productores realizaron cintas ridículas con mucho o poco presupuesto. El monstruo más castigado por los cineastas mediocres es el Loup garou. Guiones corrientes, tramas estúpidas, personajes planos y sin profundidad encontramos en tonterías como Howling III (1987), de Phillipe Mora, donde licántropos australianos son marsupiales, tienen bebés y viven en comunidad. Patético. La saga de películas Underworld (2003-2016) describe una absurda guerra entre licántropos y vampiros donde sobran las balas pero falta el ingenio. Otras películas malhechas, que curiosamente también pertenecen a una saga, es Twilight (2010), inspirada en el libro homónimo de Stepanie Meyer, donde los vampiros adolescentes tienen una guerra contra los hombres lobo. Una trama repetitiva y cansina en las malas películas del tema que recurren una y otra vez al asunto bélico para filmar cintas dirigidas a las masas incultas que consumirán cualquier cosa, por nefasta que sea, que se anuncie en las salas de cine comercial. Otra película decepcionante es The Wolfman (2010), de Joe Johnston, pues prometía ser una excelente cinta de culto licantrópico. Nada más ajeno a la realidad. La película es lenta, aburrida, sin referentes históricos ni complejidad. Uno de los peores papeles en la carrera de Benicio del Toro. 

            Para culminar concluyo que la figura del hombre lobo trae consigo un debate necesario en esta época de censura generalizada disfrazada de doble moral. Los defensores de la dictadura de lo políticamente correcto suelen tener un pensamiento superficial y maniqueo. Se dicen plurales, pero antes de reflexionar o comprender el origen de ciertos eventos, la mayoría de ellos mucho más inofensivos que un hombre lobo, censuran, clausuran, tachan, como si viviéramos un retroceso a la Edad Media o a la Inquisición pues en esas épocas solo determinadas ideas podían compartirse mientras que otras mandaban directamente al cepo o a la horca (en nuestros días a la funa) al autor. El infantilismo que impera en la actualidad es peligroso porque cree en utopías que no existen ni existieron jamás. Solo es un mecanismo de control de la clase privilegiada que copta y censura cada vez más nichos de expresión a las clases trabajadoras. ¿También censurarán la literatura y el arte? ¿Cuándo empezarán a prohibir los libros de ciencia? Nos acercamos peligrosamente a un totalitarismo digital y opresivo y nuestra única esperanza contra él es defender la libertad de expresión que con tanto sacrificio a través de los siglos ganaron las sociedades. Después de todo, hablar sobre hombres lobo no te convierte en uno. Más bien nos recuerda algo inherente a la naturaleza humana que el etólogo y Premio Nobel de medicina Konrad Lorenz designó en su ensayo Moral y armas de los animales en los siguientes términos:

“Sólo hay un ser que dispone de armas que no han crecido con su cuerpo y de las cuales, por tanto, nada saben sus formas innatas de comportamiento; de aquí que no existan las consabidas y eficaces inhibiciones. Este ser es el hombre. Incesantemente aumenta el poder mortífero de sus armas, que se multiplica con el tiempo. Sin embargo, los instintos y las inhibiciones necesitan, para desarrollarse, espacios de tiempo comparables a los que se requieren para adquirir nuevos órganos, o sea, períodos de una longitud tal que solo están acostumbrados los geólogos y los astrónomos, pero de ningún modo los historiadores (…). Día vendrá en que cada uno de los contendientes será capaz de aniquilar al adversario. Puede llegar el momento en que la Humanidad se encuentre dividida en dos bandos con estas características. ¿Nos comportaremos entonces como las liebres o como los lobos?” (Lorenz, 182) 

            Es el mismo Homo homini lupus al que se refería Hobbes y que encarna la figura del licántropo en la literatura y el cine occidental. Reflexionar sobre él, aunque nos duela, debe ser prioritario para contrarrestarlo con medidas éticas y sociales en vez de pensar que el mundo es una nube de color rosa y en la sociedad vivimos puros, mansos y tranquilos corderos. 

Firmada en la octava luna del año vigésimo primero del tercer milenio.

Segundo año de la pandemia.


