Cuatro puntos cardinales, Izel Shamaní. Crónica en voz de sus autoras.

Izel Shamaní. Estado de México, 1991. Algunas de sus crónicas, ensayos, cuentos y poemas han sido publicados en revistas de México y Latinoamérica, tales como Pez Banana, Neotraba, Plástico, Monolito, Nocturnario y Máquina. Ha participado en diversos foros de poesía en México. Cursa la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y asiste al Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes.

Cuatro puntos cardinales

Textos. Textos. Los textos están en todas partes. En los apartamentos de la ciudad, en las casas del campo, en la calle, en el tren… Estoy escuchando…

La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexiévich

Primero descubrí lo que estaba matando a estos hombres

En la exhaustiva oscuridad, Muriel Rukeyser

Pero un día brotarán de aquí, de allá,
y de más allá, cien mil como aquel

Juyungo, Adalberto Ortiz

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OJO Y OÍDO DE LA CIUDAD
No pueden verlo porque sucede bajo el puente,
larga sombra como una cripta.
Sólo ven los árboles y el pasto seco.
los autos y cables que siguen avanzando.
No ven a los hombres que suben al vagón que irá bajo tierra.

A las afueras de metro Neza, en el camino sólo para peatones, se ha levantado una barrera de ocho policías: cercan un cuerpo tendido sobre el piso. Hasta ahora no me había encontrado con un cadáver en la calle, sólo con los rumores al día siguiente, colgando del aire. El pequeño rostro está atravesado por una línea de saliva. Otro fluido se desprende de la parte inferior del cuerpo y forma una mancha que se extiende hasta el borde de la calle. Muerto. Ha muerto, me digo.

            —¿Cómo se llama? —le pregunta uno de los agentes. Termina de ponerse los guantes de látex blanco y se agacha para tocarle el hombro, apenas— ¿Cómo se llama, jefe? 

            Los demás policías son un silencio, como el resto de nosotros. Los camiones avanzan sobre la punta de las llantas, como si no quisieran despertar al hombre. Todos queremos oírlo, saber que está vivo, seguir nuestro día. Algo nos dice que no se debe ignorar a los muertos.

            —Ulises. 

No ha muerto, me digo. Sé su nombre porque el policía se lo repite a su compañero, mientras mira a Ulises como se observa a un anciano. Como se observa a un padre. Delante de mí, un hombre escupe por sobre su hombro y su saliva cae muy cerca de mis zapatos. “Qué asco”, dice. Sus palabras quisieran ser un grito y no pueden. Mira a Ulises. Pienso que terminaré contándole esto a alguien.

            —Viene de Oaxaca —comenta el mismo policía, como para sí, antes de empezar a quitarse los guantes. Su compañero apunta todo en una hoja.  

Esta no es la ciudad de Ulises. A lo mejor vino para curarse de depresión. A lo mejor vino a trabajar. Y de pronto la ciudad perdió todo sentido. Y él ya no era Ulises, aquel Ulises que emprendió un viaje desde otro lado.  

—Tiene 29 —después de este dato, que también es escrito en la hoja de su compañero, el policía abandona el papel de hijo: lo tutea, le pide que se levante.

            Los policías se dirigen un par de miradas, de sonrisas. Dan pequeños pasos en reversa, sin coordinarse; a veces parecen a punto de tropezar. Enfilan a la patrulla que dejaron en medio de la base de microbuses. No quisieran estorbar. La gente, después de unos segundos, se dispersa poco a poco.  

            Hoy, bajo el puente de metro Neza, un hombre duerme profundamente con al menos veinte personas todavía vigilando su cuerpo, de reojo. Le tienden una mano, pero sólo en su imaginación. No vemos a un hombre, pero tampoco a un muerto: vemos una sombra.

Sé que terminaré contándole esto a alguien. 

