Poesía en voz de sus autores: Carlos Ávila Villamar

Carlos Ávila Villamar (Holguín, 1995). Graduado de filología hispánica en la Universidad de La Habana. Es editor y escritor. Ensayos y relatos suyos han aparecido en revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Literal Magazine, OnCuba, Cachivache Media, Taller Igitur y Erial. Ganó en 2016 el Concurso Internacional de Minicuentos “El Dinosaurio”. Es egresado del Taller de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso, en el que obtuvo una Beca Caballo de Coral en 2014. Ejerció como editor y director de Upsalón, la revista de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, entre 2017 y 2018. Desde 2019 trabaja como editor en la Casa Editorial Abril. Ha publicado de manera independiente la serie de relatos Fabulario entre 2020 y 2021.

Viaje de regreso

Hay una hora en la que todo parece demasiado tarde
las calles están medio desiertas, y los pájaros huyen
aterrados por el regreso de la noche antigua
el aire es transparente como nunca, tanto
que todavía puede verse el pasado inmediato
y puede verse la ventisca de muerte que en unos segundos
agitará los árboles.

Me afectan las cosas irreversibles, el punto crítico
que nunca se manifiesta, pero que sin duda existió
y ahora la tarde se detiene
la tarde no sabe que ya no hay vuelta atrás.
Los viajes de regreso pueden ser demasiado tristes.
Las luces ya encendidas de las casas
aguardan una noche que se demora,
que no va a llegar.

Inédito

la soledad de otro

Los remolinos del patio, huracanes rastreros,
hacen guirnaldas de hojas secas en el aire,
y un niño desconocido en un patio
parecido al mío empinará el cometa alto
que ahora deja su sombra en mi patio.
El pavimento espera las primeras gotas de lluvia.

Inédito

La plaga

Por mi antigua casa pasó una plaga de saltamontes.
Nos enteramos cuando empezaron a estrellarse contra las persianas
Recuerdo ese sonido seco de revoloteo enloquecido.

Parecían insectos falsos, engendrados por una aberrada floresta
como si a las hojas de los árboles les hubieran salido
ojos y alas.

Entraban a la casa deshechos, una tormenta de patas y alas
se podía pensar que la vida en falso de aquellos seres
solo podía durar un instante antes de regresar
a ese estado efervescente de la materia
entre lo vivo y lo no vivo.

Luego había que barrer cientos y cientos de saltamontes momificados.
Muertos no pesaban nada, aquellos cascarones
pesaban menos que el aire.

Así terminaba la plaga, de manera inexplicable
como mismo había empezado.
Aquella fuerza vital destructiva
terminaba sin explicación, sin propósito
en la naturaleza.

A veces uno se encontraba sobrevivientes
ermitaños oscuros, camuflados en la exuberancia
interminable del patio. Parecían querer gritarnos
que no los molestáramos.