Narrativa mexicana contemporánea. Cuento de Vilma Isabel Domínguez.

Vilma Isabel Domínguez Rodríguez. Graduada de la licenciatura de Oboe por la Escuela Superior de Música INBA. Formó parte del taller de artes plásticas del Centro Municipal de Artes de Mazatlán. En el campo de la literatura, ha tomado talleres con exponentes como Christian Peña, Isaac López, Óscar Paúl Castro, Antonio León, Francisco Alcaraz, Eduardo Ruiz y Eugenio Partida. Actualmente, ejerce como maestra de oboe y fagot en la Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil, de El Rosario, Sinaloa. Es integrante del taller literario «La Factoría».

FINALES

Todos nos suicidamos una vez en la vida, al menos en el pensamiento. Esas eran las palabras que se repetía Vicente, mientras ataba la gruesa cuerda de yute a la viga. No era por darse valor, pues aquello lo venía planeando desde hacía mucho tiempo, más bien, era para colocar al resto del mundo en su medida.

Ahí se detuvo Juan, ya tenía la última parte de su novela, las palabras le gustaban, el fondo estaba casi resuelto. Bajó la pluma, cerró la libreta, se levantó de la silla y pensó en algún premio. Hacía un calor pegajoso propio del norte, húmedo, sofocante; deseoso de cerveza, se dirigió al refri, tomó una y la destapó con la cuchara. Regresó al escritorio, pensaba en el inicio, en la dirección, no se quería precipitar.

Se distrajo recordando a Laura, pensaba en ella obsesivamente desde que la desapareció de su vida. Muchas veces platicaron la trama de la historia después del sexo, poniendo la prensa de café antes de aquella pelea. También pensó en Vicente, “pobre diablo, sin saber a dónde va, lo he dejado ahí con sus pensamientos, yo también estoy con los míos”.

Tomó otra cerveza, últimamente era la única forma de dormir; la extrañaba, sin embargo ella dejó muy claro que valía poco, y eso no estaba por cambiar. Seguía sin poder ajustar para el mes, sus escasos amigos no comprarían los libros aunque lo quisieran. Las editoriales lo más que le ofrecían era una disculpa por no poder publicarlo. Una opción sensata era abandonar su sueño de ser escritor, buscarse un trabajo decente, unirse a los buenos ciudadanos, dejando las palabras para hombres de dinero y curiosidad. De paso liberaba a su amigo de la cuerda.

Esta vez el personaje parecía tener aliento, motivación, sentimientos. Qué mala pasada de la vida encariñarse por alguien sin olor. Vicente habitaba en su imaginación desde que empezó su primer novela. Solo que en ese entonces, no se quedaba, ni ofrecía nada, estaba ahí, siendo él, con sus malas decisiones, traumas de la infancia y su constante tristeza.

Tal vez por ello no había sido requerido. Sus novelas anteriores eran un reflejo de la sociedad en su lado amable, cómico, los protagonistas sufrían por amor, perdían el empleo, odiaban a su jefe, cosas para pensar y olvidar.

Vicente, le recordaba a su padre, aunque más a él. Le puso los ojos café ladrillo de su madre y la cicatriz en la mitad de la cara, esa que le regaló Don Fernando, cuando intentó defenderla de las golpizas que le propinaba. Más que rencor, le tenía lástima, también asco, cuando llegaba a vomitar en la camisa, tirándose a llorar con la promesa de ser alguien nuevo, cosa que efectivamente hacía solo por unas semanas, todo eso vivía junto al odio, ese no lo abandonaba, era su cicatriz, el recuerdo de sus días de niño obligado a ser hombre. Se terminó el six y fue a dormir.

A la mañana siguiente, se levantó con entusiasmo, se bañó, preparó unos huevos rancheros con tortilla frita acompañados con café. Puso un par de aspirinas en un vaso de agua, descansó media hora. Pasado ese tiempo, ya en la silla, enlistó las ideas que se habían aflojado gracias al baño y la cafeína.

Había ajustado el ritual tantas veces visto en las películas, leído en los libros. La carta de despedida estaba sobre la mesa de la entrada, junto al teléfono y el periódico del día. Llevaba su pantalón favorito, una playera blanca, su blazer azul con parches y unos zapatos negros de piel, que guardaba para ocasiones especiales. Se había bañado tranquilamente y comió carne asada con frijoles. Ahora, sobre la silla, mientras estiraba el cuerpo para hacer los nudos, el tiempo parecía ir más lento, del fregadero caía una gota constante, pero en un espacio de tres segundos, el reloj de pared parecía en reposo.

Terminó los preparativos y se sentó bajo la soga, cerró los ojos volcando su memoria a la infancia. Al regazo de su madre muerta y ensangrentada, a los gritos de su padre pidiendo perdón y el arma entre sus dedos sobre la sien, mientras el hijo de apenas seis años lo miraba sin entender sus amenazas de muerte. Esa era la última vez para repasar aquel recuerdo que lo atormentaba. También vio a su padre alejarse en caballo, a las vecinas entrar por la puerta de la cocina calmándolo y pidiendo ayuda. Él no sería así, tenía que pagar.