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OJO Y OÍDO DE LA CIUDAD
El puente, los cables, los letreros,
el nombre de la calle, los autos que aceleran y empolvan
a las personas
Los postes, las esquinas,
el cruce angosto por el que los microbuses avanzan toscamente
como osos recién alimentados
Locales, ventanas, azoteas, piedras sueltas en la banqueta
Un teléfono frente a la farmacia
esperando, por fin, escuchar a alguien

Son las diez de la mañana y la farmacia sigue cerrada. Necesito un suero o un Pepto. Cuando quiero doblar la esquina, choco con unos ojos amarillo profundo, amarillo extravío: le pertenecen a un anciano de aspecto cansado, que lleva una chamarra tan caída como sus hombros.      

—Dile a la segunda hija de Nadia que su nieta está con la familia que vive al lado.

Me cuesta entender que se dirige a mí. Parece que se arrancó un pedazo y me lo lanzó sin que estuviera lista. Piensa rápido.

—Le cambiaron el nombre y la metieron a la escuela, pero es ella, la nieta de Nadia. 

Su cabello gris sucio cae sobre las orejas. Los pies se ven exhaustos, con callos; las uñas, del mismo amarillo que sus ojos, también parecen mirarme. Lleva un costal grasoso atado a una cuerda que sostiene con fuerza.

            —Vi los carteles de ella en el metro. La pena por llevarse a un niño es la muerte.

            Deja caer el costal.

            —Se lo dije muchas veces, a esa mujer, pero insiste en que es su hija, y no, es nieta de Nadia. 

            Ahora me duele más el estómago, pero al menos las cortinas de la farmacia empiezan a subir, como párpados que salen del sueño. “La pena por llevarse a un niño es la muerte”.

            —Por favor dile, porque ellos van a mudarse y se van a llevar a la niña.

            Me mira con ansiedad, no sabe qué más hacer para convencerme.

            ―Voy tarde a la Merced ―concluye. 

            Toma el costal y lo levanta, apenas, sobre el suelo. Me llega un olor a cebolla. En su mano izquierda lleva ramitos de manzanilla. Me descubre viéndole las manos. La farmacia, por fin, está abierta. Le pido que me deje uno y lo guardo en la mochila. “Es que me duele el estómago”, digo, más para mí que para él. Suelto la moneda en su mano para hacerle saber que le llevaré el mensaje a la familia de Nadia, porque la pena por llevarse a un niño es la muerte. Suelto la moneda en su mano para hacerle saber que le creo.

Pero no le creo.

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OJO Y OÍDO DE LA CIUDAD
Una madre lleva a su hijo de la mano
quisiera apagar cuatro sentidos y ser oído entero
escuchar atentamente lo que pasó en la clase
pero tiene la mirada fija en un hombre
que está subido en un bote
Oye, oye, pero no logra escuchar:
sólo piensa en cómo le explicará a su hijo este mundo un día

El Mexibús aún no ha sido inaugurado y los peatones ya han sufrido varios accidentes; cruzan las calles casi a ciegas, confundidos por el canto del semáforo. De verdad odio ese cruce.

Desciendo. La luz de la tarde, magnificada por mis lentes, me quema los ojos. Saco mi gorra y, mientras la acomodo, observo a un hombre subido en un bote de pintura: amarra una cuerda a un barrote de los que cercan la preparatoria privada. En el piso ha colocado dos cajones de madera y los cubrió con una tela azul, sobre la que reposan un par de cajas de chicles y cigarros, no más. El hombre estira una y otra vez la cuerda, que amenaza con ceder después de tanto uso. La camisa delgada que lleva puesta se tensa en las axilas; esos hilos también empiezan a soltarse, como el que ahora baja por mi frente hasta la mejilla. Imposible no sudar en estos días de calor.   