[1] “Era un soldado valiente como el diablo. Salimos de noche, al primer canto del gallo; había tal claro de luna que parecía pleno día. Llegamos a la zona de las tumbas (…). Luego, volviéndome hacia mi compañero, veo que se había desnudado y había dejado toda su ropa al borde de la calzada. Solo me quedaba un leve aliento en la punta de la nariz; permanecí inmóvil como un muerto. En esto él formó un círculo de orina alrededor de su ropa y al instante se convirtió en lobo. No os creáis que os gasto una broma; yo no diría mentira por todo el oro del mundo. Pero, volviendo a mi relato, cuando se hubo transformado en lobo, empezó a aullar y desapareció en el bosque. (…) Si los sustos mataran a la gente, yo ya no estaría con vida.” (Petronio, 91)

[2] Los mitos antropozoomórficos tienen su origen en narraciones de hace más de 30,000 años, tal como relata, por ejemplo, una parte del documental La cueva de los sueños olvidados (2010), de Werner Herzog.

[3] En el videojuego Far Cry Primal (Ubisoft, 2016) acompañamos al personaje Takkar en su aventura diaria en busca de recursos para su tribu. Una aventura de supervivencia en donde se observa la fragilidad del ser humano en una época dominada por la megafauna carnívora con apetito feroz. El tigre dientes de sable, el león de las cavernas, el oso cavernario, los lobos, los perros salvajes, cocodrilos, serpientes, rinocerontes lanudos y hasta mamuts (si bien los dos últimos eran herbívoros, su celosa territorialidad los convertía en peligrosos moradores de Oros, la actual Europa central, donde se desarrolla el videojuego.) asesinaban fácilmente a los especímenes de Homo sapiens.

[4] El Rakshasa de la India se comporta de manera muy similar al hombre lobo europeo. “Mi hijo va a morir esta noche, respondió la anciana. Un terrible rakshasha vive en el bosque vecino. Este demonio gigantesco con cara de tigre se alimenta de carne humana. Cada día exige un joven como presa, de lo contrario, amenaza con atacar la ciudad, ¡La suerte ha designado a mi hijo para que le sirva de cena esta noche! Por eso estoy desesperada.” (VV.AA. 121)

[5] México tiene una leyenda similar al tema de la licantropía: el Nahual. Aún en nuestros días existen personas que afirman sobrevivir a su encuentro. La historia es muy interesante, pero como no es el tema de nuestro artículo con mucha pena la omito.

[6] La biografía de Erzébeth Báthory, la condesa sangrienta, y Gilles de Rais, ambos de familia noble, confirman hasta qué punto los crímenes sanguinarios se perpetuaban en los castillos europeos dando origen a leyendas de estilo vampírico y al cuento Barba Azul.

[7] “Aquí vemos que los niños, / sobre todo las niñas / bellas, dulces y gentiles, / no deben escuchar a cierta clase de gentes, / y que no es raro / que los lobos se hayan comido a tantas. / Digo el lobo, pues no todos los lobos / son iguales. Hay algunos corteses, que / sin ruido y sin hiel, complacientes y dulces / siguen a las doncellas hasta su casa, / o por las callejuelas. Pero, ¡ay! ¿quién / no sabe que los lobos melosos son los / más peligrosos de todos?” (Perrault, 73)

[8] Según la literatura médica. Las personas que padecen acromegalia sufren un desorden en la hormona del crecimiento que les provoca gigantismo, especialmente en la mandíbula. Sí, como los hombres lobo.

[9] No es la primera vez que el diablo aparece convertido en un cánido negro para pactar con un humano. En Fausto (1808), obra monumental de la literatura germana, Johann Wolfgang von Goethe describe el encuentro inaugural del sabio con Mefistófeles de la siguiente manera:

“FAUSTO. ¿No ves a ese perro negro que rastrea por entre los sembrados y el rastrojo?

WAGNER. Rato hace ya que, efectivamente, lo veo; pero no le encuentro nada de particular.

FAUSTO. ¡Míralo bien! ¿Qué clase de animal te parece?

WAGNER. Pues un falderillo que, a su modo, afanoso rastrea las huellas de su amo.

FAUSTO. ¿No notas cómo, trazando anchas espirales, cada vez se acerca más a nosotros? Y, si no me equivoco, va dejando tras de sí un reguero de fuego.

WAGNER. Yo no veo más que un perro negro; puede que os engañen los ojos.

FAUSTO. A mí me parece que anda trazando en torno a nuestros pies mágicamente curvas insidiosas para aprisionarnos.” (Goethe, 90)

[10] En 1979 el cineasta Werner Herzog realizó su versión del filme, Nosferatu. Fantasma de la noche, con Klaus Kinski en el papel protagónico.

BIBLIOGRAFÍA

DUMAS, Alexandre (1983) Capitán de lobos I. España. Ed. Forum

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