Hizo una pausa, se levantó y colocó unas cervezas en el congelador para más tarde. Lavó unos vasos y al mirarse en el reflejo borroso de la ventana, creyó ver a Laura en la banqueta de enfrente, sacudió la cabeza espantando el pensamiento y se pasó la mano por el rostro para confirmar sus bordes, para recordar quién era.

Nuevamente en el escritorio regresó a sus ideas. Vicente moriría ese día. Así que tomó un poco del café, ahora frío y se dispuso a continuar.

Eran las once cuarenta en el reloj azul de la pared del sentenciado, había acordado consigo que a las doce partiría de ese mundo. Los recortes de su atroz paso por el mundo, los guardaba en un baúl que no pudo tirar. Le gustaba el mezcal, así que tomó la botella a medio vaciar de la alacena y se echó un trago grande, luego pensó en dejar la puerta principal sin llave, se levantó, movió el cerrojo y besó la fotografía de su madre, en poco tiempo la vería, esos años de espera estaban por terminar. Faltando unos minutos para medianoche, se paró sobre la silla y se colocó la soga, en cuanto sintió las fibras abrazarle el cuello, las lágrimas brotaron, pero sin ningún otro gesto, caían como una cascada miniatura, el reloj tocó su punto más alto y Vicente empujó la silla retorciéndose unos minutos, hasta que por fin la quietud le llegó al cuerpo.

En casa de Juan, ya era de noche, pasó el día meditando su novela. Nuevamente Laura recorría sus pensamientos, como tantas veces la había visto por la casa, paseando en círculos hasta enloquecerlo, ¿sería que esa novela sí le gustara? Eso nunca lo sabría, ya estaba demasiado fría para que las palabras le dieran calor. Se sentía vacío, cansado y sin ganas de hacer nada, así que fue por una botella y se sentó con las piernas sobre el mueble de la sala, daba tragos grandes, como queriendo borrar la culpa que sentía por la muerte de Vicente. Eran muchos años los que había pasado a su lado, de hecho era su amigo más antiguo.

Se terminó la botella y entumecido por el alcohol comenzó a dormir, de pronto tocaron a la puerta, le pareció muy extraño, pues pasaba ya de media noche, caminó un poco tambaleante hacia la entrada y abrió la puerta sin preguntar quién era.

La borrachera se le bajó en dos segundos. Frente a él se encontraba un tipo grande, de ojos color ladrillo y con una cicatriz en la mitad de la cara, era Vicente, estaban mudos, así permanecieron por poco más de un cuarto de hora, solamente observándose uno al otro, parecía que estaba frente al espejo pero no era así, pues aquel tipo transpiraba vida. Juan, después de repasar muchos pensamientos y regresar una y otra vez a la realidad, le dijo: —Perdóname por matarte, era necesario—. Vicente, asintió y colocó una de sus manos sobre el hombro del pálido escritor —te entiendo, vamos a sentarnos que yo también estoy confundido—. Se acomodaron en la sala, Juan, le destapó una cerveza y abrió otra para él. Miraba su cuello marcado por la soga, amoratado, pero fuera de eso no encontraba ningún otro signo de muerte, lo que estaba frente él era una persona en todo su esplendor, respirando, con las mejillas resplandecientes y rosadas. No era sencillo conversar, los dos tenían más palabras en la cabeza que en los labios. Pasada una hora aproximadamente, se relajaron y volvieron a ser amigos como siempre, buscaban una explicación en conjunto.

A las seis de la mañana, el sueño los había invadido, por más extraordinaria que fuera su situación, el cuerpo necesitaba reposo, así que Juan le entregó una almohada y se fue a su cuarto.

Vicente no pudo dormir, no sabía qué hacer con él, pensaba en su futuro, ahora nuevamente las cargas de la vida le acompañaban.

Caminó por el departamento y empezó a mirar las fotografías, los cuadros, la pequeña colección de alebrijes junto a los libros.

Justo ahí un escalofrío le atravesó el cuerpo, concentrándose en las marcas de la soga. ¿Y si todos aquellos también estaban atrapados? Se mareó y regresó al sillón. Lo pensó una y otra vez, concluyendo que no, que lo que le había pasado era un milagro.

Luego, mirando los otros libros bajo la lámpara, encontró un baúl, dentro de él un álbum, al empezar a hojearlo una verdad se le presentó en forma de recortes de periódico. Los titulares decían: “Desaparece maestra de preescolar”, “ Encuentran muerta junto a las lanchas del puerto a joven maestra”, “Compañeros consternados, piden justicia”, “Más de un año sin culpable por la muerte de la maestra Laura López”. Seguido de ello, fotografías del cuerpo desnudo de la chica, de las cuerdas en sus muñecas, y la carta de despedida que iba dirigida a Juan.

Se le incendió la cabeza, le palpitaba con recuerdos, historias a pedazos. Caminó hacía la cocina sin titubeos, tomó un cuchillo grande, entró al cuarto de Juan y lo apuñaló hasta dejar de sentir ardor en el cuello.

Finalmente, regresó a la sala con una soga y colocó la silla.