En la cuerda, igual que en un tendedero de patio, cuelgan, detenidos por pinzas para ropa, tres uniformes de intendencia; el tono naranja hace mucho perdió el brillo, casi no refleja la luz. Bajo mi gorra y la ajusto cuando estoy a punto de pasar a su lado; ahora que la apreté, y se ha amoldado a mi cabeza, detiene mi sudor. La ropa cambia con nosotros. Esos uniformes, por ejemplo, siguen tensos, como si el hombre aún los habitara, y cuando los mueve el aire son de nuevo seres vivos. Veteranos de guerra. No podrían pertenecer a nadie más, aunque alguien los comprara.

Antes de doblar la esquina, me giro para observar al hombre una última vez. Luce cansado, tambaleante allí arriba: parece que él también necesita pinzas en los hombros para mantenerse erguido.   

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OJO Y OÍDO DE LA CIUDAD
La luz de sol cae en el dorso de unas cuantas hojas
que iluminan suavemente la brusquedad de la calle.
Se extiende con timidez sobre la mercancía de un hombre
sobre la sombra deforme de una lona roja como de feria
el tendero se oculta dentro del local, pero no sabemos dónde

— ¿Me compras un dulce? Son a peso, pero si me compras tres, te los doy a cinco.

La niña me mira con ojos convencidos, orgullosa. Mientras espera, baja la vista y juega con los dulces: los deja caer en la bolsa una y otra vez, y lo hará hasta que de ellos salga un sonido metálico. Niego con la cabeza. No, otro día.

—Ándale, si me compras dos, te los doy a cinco.

Sus párpados están cubiertos con sombra azul y una línea negra mal trazada los cruza de lado a lado. El tono rojo que lleva en los labios, demasiado delgados para el color, está disperso por la mitad de su pequeño rostro, desde la barbilla a la nariz. Su maquillaje, casi de guerra, me cuenta a gritos su mañana. Tengo que oírla.

Saco una moneda de cinco pesos y se la ofrezco, tomo sólo un caramelo y ella me mira confundida. Mientras se repite la oferta mentalmente, le digo que así está bien, que solo quiero uno.

La veo alejarse, guarda la moneda en su pequeña cangurera de colores y se acerca rápidamente a su madre; a su lado, aguarda su hijo. Ella platica con un hombre como si este absorbiera cada palabra. Él acomoda su mercancía en un triciclo; las manos de ambos se mueven igual de rápido, como si dos mudos se hablaran: mensajes distintos, pero en la misma sintonía. La niña le jala la blusa para mostrarle la moneda, que ya tomó un lugar junto a su maquillaje. 

            La madre entrecierra los ojos y levanta la cabeza para mirarme, toma a la niña de la mano y camina firmemente en mi dirección, con un hijo a cada lado. Recorro una a una mis acciones para asegurarme de que no hay motivos para que esto termine mal. El movimiento de sus brazos me hace retroceder un poco.

            — ¿Tú le diste la moneda?

            Sin querer, miro de reojo a la niña y ella se agacha, hunde el cuello entre los pequeños hombros. No quise culparla. Observo al otro niño que lleva de la mano, apenas puede caminar y mira a los autos en la avenida, sin prestarnos atención. El enorme vientre de su madre, que dará a luz en unas semanas, está a centímetros de mí. Susurro un sí y no digo más, por si ambos niños y yo estamos en problemas.

            —Ah, ¿cuántos dulces te dio? Es que ya le expliqué muchas veces cómo debe venderlos, pero creo que no me entiende. Como apenas tiene cuatro…

            Su tono cambia tan drásticamente que se me juntan las cejas tratando de entender. Tiene sombra amarilla hasta la línea del cabello. Lleva el mismo tono de labial que su hija, igualmente corrido. Imagino a la niña llevando los pequeños dedos por el rostro de su madre, cariñosamente, hasta alcanzar difuminados iguales.

            —Está bien, sí le entendí. Me dio tres dulces.

            La niña levanta la cara y me muestra tímidamente los dientes, manchados de rojo. Cuando alguien viene con una sonrisa así, no puedes desviar la mirada: tienes que oírlo.